Letras

Dos mujeres

Elvio E. Gandolfo

15 julio, 2011 02:00

Periférica. Cáceres, 2011. 126 páginas, 15'50 euros


Elvio E. Gandolfo (San Rafael, Mendoza, Argentina, 1947) ha cultivado por igual el relato, la novela, el ensayo, la traducción o el periodismo cultural. Periférica reedita ahora uno de sus clásicos, de 1992, este Dos Mujeres compuesto por el relato largo "Rete Carótida" y una novela corta de verdad asombrosa que lleva por título "Escamas, piel". Si se subraya el carácter asombroso de esta última pieza es porque, tal vez, al término de la lectura de la primera, pueda pensarse que Gandolfo se maneja sólo digna y correctamente en una narración fresca, marcada por el sentido del humor de quien parece estar ya muy de vuelta, desglosando las idas y venidas de un oficinista, sus compañeros de trabajo y una misteriosa anciana de 130 kilos de peso, una historia que, por cierto, se va tornando progresivamente ácida y, finalmente, se desliza hacia el género fantástico-fantasmal. Después de ese primer texto, piensa uno que Elvio E. Gandolfo sabe bordear los mundos de sus compatriotas Fogwill o Manguel sin alcanzar la potencia alucinógena del primero o el intenso pathos del que es capaz el segundo en historias tan fantasmales como "El regreso".

Pero "Escamas, piel" desmiente esta clase de veredictos precipitados. Cuenta, desde el recuerdo, la historia de un encargado de ferretería treintañero, Berti, y el terrible vuelco que da su vida por la coincidencia diaria en una panadería con una misteriosa mujer de larga melena negra, Irene, estudiante de medicina. La lucha del personaje principal, el ascenso del deseo, la obsesión, el dilema entre caer o no caer, el desafío personal de esa conquista, quedan poderosamente registrados en la narración de Gandolfo, un texto sólido y medido en el que nada parece faltar o sobrar y donde el erotismo es, desde el inicio, la nota dominante. Pronto sabremos de los estragos que esta mujer ha producido entre otros hombres a través de los relatos de su amigo Corradi y del (magistralmente dosificado) testimonio que llega al lector de boca del viajante de comercio Fernández, confesiones que disparan al máximo el suspense. El pasaje de Férnandez en el restaurante deja también patente la naturalidad conversacional de Gandolfo. Las dos historias comparten un aire de familia, pues ambas incluyen una deriva fantástica hacia transformaciones del cuerpo y del alma, mutaciones, miedos, terrores. Pero quizá de fondo quiera hablar el autor de la dificultad de las relaciones personales, del componente posesivo-destructivo de todo amor, de las heridas y huellas que nos quedan para siempre.