Image: El oficio de poeta: Miguel Hernández / La imagen de Miguel Hernández / M.H. Vida y obra

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Letras

El oficio de poeta: Miguel Hernández / La imagen de Miguel Hernández / M.H. Vida y obra

Eutimio Martín / Juan Cano Ballesta / Concha Zardoya

29 octubre, 2010 02:00

Retrato de Miguel Hernández, de Benjamín Palencia (Atri.), hacia 1935

Aguilar. Madrid, 2010. 700 páginas, 25 euros / De la Torre. Madrid, 2009. 237 páginas, 14 euros / NorteSur. Barcelona, 2009. 233 páginas, 16 euros

El centenario del nacimiento de Miguel Hernández, que se cumple mañana, 30 de octubre, ha traído consigo el inevitable cortejo que estas conmemoraciones arrastran y que comenzó ya a finales del pasado año: congresos, exposiciones, números especiales en distintas revistas, reediciones de la obra, libros acerca del autor… No parece, sin embargo, que de todo ello se hayan desprendido grandes novedades, y sí, en cambio, han vuelto a repetirse hasta la extenuación tópicos manoseados y sin fundamento alguno. Contra esta reiteración de lugares comunes se alza la monografía más completa de las que han aparecido en los últimos meses: El oficio de poeta, de Eutimio Martín, investigador conocido especialmente por sus minuciosos -y a veces polémicos- estudios sobre García Lorca, que ahora ha dedicado sus esfuerzos a reconstruir la biografía -con la vida y la obra inextricablemente unidas, como debe ser- del desdichado poeta de Orihuela, completando de este modo el díptico de las grandes figuras líricas arrasadas por la guerra civil.

Para lograr su propósito, el autor no sólo ha tenido en cuenta los datos ya conocidos, sino que ha manejado multitud de documentos, se ha zambullido en los archivos de algunos ministerios, ha tenido la fortuna de interrogar a varios testigos de los hechos narrados y ha indagado en páginas hasta ahora desdeñadas por los investigadores, como es el caso de las memorias del músico alcoyano Carlos Palacio, que permiten a Martín reconstruir en el capítulo XX las aportaciones de Miguel Hernández a la composición de himnos y canciones destinados a los frentes de guerra. Lo que podríamos denominar labor historiográfica del autor es copiosa y casi toda ella irreprochable, aunque su talante personal no evite algunos desahogos al calificar con aspereza y notable acritud trabajos inanes (pp. 222, 231, 429, 514, etc,) o personajes bien conocidos que, tenidos por grandes figuras, se convierten aquí -habría que decir que merecidamente- en desvaídos figurones. Quedan mucho más nítidas ahora, gracias a las novedades que estas páginas ofrecen, cuestiones como la hipérbole de "pastor humilde" del futuro poeta, el verdadero papel de Ramón Sijé -defensor de un catolicismo a machamartillo que condicionará al poeta y lo situará "entre la cruz y la pared"-, la tibia relación, varias veces truncada, con Josefina Manresa, los devaneos de Miguel en Madrid, el abandono de amigos y protectores cuando el poeta fue encarcelado y procesado, pero también el proyecto de vida que se forjó desde muy pronto el joven oriolano, que abordó la poesía como un oficio. Un oficio que había que aprender, y aquí cabrían algunas puntualizaciones.

Así, Martín se pregunta, sin dar una respuesta concreta, la razón por la que el primer libro del autor, Perito en lunas, esté compuesto por 42 octavas reales. La realidad es que se trata de un libro de aprendizaje, formado sobre el modelo de los antiguos libros de enigmas en verso, como el de Cristóbal Pérez de Herrera y otros, y que utiliza la octava real, no tanto por recuerdo gongorino como por tratarse de uno de los esquemas estróficos más rígidos de la versificación española: una cárcel estrechísima donde hay que moverse con precisión. Plantearse dificultades para vencerlas es la actitud del aprendiz de poeta, y basta recordar que el libro siguiente -El rayo que no cesa- se compone de sonetos, estrofa que obliga también al isosilabismo y el uso de la rima consonante. La libertad métrica llegará más adelante, cuando el poeta se sienta más seguro y no tenga que demostrar que domina las técnicas de su "oficio".

El recorrido biográfico va acompañado del estudio de las distintas obras. La interpretación de algunas, como El rayo que no cesa o la obra teatral en prosa Los hijos de la tierra, parece inobjetable. De Perito en lunas se reproduce una octava (p. 223) omitiendo un verso y medio, pero precisamente el comentario subsiguiente se refiere a las palabras omitidas, lo que hace incomprensible el análisis. En la lectura de "Sexo en instante I" (p. 208) es erróneo interpretar "tic-tac" como "la aceleración de la pulsación sanguínea", cuando se refiere al movimiento de la mano. El autor tendría menos vacilaciones de haber consultado un libro imprescindible que no cita, como es el Vocabulario de la obra poética de Miguel Hernández de Marcela López, brújula segura para navegar por el mar textual del poeta. Por el acopio de datos nuevos que contiene y por el acierto con que el autor ha fundido en su estudio vida y poesía de Hernández, ésta es una aportación excelente del centenario.

Interés muy distinto ofrece el Miguel Hernández de Concha Zardoya, ya que se trata de una reimpresión del estudio que la autora -fallecida en 2004- publicó en 1955 con el título de Miguel Hernández. Vida y obra, y que constituye la primera monografía de conjunto con que cuenta la bibliografía hernandiana. Importante en su momento, pero limitada por la escasez de estudios previos y la fragilidad de las bases textuales con las que contó la autora, su publicación deja constancia al menos de cuál fue el punto de partida de muchas afirmaciones sobre el poeta que han venido repitiéndose desde entonces por parte de algunos críticos que, obedeciendo a costumbres deplorables, han tenido la avilantez de adornarse con plumas ajenas.

En cuanto a La imagen de Miguel Hernández, de Juan Cano Ballesta, es, como otros volúmenes recientes (así, Sujetado rayo [2009], de José María Balcells), una recopilación de trabajos publicados en revistas o actas de congresos -y no siempre de fácil acceso- por este investigador que ha desarrollado su actividad docente en Estados Unidos y a quien se deben numerosos estudios sobre Miguel Hernández y acerca de la poesía española en el primer tercio del siglo XX.

Se analizan aquí aspectos diferentes: la relación entre Neruda y Hernández -en un trabajo de 1968 que habría que confrontar ahora con lo que se lee en el libro de Eutimio Martín-, las colaboraciones de Miguel en la enciclopedia Los toros, de José María de Cossío, las tentativas teatrales del poeta, sus escritos periodísticos y sus arengas bélicas o la plasmación verbal de los elementos paisajísticos en algunos poemas son, entre otros asuntos, objeto de estudios breves del mayor interés, que emanan de un cabal conocimiento del poeta y su obra muchas veces acreditado por el autor. En ocasiones, los apremios y compromisos de un congreso, una conferencia o una colaboración circunstancial obligan a elaborar páginas triviales y a realizar faenas de aliño. Algunas hay en este volumen que podrían haberse suprimido, pero su innecesaria presencia está compensada por otras realmente valiosas en las que el lector devoto de Miguel Hernández podrá siempre encontrar orientaciones certeras y agudas observaciones.