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Letras

La lluvia del tiempo

Alfaguara publica la última novela de Jaime Bayly, una crítica feroz de las connivencias entre la televisión y los poderes políticos y económicos.

El Cultural
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Una llamada puede voltear el resultado de las próximas elecciones presidenciales de Perú. La autora es una niña de catorce años que dice ser la hija no reconocida, incluso negada, del candidato a la presidencia Alcides Tudela. El receptor de la llamada es Juan Balaguer, periodista estrella de la televisión peruana y hasta ese momento uno de los principales defensores en la plaza pública del candidato Tudela.

¿Qué hacer? ¿Cómo actuar ante semejante bombazo informativo? A partir de ese momento, La lluvia del tiempo (Alfaguara), última novela de Jaime Bayly, muestra, al desnudo, una televisión y un aparato político corrompidos por el poder y el dinero, pesos en equilibrio que amenazan muy seriamente la buena marcha, el progreso de una democracia aún balbuceante que es manejada por grupos de poder que actúan a la manera de mafiosos. Juan Balaguer, por esto mismo, tendrá las manos atadas ante la exclusiva, pues su medio y sus jefes apoyan sin fisuras al que es su candidato.

Inspirada en un hecho real que tuvo como protagonista a Alejandro Toledo, Bayly vuelve a sembrar la polémica con esta novela que es la vez, o sobre todo, una dura crítica contra el establishment y el poder de su país, Perú, pero también un alegato contra la televisión dependiente de los poderes económicos, que él conoce muy bien tras décadas de desempeño profesional en el medio.

A continuación, les dejamos las primeras páginas de la novela:


-Si de verdad eres un periodista independiente, invítame a tu programa.

La voz de una adolescente que decía llamarse Soraya Tudela sonó altiva, desafiante. Al otro lado del hilo telefónico, Juan Balaguer se impacientó:

-No soy un periodista independiente, soy dependiente del rating.

Soraya atacó sin vacilaciones:

-Pero tienes fama de ser adulón de Alcides Tudela.

Balaguer se defendió, irritado con esa adolescente que lo había llamado a su casa, despertándolo:

-No soy adulón de Tudela. Pienso votar por él, apoyo su candidatura, pero eso no me convierte en adulón.

-Entonces demuéstralo -dijo Soraya.

Balaguer se quedó en silencio.

-Invítame a tu programa, entrevístame -insistió Soraya-. Soy la hija de Alcides Tudela, él no me quiere reconocer y tengo derecho a decir mi verdad en televisión.

Balaguer pensó que estaba ante una mujer que parecía porfiada.

-¿Cómo puedo saber que no estás mintiendo? -preguntó.

-Te lo demostraré si me invitas a tu programa -lo retó Soraya.

Esta niña resabida me va a traer problemas, pensó Balaguer. Luego preguntó:

-¿Qué edad tienes?

-Catorce años.

-Eres menor de edad. No puedes salir en televisión atacando a un candidato presidencial. Es ilegal que una niña sea usada para fines políticos, ¿no te das cuenta?

Soraya se rio de modo condescendiente.

-Tienes miedo -dijo-. No te preocupes, Juan, mi mamá me va a acompañar; nos entrevistarías a las dos.

No puedo hacerlo, pensó Balaguer. Si saco a esta niña y a su madre en mi programa, Alcides Tudela perderá las elecciones y yo tendré la culpa. No puedo correr ese riesgo, tengo que pedirle permiso al dueño del canal.

-¿Se puede saber quién te dio el número de teléfono de mi casa? -preguntó, irritado.

-Lo conseguí en la guía telefónica -respondió Soraya.

-Eso es imposible. Mi teléfono no está en la guía, es privado.

-Estás mal. Mira la guía de este año y verás que tu número aparece. No solo tu número, Juan Balaguer, también tu dirección, por si acaso.

-Siempre me pasa lo mismo. Estos de la compañía de teléfonos son unos incompetentes.

Se hizo un silencio.

-¿Quieres hablar con mi mamá? -preguntó Soraya.

-No, todavía no -se apresuró en responder Balaguer-. ¿Cómo se llama tu mamá?

-Lourdes. Lourdes Osorio. ¿Te la paso? Está acá a mi lado.

-No, no -se asustó Balaguer-. Déjame tu número, yo haré unas consultas y te llamaré. Lo mejor.

sería reunirnos los tres en privado y que me cuenten todo antes de tomar una decisión.

-¿Con quién vas a consultar? -preguntó Soraya, suspicaz.

-¿Con quién crees? -preguntó Balaguer.

-¿Con Alcides Tudela?

-No, no te pases, no soy mayordomo de Tudela. Tengo que consultarlo con Gustavo Parker, el dueño del canal. -Entonces no me vas a entrevistar.

-¿Por qué estás tan segura?

-Porque Gustavo Parker apoya a Alcides Tudela más que tú; no te va a dar permiso para que me entrevistes, ¿no te das cuenta?

-¿Qué sabes tú de Gustavo Parker? -volvió a enfadarse Balaguer-. Gustavo Parker es mi amigo y es un gran empresario, y sí, él apoya a Alcides Tudela como lo apoyo yo, pero él respeta mi independencia periodística, y si yo decido entrevistarte, solo tengo que informarle, él no me va a prohibir nada.

-Veremos -sentenció secamente Soraya.

-Sí, veremos. Tampoco me puedes obligar a entrevistarte, ¿comprendes?

-Yo no te obligo, Juan Balaguer. Tu conciencia debería obligarte.

De nuevo, la voz de Soraya pareció impregnada de cierta superioridad moral, o de la firmeza de quien cree que no miente. Balaguer tomó nota del teléfono que le dictó la adolescente.

-Te llamaré por la noche -dijo.

-Sí, claro -acotó ella, en tono desconfiado.

-No te pases de lista, Soraya. Te llamaré y nos reuniremos acá en mi casa.

-¿Con mi mamá, no?

-Obviamente, con tu mamá.

-Ya. Entonces espero tu llamada.

-Saludos a tu mamá. Te llamo por la noche.

Juan Balaguer colgó el teléfono. ¿Y ahora qué carajo hago?, pensó. Esta niña no parece estar mintiendo, seguro que el pingaloca de Alcides Tudela es su papá, el muy pendejo tiene pinta de tener diez hijas no reconocidas. Ya me cagué. Si no la entrevisto, irá a otro programa o a un periódico y contará que yo tuve la oportunidad de entrevis-tarla y no lo hice, y quedaré como un lameculos de Alcides Tudela y mi credibilidad se irá al suelo. Estoy jodido, tengo que entrevistarla. ¿Por qué carajo esta niña relamida tenía que llamarme a mí y no a otro periodista? ¿Por qué tenía que venir a joderme cuando solo faltan cuatro semanas para las elecciones presidenciales y es un hecho que Alcides Tudela las ganará? Tengo que avisarle a Alcides ahora mismo, después de todo es mi amigo y es íntimo de Gustavo Parker, y no sé si esta niña está diciendo la verdad o está inventándose todo para joder la candidatura de Tudela.

Balaguer marcó el celular de Alcides Tudela. Contestó su secretario de prensa, Luis Reyes.

-Pásame con tu jefe. Es urgente.

-No puede atenderte -dijo Reyes-. Está con el kitchen cabinet.

-Pásame con Tudela -insistió Balaguer.

-Voy a ver si lo puedo interrumpir -se ofreció Reyes.

Balaguer escuchó una voz atronadora, imperiosa, de resaca añeja, del que ya sabe que ganará la presidencia y da órdenes: su amigo Alcides Tudela quejándose porque había bajado dos puntos en las encuestas y amonestando en tono mandón a sus subordinados.

-No me interrumpas, carajo -le dijo a Reyes, y Balaguer pudo escucharlo perfectamente-. Estoy con mi kitchen cabinet -rugió Alcides Tudela, y dijo esas dos últimas palabras en el decoroso inglés que había aprendido en la Universidad de San Francisco.

-Don Alcides, es Juan Balaguer -se disculpó el secretario Reyes, haciendo una venia.

-¡Dile que después lo llamamos! -gritó Tudela-. ¡Estoy en mi trinchera combatiendo por la democracia, no me jodan, carajo! -levantó más la voz, y golpeó la mesa, y su vaso de whisky salpicó unas gotas.

De inmediato, Alcides Tudela se agachó sobre la mesa y lamió las gotas de whisky.
-Pásame con Balaguer -se replegó, y cogió el celular y lo acercó a su oreja, mientras sus apandillados lo miraban con aire reverente, sumiso.

-Alcides, soy Juan Balaguer.

-¿Qué pasa, hermano? -preguntó Tudela, en tono arrogante, como si ya fuera presidente electo-. ¿En qué te puedo servir?

-Estamos jodidos -dijo Balaguer.

Tudela se rio, burlón.

-Tú estarás jodido, porque tu rating en Panorama ha bajado el domingo pasado -dijo-. Yo no estoy jodido porque voy primero en las encuestas y le llevo quince puntos a la estreñida de Lola Figari.

-Estamos jodidos, Alcides -dijo Balaguer.

-¿Qué pasa? -preguntó Tudela, que de pronto parecía advertir que la cosa no era una frivolidad o un capricho de su amigo.

-Me ha llamado una chica de catorce años que dice llamarse Soraya Tudela y asegura ser tu hija.

Alcides Tudela quedó en silencio.

-Quiere venir con su mamá este domingo a mi programa.

o diez personas estaban escuchándolo alrededor de la mesa que presidía.

-Yo no quiero joderte, Alcides, pero tenemos que hacer algo con esta niña. Si yo no la entrevisto, irá a otro programa. Y me parece que no miente -dijo Balaguer.

-¿Dónde estás? -preguntó Tudela, ya con otra voz, delatando preocupación.

-En mi casa.

-No te muevas. Voy para allá.

-Acá te espero.

-Y no llames a nadie ni le cuentes esto a nadie, Juan.

-A nadie, tranquilo, a nadie.

-Absolutamente a nadie. Ni siquiera a Gustavo.

-No llamaré a Gustavo, no te preocupes.

-Espérame, voy para allá.

Colgaron. Juan Balaguer marcó el teléfono privado de Gustavo Parker, el dueño del canal de televisión que emitía Panorama, el programa de Balaguer, los domingos por la noche. Gustavo Parker contestó:

-¿Qué hay de nuevo?

-La cagada -dijo Balaguer-. El cholo Tudela la cagó.

Juan Balaguer nació en Lima, en el barrio de Miraflores. Su padre, Juan, había estudiado Economía en la Universidad de Chicago y era gerente general del Banco Popular; su madre, Dora, había sido profesora de inglés en el colegio Villa María y no trabajaba desde que nació Juan, su único hijo, quien se llamaba así por su padre y por su abuelo y su bisabuelo paternos, todos llamados Juan Balaguer. En el colegio Santa María, donde habían estudiado su padre y su abuelo, Juan fue un alumno sobresaliente, siempre o casi siempre el primero de la clase, destacando tanto en matemáticas como en artes y letras, haciendo gala de una memoria superior a la de sus compañeros. Era, sin embargo, un niño tímido, renuente a participar de los juegos del recreo y de las competencias atléticas, y sus únicas calificaciones pobres eran las de deportes, o educación física, como llamaban en el colegio Santa María al curso de deportes. En ese tiempo, Juan quería ser actor. No se lo decía a sus padres, pero cuando actuaba en los festivales de teatro del colegio o cuando hacía imitaciones humorísticas de personajes famosos, sentía una gran alegría al provocar risas en sus compañeros y escuchar los aplausos que premiaban su versatilidad histriónica, su osadía en el escenario y su desparpajo para el humor. A sus padres les mentía, les decía lo que ellos querían escuchar, que terminando el colegio sería economista o médico, nunca la verdad, que su pasión era actuar, que los momentos de mayor felicidad eran las películas que una vez al mes veía con su madre en el cine Pacífico o en el cine Colina de Miraflores. Tenía una relación más cercana con su madre; a su padre lo veía muy rara vez, se dedicaba por completo al Banco Popular y los fines de semana jugaba golf en el club de San Isidro y pasaba poco tiempo con él. La relación con su madre era una de amistad y confidencias, el papel de Balaguer era el de escucharla, acompañarla con sus silencios y su sonrisa, reírse con ella, darle ánimos cuando la veía abatida, tomarla de la mano y besarla en la mejilla y decirle cuánto la quería. No era su papel hablar ni contarle cosas; era ella, Dora, quien se refugiaba en su único hijo para compartir con él lo que no podía contarle a su marido, siempre atareado, con un trago de más, apurado por meterse en la cama a ver televisión o irse a jugar golf los fines de semana. Aun cuando su madre era también su mejor amiga, su única amiga, Juan Balaguer no le contaba que en el colegio disfrutaba de sus incursiones principiantes como actor. Prefería guardarse el secreto. Cuando terminó el colegio, su padre lo animó a irse a estudiar al extranjero, preferiblemente a los Estados Unidos, y su madre le pidió que estudiara lo que ella no se había atrevido a estudiar: la carrera de Medicina en la Universidad Cayetano Heredia de Lima. Pero Juan quería ser actor, no quería ser economista ni doctor, y por eso les dijo a sus padres que postularía a la Universidad Católica. Les mintió, sin embargo, pues no les contó que estudiaría en la Escuela de Teatro, les dijo que estudiaría en la Facultad de Derecho, que sería abogado, y sus padres se contentaron, se resignaron, pensaron que al menos Juan seguiría viviendo con ellos y, dadas sus buenas notas en el colegio, seguramente sería un profesional brillante. Juan no tuvo problemas en ingresar a la universidad en buen puesto; postularon más de cinco mil jóvenes, de los cuales entraban solo quinientos, y Juan ingresó en el puesto treinta y ocho, sin estudiar mayormente nada, valiéndose de la buena memoria de la que se jactaba con sus padres, a quienes frecuentemente les pedía que le preguntasen nombres de ríos, volcanes, mares, cordilleras, o nombres de ministros, presidentes, dictadores, solo para hacer alarde de lo bien que le funcionaba la memoria aprehendiendo datos que, por otra parte, no servían para la vida social ni para gran cosa, a no ser para impresionar a sus padres. Ya en la universidad, Balaguer sorteó los cursos más ásperos sin dificultad, sintió que se aburría, que los profesores eran predecibles, tediosos, generalmente plúmbeos, rehuyó las fiestas y las novias, le gustaba estar solo, leyendo en su casa, viendo la televisión, escapándose a la matiné del cine Colina o del Pacífico, no era bueno para hacer amigos ni para seducir a las chicas bonitas. En casa de Juan se leían dos periódicos tradicionales de Lima, El Comercio y La Prensa. El Comercio y La Prensa eran diarios conservadores, religiosos, de derechas, que no ocultaban su simpatía por el go-bierno de Fernán Prado, quien había regresado del exilio para ganar de modo abrumador las elecciones presidenciales, gracias a su aire de patricio insobornable y a su oratoria inspirada, conmovedora, de vuelo poético. Juan Balaguer era un ávido lector de las noticias políticas, seguía con gran curiosidad la vida política peruana, sentía respeto y admiración por Prado, un político que, a diferencia de sus pares, parecía noble, de la realeza, incapaz de trampas o picardías rastreras. También era un televidente fiel, que no se perdía el noticiero de las diez de la noche, 24 horas, ni el programa periodístico de los lunes, Pulso, conducido por Alfonso Téllez, un viejo cascarrabias que solía interrumpir a todo el mundo y estaba siempre mejor informado que sus interlocutores, algo que se ocupaba de poner en evidencia sin falsos pudores. Juan Balaguer admiraba a Alfonso Téllez porque le parecía que era un viejo que sabía mucho, que sabía más que los demás, al que no le fallaba la memoria elefantiásica. Balaguer pensaba que cuando terminase la carrera de Derecho podía dedicarse no ya a ser actor sino a ser periodista de televisión, a ser un periodista respetado, temido, de lengua filuda como Alfonso Téllez, que le parecía más inteligente y audaz que cualquiera de sus profesores de la universidad, todos tan apocados, tan pusilánimes. Cuando sea abogado tendré un programa de televisión como Pulso y no me dedicaré a la abogacía aunque me sabré las leyes como se las sabe Alfonso Téllez, pensaba Balaguer, hipnoti-zado frente a la pantalla del televisor, tomando apuntes para aprender las cosas que sabía Téllez, las muchas cosas que sabía ese viejo cascarrabias, siempre tosiendo, interrumpiendo, demostrando su inacabable sabiduría. Apenas concluyó los estudios de Letras y pasó a la Facultad de Derecho, Balaguer se cansó de recibir la magra propina semanal que le daban sus padres (y que le daban a regañadientes, diciéndole que ya estaba en edad de buscarse un trabajo de medio tiempo, por ejemplo como practicante o asistente de un estudio de abogados) y decidió que pediría un trabajo en el canal donde trabajaba ese pe-riodista que tanto admiraba, Alfonso Téllez, director y conductor de Pulso, el programa periodístico más influyente de la televisión peruana, que se emitía por Canal 5 los lunes a las once de la noche. Escribió una larga carta a Téllez diciéndole cuánto apreciaba su talento, con qué devoción veía sus programas y celebraba sus entrevistas díscolas, accidentadas, y pidiéndole un trabajo "en lo que usted considere que pueda servirlo más eficazmente, señor Téllez, y sin pensar en los odiosos asuntos del dinero, que poco o nada importan". Juan Balaguer dejó su dirección y su teléfono al terminar la carta, esperanzado en que Téllez lo llamaría, pero Téllez nunca lo llamó, o si lo llamó, Balaguer nunca se enteró. Ya había perdido toda ilusión de trabajar en Canal 5, cuando un día leyó en la primera página de El Comercio que Alfonso Téllez había muerto de un infarto a la edad de sesenta y cuatro años. Balaguer sintió que había perdido a un amigo, a una figura paternal que había ejercido gran influencia en su vida, por eso no dudó en asistir al velorio de Téllez en la iglesia María Reina de Miraflores. Allí vio por primera vez a Gustavo Parker, el dueño de Canal 5, un hombre alto, corpulento, bien parecido, en sus cincuentas, de peinado canoso, nariz aguileña y mirada astuta, depredadora, vacía de compasión. Parker tenía fama de ser un gran hombre de negocios, un tipo frío y desalmado, sin escrú-pulos, sin miedo a nada, insolente para correr riesgos y ejercer su poder. Acompañado de su esposa, Parker conversaba con la viuda de Téllez, la señora Emperatriz. Después de arrodillarse ante el cadáver de Téllez y elevar unas plegarias, Juan Balaguer se acercó a Gustavo Parker y le dijo "El señor Alfonso Téllez ha sido como un padre para mí. Algún día yo seré como él. Gracias por permitirme conocer al gran Alfonso Téllez, señor Parker". Gustavo Parker lo miró a los ojos, lo estudió, vio a un muchacho ambicioso, listo, apuesto, con buena presencia para el negocio, y le preguntó "¿Cómo te llamas?". "Balaguer, Juan Balaguer." "¿Y qué haces por la vida?" "Estudio Derecho en la Universidad Católica. Pero mi sueño es trabajar como periodista en Canal 5, señor Parker." "Ven mañana a mi oficina." Juan Balaguer salió del velorio con una sonrisa que algunos miraron de modo reprobatorio, pero no podía disimularla, sentía que era el comienzo de su nueva vida como periodista y estrella de televisión, sentía que Alfonso Téllez había muerto para dejarle la posta a él. Pronto seré famoso, pensó, alejándose de la iglesia.