Francisco Ferrer Lerín

Francisco Ferrer Lerín Daniel Hidalgo

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Francisco Ferrer Lerín, escritor: "Se agradece el autodescrédito del autor. Rebajarse es productivo"

Narrador, ornitólogo y poeta, este deslumbrante provocador acaba de publicar 'Metazoa', una recopilación de relatos y textos de muy variado plumaje e intención.

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¿Qué libro está leyendo?

Nunca, mil y gigante, de Francisco Layna Ranz.

¿Cuál es el libro que más le ha ‘autoayudado’?

No soy lector de autoayuda, pero como soporte para aguantar unos años más, El derrumbamiento, de Armonía Somers.

Si no hubiese sido ornitólogo y escritor, ¿qué hubiera querido ser?

Fui programado para ser médico, luego me tentó la biología, me licencié en Filología Hispánica, pero mi vocación fue dirigir filmes negros, por ejemplo llevar al cine la obra completa de Mickey Spillane.

Un acontecimiento que le habría gustado vivir in situ.

La recepción en Roswell de los alienígenas, aunque tumefactos, manejables. La confirmación oficial de que hay vida extraterrestre resulta cada día más necesaria, para acabar con las religiones y arrumbar las miserias cotidianas.

En Metazoa (Jekyll & Jill) se define como un tipo sobrevenido, casual. ¿En qué sentido, y con qué consecuencias?

He comprobado que se agradece el autodescrédito del autor. Declarar mi condición poco meditada, irrumpida, improvisada, ensancha la valoración íntima del lector. Rebajarse es productivo.

Cuanto más conoce a los hombres, ¿más le gustan los animales, aves carroñeras incluidas?

Mi contemplación de la realidad circundante está más cerca del filatélico que del misionero en la Cafrería. Persigo la especie animal poco conocida, o el comportamiento desconocido de la especie conocida, con más fruición que quien va por ahí salvando a la humanidad del desastre, labor inútil y previsible.

¿Qué le presta el ornitólogo al poeta y al narrador?

El ornitólogo, el zoólogo, el científico, dispone del léxico apropiado para describir determinadas situaciones y determinadas especies animales y vegetales. El escritor agradece el dominio de disciplinas alejadas de su oficio, disciplinas que le permiten escribir “una hembra joven de milano negro (Milvus migrans), en vuelo planeado, se posa en una rama seca de un pino laricio (Pinus nigra)”.

Hace poco, Ignacio Echevarría se preguntaba por qué no era usted miembro de la RAE. ¿Le divierte la idea?

Moriré con algunas asignaturas pendientes, una el conocimiento de la lengua alemana, y otra ser académico numerario de la RAE.

¿Qué cree que podría aportar?

El Diccionario requiere, de modo urgente, una revisión profunda de las voces relacionadas con la fauna silvestre.

¿En qué película se quedaría a vivir y en cuál no aguantaría ni un minuto?

El buscavidas y los tres primeros Bourne son las cintas en las que intervengo, y no solo en sueños. Nunca se me vería en ese cine español que se empeña en repetir los desastres de la Guerra Civil.

¿Ha experimentado alguna vez síndrome de Stendhal?

En mis prospecciones ornitológicas por los ejidos alcanzo, a veces, cierto clímax estético, cierta saturación sensorial.

No se muerda la lengua, díganos algo que ya no soporte del mundillo cultural.

No frecuento los cónclaves taciturnos en los que predominan tipos con camisa de leñador.

Una obra sobrevalorada.

No señalo, me faltan dedos.

Un placer cultural culpable.

El robo de incunables.

¿La inteligencia artificial matará la creación artística?

IA es una forma más de creación artística, lo que hace falta es alejarse de tópicos, temores y arcaísmos.

España es un país…

España era un país maravilloso antes del despropósito del Estado de las Autonomías, esa competición futbolera interregional hecha precisamente para beneficio de los que no se consideran españoles. Hubo un momento, años 80, 90, en que algunos creímos que era posible que el Estado recuperara las competencias en educación y sanidad, pero fue una ensoñación.