Imagen | Un amor de Kafka

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Letras

Un amor de Kafka

No hay manera de desplazar la imagen que se ha impuesto de Kafka como un tipo atormentado, oscuro. Cómo persuadir a quienes se han hecho esta idea de que era un hombre apuesto y sonriente

19 julio, 2021 09:38

A finales de junio de 1912 Kafka viajó a Weimar en compañía de Max Brod. Lo primero que hicieron los dos amigos, apenas llegados, fue visitarla casa de Goethe, autor al que Kafka había leído muy a fondo y al que sin duda admiraba, aunque no sin reservas. (Es imposible imaginar dos personalidades más distintas que las de Goethe y Kafka. Puede que sean los do smás grandes escritores en lengua alemana, pero qué vacuo suena cualquier juicio que pretenda ampararlos en una categoría común, por amplia que sea.) El caso es que, mientras pasea con cierta decepción por la casa de Goethe (“Salones. Visión fugaz del escritorio y dormitorio. Imagen triste, que recuerda a abuelos muertos”), Kafka ve pasar a una muchacha de la que se queda prendado. Es la hija del conservador de la casa-museo. Vive, pues, allí mismo. Tiene dieciséis años (Kafka cumple ese mismo día veintinueve) y se llama Margarethe, como la muchacha de la que se enamora Fausto en el drama de Goethe. La atracción que siente Kafka por Grete –así la llama– es inseparable de su entorno, de la que ejercen sobre él la figura y la obra de Goethe. Como sea, ni corto ni perezoso se resuelve a cortejar a la muchacha.

Por veces que se desmienta, no hay manera de desplazar la imagen que se ha impuesto de Kafka como un tipo atormentado, oscuro, con aspecto de murciélago. Cómo persuadir a quienes se han hecho esta idea de que era un hombre alto, apuesto, sonriente, educadísimo, no carente de recursos para abordar a esa muchachita que lo había encandilado.

“Kafka coquetea con éxito con la hermosa hija del casero”, anota Brod en su diario de viaje. “Entretengo al padre con mis conocimientos de fotografía mientras Kafka convence a la hija para que le conceda una cita.”

No hay manera de desplazar la imagen que se ha impuesto de Kafka como un tipo atormentado, oscuro. Cómo persuadir a quienes se han hecho esta idea de que era un hombre apuesto y sonriente

En los días siguientes, el acercamiento a Grete y su familia iba a permitir a los dos amigos visitar la casa de Goethe fuera de las horas en que estaba abierta al público. Este privilegio, sin embargo, no iba a compensar a Brod el enojo que sentía ante el súbito desinterés de Kafka por las otras atracciones que ofrecía la visita a Weimar: las casas de Schiller y de Liszt, los parques, los palacios, los archivos… El tiempo corre y Kafka no piensa en otra cosa que en cortejar a esa “tontuela” (así la moteja Brod) con la dudosa perspectiva de obtener una cita a solas con ella. Pero ella vive bajo la mirada vigilante de su madre, y además sólo tiene en mente el baile al que acudirá justo la última noche que Kafka y Brod pasan en la ciudad… Grete acepta entre halagada e intrigada las atenciones que ese hombre delicado y extraño le prodiga, su anuncio de que le escribirá, pero…

En su propio diario del viaje, que incluye la crónica de su cortejo, Kafka anota el último día en Weimar: “Una hora paseando con Grete. Al parecer se ha puesto de acuerdo con su madre, con la que habla por la ventana desde la calle. Vestido rosa, mi corazoncito. Nerviosa por el gran baile de esa noche. No tengo ningún vínculo con ella. Conversación llena de interrupciones, reiniciada una y otra vez… Esfuerzo por ocultar como sea que no hay absolutamente nada que nos una. ¿Qué es lo que nos lleva a pasear por el parque? ¿Solo mi obstinación?… Me despido para siempre. Ella no lo sabe, pero si lo supiera le daría lo mismo”.

Se conserva una foto de Grete y Kafka sentados en el jardín de la casa de Goethe. Es muy borrosa, pero se distingue bien a Kafka, encorbatado, elegantemente inclinado sobre Grete.

Apenas transcurridos tres días, Kafka le mandaría, desde el sanatorio de Jungborn, “tres postales ilustradas” que no se han conservado. Eso fue todo.

Margarethe Kirchner moriría en 1954. ¿Guardó esas postales? ¿Llegaría a enterarse nunca de quién era su autor? En su biografía de Kafka, Reiner Stach lo estima, con razón, altamente improbable. Y con más razón aún reconoce en este idilio inocente el patrón de la terrorífica historia de amor con Felice Bauer, a la que Kafka conocería apenas un mes después.