Los casos de Jean-Marc Morandini y Edith Scaravetti (izquierda) fueron dos de los procesos seguidos por Yasmina Reza (centro). Diseño: Rubén Vique

Los casos de Jean-Marc Morandini y Edith Scaravetti (izquierda) fueron dos de los procesos seguidos por Yasmina Reza (centro). Diseño: Rubén Vique

Letras Libro de la semana

El catálogo de la tristeza de Yasmina Reza: 'Casos reales' de crímenes brutales

La escritora alterna las historias con escenas de su vida cotidiana que muestran lo cerca que está la vida de cualquiera de la del criminal más abyecto.

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Hubert era el menor de cuatro hermanos; su madre, alcohólica y violenta, pegaba a su marido y a sus hijos, de la mañana a la noche. "El problema de los bofetones –declaró Hubert frente al tribunal que le juzgó años después por asesinato cuádruple, agravado por el descuartizamiento de los cadáveres– no era la cantidad, sino que eran traicioneros, imprevisibles".

Casos reales

Yasmina Reza

Traducción de Regina López Muñoz
Alfaguara, 2026
216 páginas. 20,90 €

La historia de Hubert Caouissin integra Casos reales, el último libro de Yasmina Reza (París, 1959). Después de una adolescencia perdedora, sin éxito con las chicas, Hubert conoce a Lydie y los dos se mudan a una granja. Lydie, sin amigas, arrastra a su vez una infancia de abusos y maltrato. "Son jóvenes pero carecen de ligereza", comenta la escritora.

Hubert empieza a desarrollar un trastorno mental. Oye voces, pierde el trabajo. La pareja se obsesiona con que la familia de ella les oculta una fortuna inexistente, que solo está en su cabeza. Reza observa: "El hombre ha sido absorbido por un sistema cerrado que convierte cada interrogante en certeza y que no deja pasar los matices de la realidad. Todo lo agrede, todo conspira para hostigarlo".

Habitado por esa obsesión, Hubert se cuela una noche en casa de su cuñado y lo mata con un pie de cabra; a continuación hace lo mismo con su mujer y sus dos hijos. En un punto de la narración, Reza, con una frase que podría aplicarse casi a cualquier personaje del libro, dice, sobre la vida de Hubert previa a los asesinatos: "Un catálogo de la tristeza como los que se pueden examinar en todos los tribunales penales. Nada que pueda reducir el aspecto vertiginoso del acto a la comprensión".

Reza asistió durante más de quince años a estos procesos judiciales, que sintetiza y expone con extraordinario virtuosismo narrativo. Gracias a su habilidad para encadenar detalles significativos, el libro se despliega como una retahíla hipnótica para el lector.

La autora de Un dios salvaje, más que ordenar los hechos bajo una lógica tranquilizadora, los describe, en toda su aspereza, con precisión desconcertante. Se sienta en la sala y toma notas. No reproduce juicios ni expedientes; se limita a dar una concisa impresión de lo que escucha, y ofrece el retrato oblicuo de los procesados a partir de los testimonios del resto.

Muestra una economía extrema: escenas breves, datos y frases que componen, en tres o cuatro páginas, vidas completas. Las historias se alternan con escenas de su vida cotidiana que enseñan lo cerca que está la vida de cualquiera, incluso la del más virtuoso, de la del criminal más abyecto. Dalila, una joven de origen magrebí, apuñala en el metro a dos repartidores negros mientras les grita insultos racistas. Edith mata en plena noche a su marido de un tiro en la sien.

A Jack Sion lo acusan de "violación por sorpresa" a varias mujeres a las que conoció por internet. Sion, de sesenta y seis años, colgó en una web de contactos la foto de un cachas que salía en un anuncio de Marlboro, se registró como Anthony Laroche y empezó a chatear con mujeres. "La foto de perfil muestra a un trasunto de Richard Gere con bufanda de cachemir", ironiza la autora.

Sion quedaba con las mujeres y les proponía un juego escabroso: hacer el amor con antifaz y las luces apagadas. Tenían prohibido tocarle. Tras varios encuentros sexuales a oscuras, algunas se sienten engañadas al descubrir su aspecto real. Reza lo resume con una imagen seca y cruel: "Cuando ellas se quitan la venda, Anthony ha dado paso a un Jack Sion tumbado a su lado, viejo y barrigón. El príncipe convertido en sapo".

La vejez, el papel de los ancianos en una sociedad cada vez más individualista, asoma en otros relatos, como el de Olivier Cappelaere, que intentó envenenar tres veces a la dueña del piso que compró en nuda propiedad; más tarde cuidó a una vecina anciana, logró convertirse en su heredero universal y la mató. A Madeleine Riffaud, antigua heroína de la Resistencia, la despluma su cuidadora cargando compras disparatadas en su tarjeta de crédito.

En el libro aparecen varias madres que matan o intentan matar a sus hijas. Reza no las absuelve, pero tampoco se ensaña con ellas. Cuenta el caso de Corinne M., que intentó asesinar a su hija –víctima de una enfermedad neurológica muy incapacitante llamada síndrome de Rett– para suicidarse después. O el caso de Sylvie W., que envenenó a su hija de 7 años y cuyo juicio desveló el trato tiránico de un padre que la había vuelto loca.

Está el caso de Benedita, de 82 años. Es una de las historias privadas de Reza. A Benedita no la juzgan por ningún crimen; es una "mujer mala", dicen sus siete hijos, a los que educó a golpes con una manguera rellena de arena. Según sus hijos, solo cuidaba y daba de comer a sus perros mientras a ellos los mataba de hambre.

Reza transforma la crónica judicial en material literario de primer orden, pero sin ennoblecerla

Entre los procesos judiciales se abren espacios personales. Reza recuerda a un mendigo de su barrio al que nunca ayudó y que, tras un invierno muy duro, desapareció. No hay confesión ni arrepentimiento explícito; solo la constatación de una omisión que ya no puede corregirse.

Hay recuerdos de amigos, de Imre Kertész, Roberto Calasso, Bruno Ganz o Luc Bondy, aderezados con anécdotas de la vida literaria. En el centro del libro está Sarkozy y la financiación libia de su campaña de 2007; Reza ya dedicó en 2006 un libro espléndido al político francés, El alba la tarde o la noche. Reza menciona ese libro para delimitar su imagen del expresidente: "Con el paso de los meses empecé a verlo como uno de mis personajes habituales, más allá de toda esperanza".

En pocos párrafos perfila a un hombre de poder, "que se conforma con datos brumosos siempre y cuando le parezcan positivos". Tras ocho días de vista de apelación, su percepción de Sarkozy y sus cómplices se fija en una imagen casi teatral: "Me costó ver a los señores Azibert, Herzog y Sarkozy bajo otra forma que no fuera la de un pavo real, un vendehúmos y un hiperangustiado".

Reza transforma la crónica judicial –como ya hizo con la crónica política en el libro citado sobre Sarkozy– en material literario de primer orden, pero sin elevarla ni ennoblecerla. Los textos guardan un sutil parentesco con su teatro, por la atención al diálogo, a la escena, y al instante en que se dice algo que ya no puede retirarse.