Emmanuel Carrère. Foto: Vincent Muller.

Emmanuel Carrère. Foto: Vincent Muller.

Letras

Crítica de 'Koljós', el último libro de Carrère: su novela definitiva sobre el amor y la crueldad de su madre

El escritor francés esboza un retrato íntimo, político y feroz de la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, entre las memorias familiares y el ensayo político.

Más información: Claudia Durastanti consolida su voz con una ambiciosa novela que reescribe Italia desde los márgenes

Publicada

Después de publicar Una novela rusa, donde desvelaba el pasado colaboracionista de su abuelo, Emmanuel Carrère (París, 1957) estuvo dos años sin hablarse con su madre. Hélène Carrère d’Encausse –historiadora de gran prestigio, secretaria vitalicia de la Academia Francesa, enlace oficioso entre Rusia y Europa y, según dijo Macron en su funeral de Estado, con su proverbial grandilocuencia, “encarnación de la República francesa”– pensaba que el libro de su hijo (impúdico en muchos sentidos) arruinaría su imagen, cosa que por supuesto no ocurrió.

Koljós

Emmanuel Carrère

Traducción de Juan de Sola. Anagrama, 2026. 448 páginas. 23,90 €

Pero, según el escritor francés, había algo más: su madre, en el fondo, despreciaba su obra, pues, como académica orgullosa de su método científico, no aprobaba el uso de la primera persona (“para ella era el comienzo del apoltronamiento”) ni el modo en que su hijo abordaba las cosas de Rusia. A aquella rusa exiliada, dice el escritor, “nunca le hizo gracia que fuera a su tierra a armar mis follones de siempre”. Se refería, claro, a sus documentales, como el de Kotelnich; a Limónov, a Una novela rusa.

La madre de Carrère era hija de príncipes rusos y aristócratas georgianos. Estaba emparentada con una dama de honor de la última emperatriz, con un regicida, al menos, y con un general prusiano; una prima suya, Salomé Zurabishvili, ha sido la primera mujer en presidir Georgia.

Toda la familia materna de Carrère, por ambas ramas, llegó a Francia después la Revolución. Lo habían perdido todo, incluida una residencia de verano en la Toscana, antigua propiedad de los Medici, donde recibían a aristócratas de toda Europa durante el verano; Cosima Wagner era, por poner un ejemplo, una habitual de la casa.

A los Von Pelken, la familia de su abuela materna, les ocurrió lo que a tantos nobles rusos –lo mismo que a la familia de Nabokov, que retrató con precisión ese mundo del exilio ruso, que vivía “en medio de la indigencia material y el lujo intelectual”, en novelas como La dádiva–, que en su versión modélica terminaban, ellos, los condes, convertidos en taxistas, y ellas, las princesas, planchando a domicilio.

A la abuela de Carrère, según cuenta su nieto, la educaron seis institutrices de nacionalidades distintas que “se turnaban para hablar a los niños los lunes en alemán, los martes en ruso, los miércoles en italiano, los jueves en inglés, los viernes en francés y los sábados en español (el domingo libraban)”.

En el espejo que le pone delante su hijo, Hélène Carrère d’Encausse aparece como un sofisticado producto de todo eso. Estricta, aunque amorosa; trabajadora, inteligente, cruel; inflexible en cuestiones morales, ultraderechista a ratos, una de las últimas putinistas de Occidente (negó hasta el último momento, por escrito, en la tele, en la radio, la posibilidad de una invasión de Ucrania: “Putin es un hombre que atiende a razones”; más tarde, significativamente, diría: “Este señor Zelenski es muy arrogante”), admiradora de Houellebecq y de Brasillach, amiga del fascista Bardèche. Carrère, mientras su madre moría, ya estaba tomando notas.

En algún momento reconoce, con ese gesto inhumano de gran escritor, las ganas de hacer un libro, adelantándose a los efectos que tal o cual desenlace pudieran tener en él. El resultado, con todo, justifica el empeño. Alejado de cualquier tentación hagiográfica, el escritor ha culminado en Koljòs, su última obra, uno de los relatos más hermosos sobre una madre que se hayan escrito en los últimos años.

'Koljòs' es uno de los relatos más hermosos sobre una madre que se hayan escrito en los últimos años

Hoy estamos tan acostumbrados a este tipo de libros que a veces olvidamos lo imperfectos que pueden llegar a ser, con toda esa tramoya a la vista. Y el difícil equilibrio que tendrían que lograr los imitadores de Carrère (casi nunca lo logran) para obtener unos resultados parecidos.

A menudo, es lógico, imitan lo que está a su alcance, como el uso necesario de estribillos para amalgamar todo el despliegue de materiales: en este caso, una cena con Sebag Montefiore; el anzuelo dispuesto astutamente a lo largo de la novela sobre las “consecuencias catastróficas” que tuvo la publicación de Una novela rusa en la familia; el “negro” o escritor fantasma de Macron en su discurso del funeral de Estado; el concepto, clave en el enfoque de la historia, de la “dimensión vertical de la vida”; el tierno y emocionante porqué del título, que alude a un recuerdo infantil, o cierto exhibicionismo más o menos calculado.

En Carrère, además, se percibe un impulso sincero de alcanzar la verdad a medida que avanza en sus investigaciones, en las que profundiza mediante un crescendo vertiginoso, lleno de tensión. Pero, más allá de estos recursos, en los que esa tramoya, con todos los dispositivos en marcha que empujan hacia delante la novela, queda a la vista, Carrère demuestra algo que difícilmente se puede imitar: una extraordinaria (también por infrecuente) alineación de talentos: el del narrador vigoroso, por un lado, y el del ensayista agudo, por el otro.

Y, por supuesto, en cuanto al contenido en sí, es demasiado inteligente para caer en el ridículo error de reivindicar ningún linaje, riesgo que neutraliza divirtiéndose, al referirse, por ejemplo, a la “aridez” de la obra de su madre o a sus vanos intentos de rehabilitar la imagen del último zar, miembro de su “misma clase” derrocada.

Carrère recuerda a una prima de su bisabuela Olga a la que solía visitar en su “minúsculo y lúgubre” apartamento de Issy-les-Moulineaux. Era una de esas princesas casi centenarias que sobrevivieron a la miseria del exilio, sin llegar a entender jamás por qué les habían pasado por encima los bolcheviques. Al recordar la Revolución de Octubre, que había vivido de niña, aquella anciana, apunta Carrère, solía decir, con “un asombro que infundía candor”: “Pero ¿por qué lo hicieron? Vivíamos todos tan bien. Les hacíamos tanto bien...”.

La novela muta como una especie de organismo vivo. En un admirable ejercicio de rigor, Carrére se toma igual de en serio todos los géneros, consciente, tal vez, de estar escribiendo su libro más importante (o al menos el que lo atañe más íntimamente): autobiografía y memorias familiares, historia, libro de viajes, crónica, análisis político.

En su última mutación (en las últimas cincuenta páginas), la novela se convierte en una honda y conmovedora meditación sobre la muerte, hasta el momento en que su madre –que se daba duchas frías cada mañana como Jünger o Thomas Mann, dormía en un sofá de respaldo duro, en una habitación sin cama, con dos cojines cilíndricos como toda concesión a la comodidad– se apaga y muere.

Pero Carrére no suaviza el legado más triste de la gran señora: la crueldad que mostró hasta el último día con Louis, su marido y padre de Carrère, al que al final no soportaba. Gracias a este hombre enamorado que acumuló a lo largo de su vida un archivo imponente sobre la familia aristocrática de su mujer, Carrère ha podido escribir este libro, que ya está entre lo mejor de su obra.