Eider Rodríguez. Foto: Lander Garro.

Eider Rodríguez. Foto: Lander Garro.

Letras

'Era todo el mismo hueco': Eider Rodríguez vuelve a dar una lección sobre cómo contar realidades invisibles

La autora vasca, siempre en la estela de Alice Munro, regresa al cuento para seguir explorando las fisuras de la familia y la vida cotidiana desde una escritura sobria y sencilla. 

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Nada es fácil a la hora de escribir, especialmente si se trata de acertar con el tono, pero Eider Rodríguez (Rentería, 1977) logra dar con el suyo en cada libro. Enfoca realidades humanas, las muestra sin hurgar; sin ponerles voz deja que el relato hable por ellas.

Era todo el mismo hueco

Eider Rodríguez

Traducción de Ander Izaguirre. Random House, 2026. 148 páginas. 17,95 €

Cada historia se va componiendo sin desvelarnos ninguna clase de artificio –la poética de la sobriedad y la sencillez es parte de su identidad–, y sin embargo es posible advertir una estudiada articulación que podría explicar tres momentos del proceso creativo: detenerse en la aparente normalidad de (por ejemplo) una pareja, explorar el lugar del amor que cada uno busca (dentro o fuera de la relación), y detenerse en un gesto mínimo que nos alerta sobre el verdadero centro de interés, lo sugerido, mientras una trama hábilmente diseñada entretiene y sostiene nuestra atención.

Sin giros, ni sorpresas imprevistas ni más tensión aparente que la narrativa. ¡Claro que proyecta una mirada!, pero no es ni crítica ni compasiva; no juzga. Tal es su estilo, nada fácil en el territorio del cuento, aunque la trayectoria de esta escritora vasca pudiera parecerlo.

Desde su primer libro, publica en euskera y escribe ella misma la versión al castellano: Carne (2007), Un montón de gatos (2012), y la propuesta más leída y recomendable para descubrir el ángulo desde el que escribe, los asuntos de los que trata y la fuerza de su personalidad literaria, Un corazón demasiado grande (2019), inspiradora (el relato que le da título) de la contenida y emotiva versión de Pilar Palomero en su película Los destellos.

Solo una parada voluntaria en otro género, Material de construcción (2023), tildado de primera novela, aunque no es ficción ni autoficción lo que contiene, sino su biografía (en realidad la de su padre) ficcionada, resultado de la necesidad de convertir en relato el alcoholismo, la vergüenza, el duelo, los asuntos familiares deconstruidos para lograr hacerse con su propia historia.

Tras esta pausa, y con reconocimientos como el Premio Euskadi de narrativa, esta escritora y profesora de Literatura en la Universidad del País Vasco vuelve al cuento. Era todo el mismo hueco es el título con el que reaparece (en esta ocasión la traducción es de Ander Izaguirre).

No son cuentos complacientes, no ofrecen giros decisivos ni cierres redondos, ni siquiera un final

Atrás queda el escenario de Rentería, ahora es Hendaya (donde vive) el paisaje que acoge a las mujeres y hombres de los seis relatos que lo componen: “Canícula”, “Mares y ruinas”, “El agujero”, “Corazón de pato, “Lecciones de buceo” y “El cráter”. Cada uno (importa destacarlo) representa un impecable ejemplo de su modo de componer.

Les une su razón de ser, el material del que están hechas las contradicciones implícitas en los afectos (siempre en la estela de Alice Munro) de hombres y mujeres en una constelación de interacciones, deseos, dolencias y ambiciones reconocibles.

Son las mujeres el ángulo perseguido desde el título. El enredo de sus vidas deriva de la búsqueda del lugar de su verdad, en el amor, en la amistad, en lo que desean, en asuntos que van más allá de lo afectivo. Es un agujero por el que se cuela la tristeza, es la “rabia fosilizada”, la necesidad de salir de la historia en la que están y ser alguien en otra, diferente. De estos motivos se alimenta ese hueco que se agranda como un “cráter” cuando algo le provoca un temblor. En todas es el mismo hueco.

No son cuentos para quien busque otra clase de acciones, no son complacientes, no ofrecen giros decisivos ni cierres redondos, ni siquiera un final. Lo mas importante nunca se cuenta, la historia está en el sobreentendido (escribió Hemingway en su tesis sobre el cuento). Lo de Eider Rodríguez es algo más que una lección de cómo contar realidades invisibles.