Alfredo Bryce Echenique. Foto: Germán Coronado

Alfredo Bryce Echenique. Foto: Germán Coronado

Letras

¿Por qué a Bryce Echenique no?

El mundo literario le ha tratado con una condescendencia dolorosa y le ha hurtado los premios que hubiesen hecho justicia a su talento.

Más información: Muere a los 87 años el escritor peruano Bryce Echenique, uno de los grandes de las letras latinoamericanas

Benjamín Prado
Publicada
Actualizada

No sé quién o quiénes; no sé si fue un castigo o un olvido; no sé por qué ni con qué criterios, pero con Alfredo Bryce Echenique ha sido terriblemente duro e injusto eso que llamamos el mundo literario, que no le dio ni de lejos lo que se merecía, le ha tratado con una condescendencia dolorosa, le ha hurtado los premios que le hubiesen hecho justicia a su talento, entre ellos el Cervantes, que nunca llegó a concedérsele pese a ser autor de al menos tres novelas magistrales: Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz y de unas memorias cuyo primer tomo, Permiso para vivir, es magnífico.

Puestos a maltratarlo, con él se llegó a la ignominia de concederle el Juan Rulfo y luego no llevar a cabo una ceremonia de entrega en la Feria del Libro de Guadalajara, todo a causa de una rocambolesca historia, el plagio demostrado que hizo de algunos artículos de prensa, sin duda para dejar clara la ferocidad con la que le había abandonado la inspiración.

Es cierto, desde La última mudanza de Felipe Carrillo, de 1988, se le había apagado la luz y recuerdo lo mal que lo pasamos once años más tarde Almudena Grandes y yo cuando nos tocó presentarle en la Casa de América de Madrid La amigdalitis de Tarzán: ¿pero cómo vamos a salir de esta?

Sin embargo, lo mejor de su obra es inolvidable, con su mezcla perfecta de humor y melancolía, su lenguaje aromático, su buena mano para definir el exilio, el abandono, la bohemia, la lucha por la supervivencia, los amores laberínticos, los ríos profundos del alcohol, el sentimiento de desarraigo y de pérdida… Un maestro.

En persona, Alfredo era dos seres opuestos: el señor ceremonioso y más bien aburrido de antes de las copas y el trueno de después, el que hacía imitaciones del cubano Bola de Nieve tocando un piano invisible sobre la mesa o contaba mil anécdotas disparatadas –impagable aquella según la cual una madrugada se encontró sentada en el salón de su vivienda a la cantante Massiel, que no sabía cómo había llegado allí pero, ya que estaba, le quiso comprar la casa–.

Nos confesaba entre la pena y la ironía sus continuos dramas amorosos, más bien tragicomedias que siempre acababan igual, con sus maletas en la calle; y rememoraba experiencias aleccionadoras padecidas o disfrutadas con diferentes colegas, Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Julio Ramón Ribeyro o Mario Vargas Llosa, de quien sostenía que le tenía celos porque una vez, estando los dos en una corrida de toros, el geniazo de La ciudad y los perros se empezó a incorporar en el palco de la plaza al ver que se aproximaba a ellos el matador… que en realidad no iba a brindarle su faena a él sino a su compañero.

Cosas del Bryce, resumíamos los amigos que le queríamos porque esas personas que era, la triste y la alegre, eran ambas igual de cariñosas y dulces: qué bien lo hemos pasado en su compañía Chus y Conchita Visor, su paisana Jimena Coronado y Joaquín Sabina, Ángel González, Pepa y Pepe Caballero Bonald, Almudena Grandes y Luis García Montero… Le vamos a echar de menos.

Termino con la misma duda con la que empecé. ¿Por qué a un escritor de su calibre se le ha despreciado, al menos desde lo institucional? Es verdad que tuvo algunos reconocimientos comerciales, incluido el Planeta, por El huerto de mi amada, pero no el aval de los galardones oficiales y, por encima de todos ellos, el mencionado Cervantes, que fue a parar a otras y otros de menos calibre y relevancia, al menos en mi opinión.

¿Se le castigó por aquel episodio absurdo de los artículos robados? ¿Por su afición a la bebida? ¿Por su carácter irreverente? ¿Fue un ajuste de cuentas moral, entonces? Imagino que esas preguntas quedarán sin respuesta. Por suerte, las pueden contestar sus tres novelas fantásticas, que sobrevivirán a cualquier intento de borrar a su creador del mapa. Leerlas será reparar este atropello. Descansa, Alfredo.