Ana Carrasco-Conde. Foto: Begoña Rivas.

Ana Carrasco-Conde. Foto: Begoña Rivas.

Letras

Dime cómo entierras a tus muertos y te diré cómo eres: Ana Carrasco-Conde analiza los ritos funerarios

En su libro 'La muerte en común', la autora viene a decir que la altura de una cultura puede medirse por la elaboración de sus funerales. 

11 abril, 2024 02:01

El anterior ensayo de Ana Carrasco-Conde (1979), Decir el mal, versó sobre la deficiencia en la moral; el más reciente, La muerte en común, arranca con otra de índole física, biológica: la finitud. Entre otras cosas, ambas obras comparten un acercamiento intersubjetivo; es decir, el acento no se pone en el yo ni en el tú, sino en el nosotros.

Así, en este volumen, la especulación no aborda temas clásicos asociados a la muerte como la separación del alma y el cuerpo o las angustias de la extinción, sino el acontecimiento del luto.

La primera sección, la más extensa, trata la relación comunitaria de la muerte en la antigüedad. Las exequias de Héctor, en la Ilíada, el trance del Sócrates de Platón, las consolaciones latinas, pasan por estas páginas (donde también existe un diálogo con románticos y contemporáneos). En la segunda parte se aborda la mentada “dimensión intersubjetiva del morir”, que se lee en el subtítulo de estas funerarias inquisiciones.

La muerte en común 

Ana Carrasco-conde

Premio Eugenio Trías de Ensayo. Galaxia Gutenberg, 2024. 392 páginas. 23€

Es el apartado central, en todos los sentidos. En el tercer y último tramo se formula abiertamente lo que, de algún modo, es el volumen todo: una vindicación del ritual en nuestro tiempo. “En las últimas décadas, los ritos funerarios han quedado reducidos a la mínima expresión” (p. 306), considera Carrasco-Conde.

De algún modo, con el modelo de los antiguos en la mano, la autora parece querer decir que la altura de una cultura puede medirse por la solidez y elaboración de sus rituales de despedida. En la antigüedad “se sabía de la necesidad de un tiempo de cura porque, en caso contrario, la propia comunidad enfermaría” (p. 61).

Este acercamiento relacional, estructural o colectivo a las cosas del hombre cuestiona la concepción solipsista de la identidad, el yo, el ego. Desde esta perspectiva, cada uno de nosotros somos un plexo, algo plural: nos hemos ido construyendo miméticamente, con trozos de nuestros prójimos.

Las exequias se dirigen, justamente, a ese otro que está en nosotros: recuerdos, ideas, posturas o inercias. De hecho, la autora acaba complicando más su término: la naturaleza humana es “intraintersubjectiva”. La sabiduría antigua parece aquí bien consciente de todo esto.

La autora parece querer decir que la altura de una cultura puede medirse por la solidez y elaboración de sus rituales de despedida

Después, Carrasco-Conde debate con la visión de la finitud en Ser y tiempo, de Heidegger: una muerte propia, intransferible, que reconocemos con angustia. Ella se posiciona junto a un discípulo de ese autor, Levinas, quien destaca emociones luctuosas más abiertas al otro, como la de la culpabilidad de los vivos que dejan “solo” al cadáver con su muerte (p. 236).

Sí comparte con ambos autores la idea de que la muerte es inmanente a la vida, “nos acompaña” (p. 229). La muerte en común busca justamente eso, meditar desde la vida y sin ultratumbas.

En la parte final, tras una reflexión melómana sobre los réquiems y el tono en re menor que habría interesado al filósofo Trías, se nos dice: “aquella tonalidad que debe ser superada en el proceso de duelo, en el que hay salida y la vida recomienza” (p. 259).

La música sanadora, el doblar de las campanas, los banquetes funerarios, la exposición y cuidado no profesional del difunto en el hogar, y algunas actividades compartidas, ayudan a los dolientes (identidades mutiladas) a poner en marcha una metamorfosis de supervivencia.

Esto “pone de relevancia por un lado el peso del otro en nosotros y, por otro, que los integrantes de una comunidad permanecen socialmente unidos” (p. 278). ¿Y qué hay de nuestros funerales contemporáneos? Pues poca cosa. Parece que no sabemos qué rayos hacer con la Parca.