Algunas de las palabras recogidas en el libro por John Koenig

Algunas de las palabras recogidas en el libro por John Koenig

Letras

Palabras contra el 'Blue Monday' en el 'Diccionario de tristezas sin nombre'

'Sonder', 'tilid', 'salugar'... John Koenig inventa un vocabulario ficticio que nos ayuda a describir las emociones negativas y, por tanto, hacerlas más llevaderas.

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Decía un presidente francés que las promesas electorales solo comprometen a quienes se las creen, y algo similar podría decirse de los propósitos navideños. Comenzamos a incumplirlos enseguida, pero sin poder culpar a nadie.

Diccionario de tristezas sin nombre

Diccionario de tristezas sin nombre

Diccionario de tristezas sin nombre

John Koenig

Traducción de Magdalena Palmer
Capitán Swing, 2026
256 páginas. 24 €

Por eso enero es un mes triste: la realidad se revela sin adornos y nos contemplamos siendo los mismos que el año pasado, aunque más viejos, seguramente más gordos y con las facturas de los ágapes y regalos recordándonos los límites de nuestros sueños.

Por eso hablamos del Blue Monday, el día más triste del año, que cierto consenso sitúa en el tercer lunes del mes de enero, con la cuesta en el repecho más duro. Una tristeza multicausal y difusa, a la que nos ayuda a poner palabras este Diccionario de tristezas sin nombre, que acaba de publicar Capitán Swing.

Su autor es el creativo y ensayista estadounidense John Koenig (Idaho, 1967), en cuyo canal de YouTube ha ido hablando en los últimos años de esas “penas en observación” que no somos capaces de definir, pero que conviven con nosotros. Porque la tristeza, más que una palabra precisa, es un paraguas que abarca muchas formas de estar triste. Emociones a las que Koenig trata de poner nombre recurriendo a palabras de distintos idiomas.

El proyecto de Koenig nace de una constatación tan simple como inquietante: el vocabulario emocional heredado es insuficiente para dar cuenta de la experiencia afectiva contemporánea. Vivimos rodeados de palabras técnicas, precisas, pero estamos desarmados cuando intentamos explicar lo que sentimos. Especialmente cuando nos sentimos tristes en alguna de sus formas.

Ponerle nombre no disuelve la tristeza, pero la hace más habitable. Y quizá esa sea una de las funciones de la literatura

De ahí este diccionario ficticio, compuesto por palabras inventadas, cuya paradoja y sorpresa es que nos suenan inmediatamente familiares. No aprendemos conceptos nuevos: nos reconocemos en ellos.

No es que Koenig comulgue con el dictum simplista que dice que “lo que no se nombra no existe”, pero aquello que carece de nombre no se experimenta plenamente, al menos en su forma humana más depurada. Como señala el filósofo y profesor Víctor Gómez Pin en su último ensayo, El ser que cuenta (Acantilado), aquello que hace singular a la humanidad es el lenguaje.

Aunque formalmente es un diccionario, su naturaleza es más cercana a la de un atlas emocional. Las entradas no siguen una progresión narrativa ni jerárquica. Aparecen como aparecen las emociones, de manera irregular, a veces contradictoria. Una fragmentación que no es un recurso caprichoso, sino una decisión que tiene que ver con la naturaleza de una vida interior dispersa, intermitente, saturada de estímulos y silencios.

Especialmente interesante es la sensibilidad y el tino del autor a la hora de abordar la melancolía sutil, que quizá no quepa calificar como dolor, pero que tampoco es una mera incomodidad.

Es el caso de la palabra sonder (del francés sonder, sondar: examinar en las profundidades), que hace referencia al momento en que tomamos conciencia de que cada personaje sin importancia de nuestra vida carga con su propia historia, y que “estamos estrechamente vinculados mediante incontables historias que nunca llegarás a ver”. Un recordatorio triste de la fugacidad. No hay aquí épica de la empatía ni moralina: solo un leve descentramiento del yo, suficiente para producir una mezcla de vértigo y humildad.

Más inquietante resulta soca, una de las entradas más intensas, que se resume en que “cuanto más lejos estamos de los demás, más invulnerables parecen”. La melancolía no nace de la soledad, sino de la comparación silenciosa, del error de perspectiva que convierte la propia fragilidad en anomalía.

No todas las palabras se refieren estrictamente a formas de tristeza, o no siempre a tristezas funerarias. Es el caso de tilid (del danés tillid, confianza), que habla de la predisposición a “poner humildemente nuestra vida en manos de desconocidos”, como hacemos al dar por hecho que nos servirán comida sin caducar en un restaurante o al subirnos a un avión sin que nos hayan mostrado antes un certificado de la pericia del piloto. La tristeza que se percibe aquí no es sombría, sino existencial: la conciencia de lo mucho que dependemos de personas a las que nunca conoceremos.

Y hay también humor y sociología de lo cotidiano, como al hablar de salugar, esa “misteriosa obligación de saludar a personas desconocidas que pasan por una carretera rural, un sendero de montaña o un remoto riachuelo”.

De fondo late una crítica habitual al ritmo de nuestros días. A la falta de vínculos sociales, a la pérdida del sentido de comunidad, a la capacidad de observación de lo que tenemos alrededor de las pantallas. Porque, como afirma el autor, una palabra por sí sola no puede darse significado a sí misma, “el contexto lo es todo”. Es difícil no sentirse reconocido en muchos de los hallazgos de John Koenig.

Diccionario de tristezas sin nombre no teoriza como Roger Bartra en Historia de la melancolía, ni analiza desde el psicoanálisis, ni mucho menos propone una ética del dolor (algo que se agradece ahora que resurgen según qué discursos).

Su apuesta es otra: cartografiar más que jerarquizar, describir más que diagnosticar, y nombrar para expandir la experiencia más que para clausurarla. En ese enfoque hay algo contemporáneo y, al mismo tiempo, extrañamente clásico.

Ponerle nombre no disuelve la tristeza, pero la hace más habitable. Y quizá esa sea una de las funciones esenciales de la literatura: no curar lo que duele, sino acompañarlo con palabras veraces. Este libro nos ayuda a ello, en el Blue Monday y en todas las tristezas que le seguirán durante el resto del año.