La escritora albanesa Lea Ypi. Foto: James Robins

La escritora albanesa Lea Ypi. Foto: James Robins

Letras LIBRO DE LA SEMANA

Crítica de 'Indignidad', de Lea Ypi: una reflexión inteligente sobre las sombras esquivas del pasado albanés

La escritora y politóloga albanesa entrega un trabajo a caballo entre el ensayo y la novela en el que recupera y vindica la imagen de sus abuelos. 

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La foto, una vieja imagen en blanco y negro, es de 1941. En primer plano aparece una pareja sonriente, con esquís y ropa de invierno, repantingada en las hamacas de un hotel de lujo; hay que pensar que, alrededor de ese remanso de paz, la guerra está arrasando Europa.

Indignidad

Lea Ypi

Traducción de Albert Fuentes
Anagrama, 2026. 392 páginas. 21,90 €

La foto está tomada en Cortina d’Ampezzo, en plenos Alpes italianos. Çim, el hombre que la ha subido a Facebook, ignora que está a punto de hacerse viral en su país, Albania, donde los comentaristas la aprovecharán para atacar de nuevo a sus élites corruptas, convencidos de que son las culpables de que su patria no tenga remedio.

Çim tampoco sabe que una de las personas que verá la foto en su muro, la escritora y filósofa Lea Ypi (Tirana, 1979), es nieta de la pareja, ni que va a escribir un libro a partir de ella.

"Voy a rescatar a mi abuela de los troles", se dijo Ypi, mientras leía las decenas de comentarios insultantes en la red (aunque no todos era insultantes, también los había nostálgicos de otras élites que no fueran comunistas o, más tarde, meramente plutocráticas).

A la escritora no le había hecho falta leer el pie de foto para reconocer a sus abuelos, Leman y Asllan Ypi. Su abuela le había hablado a menudo de ese viaje. Estaban de luna de miel en Italia, un destino posible para los albaneses después de la invasión mussoliniana de su país, y empezaba para ellos una vida de penalidades; en ese momento, sin embargo, eran felices.

Leman, nacida en Salónica, en una familia de la aristocracia otomana que se comunicaba en francés, había vuelto a la Albania de sus orígenes, donde había conocido a Asllan, a su vez miembro de la élite política del país balcánico. El padre de Asllan, Xhafer Ypi, era el jefe del gobierno provisional durante la invasión de Italia (a cuyas fuerzas "amigas" del fascismo entregó el país indignamente) y, más tarde, ministro de justicia.

Después de la guerra, Leman y Asllan tendrían un hijo, el padre de Lea, que contaba apenas unos meses cuando el dictador comunista Enver Hoxha (amigo de juventud de Asllan, con quien estudió en París) alcanzó el poder, los convirtió en enemigos de clase, a él lo encerró en prisión quince años y a ella la expulsó de Tirana, a una cooperativa en el campo, donde la pobre mujer, a los efectos madre soltera, se mató a trabajar hasta su jubilación, con un leve descanso en los últimos años, en los que pudo ejercer como contable.

A los Ypi les quitaron la casa y les negaron una vida digna en la capital. Acusaron a Leman de no simpatizar con el movimiento de liberación nacional albanés, en una época en que solo podía pensar en la supervivencia de su bebé, aquejado de constantes infecciones respiratorias y sin acceso a medicamentos.

La severísima represión que sufrió la familia solo se alivió un poco en 1960. Entonces Albania rompió con la URSS de Jruschov y Asllan salió de la cárcel, pero la posterior alianza de los comunistas albaneses con la China maoísta destruyó de nuevo sus esperanzas de mejora.

No hay en 'Indignidad' ni una sola escena que no parezca pensada, valorada y cuidadosamente dispuesta

Según los troles de Facebook, no obstante, la familia de Ypi, compuesta por ricos terratenientes educados en el extranjero, tal vez colaboracionistas, representaba la molicie de las élites albanas; en su caso, además, el giro siniestro lo daba su última y célebre descendiente, la politóloga Lea Ypi, que se dedicaba, desde su poltrona londinense, a escribir libros y a dar conferencias en los que criticaba el capitalismo y defendía el comunismo, régimen sanguinario que había dejado Albania hecha unos zorros.

Por supuesto, no era del todo así; o al menos no sin matices. Pero es lo que explica el origen de un libro, Indignidad, en el que Ypi investiga y trata de esclarecer, sin conseguirlo del todo, los verdaderos motivos por los que persiguieron a su abuela. "A lo mejor me equivoco cuando la considero un dechado de virtud", dice en las primeras páginas.

El libro, en principio, intenta ser varias cosas: una saga familiar, un ensayo político, una indagación histórica. Sin esa indagación, sugiere la autora, no hay dignidad posible, pues esta emerge de la rigurosa reconstrucción del pasado. Hay mezcla de géneros, una primera persona para el presente y un narrador más distante, que sin embargo toma cuerpo con el paso de las páginas, para la recreación novelística.

Ambos planos se intercalan, y el ensayo, sobre todo, contamina la narración: las escenas están llenas de referencias históricas y los personajes hablan casi exclusivamente de grandes temas, como la Política y la Historia. "Está hablando de ideas, no de sentimientos", se dice, citando a Madame de Staël, en una escena infantil protagonizada por Leman. Es un buen resumen involuntario de la novela, que se desarrolla en ese terreno intelectual, donde difícilmente se encarnan los personajes, cuyos deseos, vínculos, emociones, no siempre están claros.

La autora propicia encuentros azarosos que sirven a la exposición de ideas o a la escenificación de un debate. Los personajes sin una identidad política clara, como Ismet, la madre de Leman, quedan desdibujados, o reducidos a un solo rasgo, o a veces prácticamente aplastados por la minuciosa recreación del contexto (pasa lo mismo con la historia que Ypi quiere contar, la del hundimiento de una familia, a menudo opacada por la exposición de las circunstancias).

Gustav, un personaje burdo y políticamente dudoso, que aparece bajo una luz poco favorecedora durante gran parte del libro, puede sorprender con una honda reflexión sobre la culpa, salpicada de referencias filosóficas. Otros personajes anticipan ciertas realidades políticas posteriores con una clarividencia que solo cabe calificar como profética.

Hay, con todo, una buena recreación de la Tirana de la época, y una reflexión inteligente y razonada sobre Albania, ese país "precioso, atormentado y aburrido", según dice Leman, tentada de sustituir "aburrido" por "corrupto". Y algo más de agradecer: ni una sola página automática, ni una sola escena que no parezca pensada, valorada y cuidadosamente dispuesta.

La parte novelada vendría a rellenar los huecos que dejan los archivos, en este caso, sobre todo, los de la Sigurimi albana (aunque Ypi investiga en otros siete), hoy accesibles a quien los quiera consultar.

Pero, como descubrirá la autora, acercarse con rigor a los archivos de una dictadura solo sirve parcialmente: vidas como las de Leman y Asllan, recreadas a partir de denuncias anónimas o presentadas bajo pseudónimo, son el destilado de lo que espías y colaboradores del régimen, sometidos a sus intereses y urgencias, quisieron dejar por escrito.

La novela termina con un giro inesperado: el descubrimiento de una segunda Leman Ypi que vivió en Tirana en aquella época y cuya biografía coincide en parte con la de la abuela. Es un broche adecuado a la historia, pues refuerza la idea de que los archivos, a menudo, arrojan pocas certezas, y que a veces estas solo pueden alcanzarse mediante la literatura.