Letras

Javier Tomeo

“Nadie mostraba el menor interés por aquella novelita de media distancia, de corte kafkiano”

27 septiembre, 2007 02:00

Javier Tomeo. Foto: Paco Toledo

Se llamaba, es decir, se llama (porque las novelas no mueren, por malas que sean y escondidas que estén) El Cazador. La publicó Ediciones Marte, de Barcelona, en el ya lejano 1967, en pleno socialrrealismo literario o realismo social. Tiempos difíciles en los que se consideraba que la novela debía de ser, sobre todo, un instrumento de acoso y derribo de la dictadura.



Pocas probabilidades tenía, por lo tanto, mi curioso original de ser publicado en aquellos tiempos y mi peregrinaje por las editoriales barcelonesas fue largo y penoso. Los editores y sus asesores no demostraron el menor interés por aquella novelita de media distancia, de corte kafkiano, protagonizada por un individuo que, el día que cumple treinta años, para desesperación de su madre, decide encerrarse a perpetuidad en su cuarto porque piensa que el mundo entero se opone a su triunfo.



No encaja en nuestra línea editorial, me respondían piadosamente.



Y no mentían, porque lo único que les interesaba en aquellos años, repito, eran aquellas novelas en las que se abordasen problemas y situaciones que pudiesen superponerse prácticamente a la realidad, es decir, historias en las que la mayoría de los lectores pudiesen reconocerse fácilmente a si mismos o a sus contemporáneos. Perder el tiempo escribiendo sobre los problemas que pudiese tener un solo individuo, un psicópata, se consideraba poco menos que una simple excentricidad literaria, casi una frivolidad imperdonable.



En aquellos duros años conté afortunadamente con el apoyo moral del novelista y crítico literario Julio Manegat, a quien considero con toda justicia mi padrino literario. Tanto es así que algunas veces pienso todavía que no sé que hubiese sido de mi carrera literaria de no contar con su apoyo. "Eres escritor, no te quepa la menor duda", me dijo un día, después de leer algunas cuartillas que "casualmente" yo me había puesto en el bolsillo antes de salir de casa.



Y confié plenamente en aquellas palabras. Hubo también otros personajes barceloneses de la época que me animaron a continuar: Juan Ramón Masoliver, Enrique Badosa, Ramon Eugenio de Goicoechea, Pascual Maizterra, Carlos Barral. Enrique Sordo y un joven ingeniero llamado Jorge Herralde, a quien yo le leía mis originales en extraños bares hundidos en el magma barcelonés...



Fue otro escritor, Tomas Salvador, -que pocos años antes había puesto en marcha su Editorial Marte- quien supo descubrir algunas virtudes en El Cazador, las suficientes para decidirse a publicar la novela. Tomás, obviamente, no pudo permitirse el lujo de pagarme un duro como anticipo a los derechos de autor, pero eso era lo que menos importaba. Fui yo, por el contrario, quien tuvo que colaborar gratia et amore con la minúscula editorial, traduciendo, por ejemplo, Tom Jones, la interminable y magnífica novela de Henry Fielding.



El Cazador, por lo menos, intentó abrir una brecha en el monolítico mundo del realismo español de aquellos tiempos y mereció algunas críticas esperanzadoras. Tuve incluso el honor de ser encerrado una semana en "La Cárcel de Papel", en aquella Codorniz que sirvió de válvula de escape a tantos españoles. Y recuerdo especialmente una favorable reseña de un crítico que, con los años, se iba a convertir en punto de referencia de la crítica de este país. Me refiero a Rafael Conte, en el desaparecido diario Informaciones.



La aparición de El Cazador, sin embargo, fue como tirar una piedrecita en un estanque: apenas un chasquido, unos círculos concéntricos y luego, el silencio de siempre. Mi lucha como escritor raro, ajeno a todas las capillas del país. debía de continuar todavía durante años. De hecho continúa todavía hoy, cuando lo que está de moda es la novela histórica y se escriben todavía algunas novelas sobre la guerra civil.



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Desde entonces

Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932-Barcelona, 2013) obtuvo en 1971 el premio Ciudad de Barbastro por El Unicornio, pero sólo en los 80 fue considerado uno de los mejores y más originales narradores españoles. Paradójicamente, este escritor sorprendente, con rostro de boxeador noqueado y alma de poeta, debió su consagración a las adaptaciones teatrales de sus novelas y cuentos, que se iniciaron con el montaje de Amado Monstruo en el Theatre de la Colline, en París en 1989. Entre sus obras destacan El castillo de la carta cifrada (1979); El gallitigre (1990), El crimen del cine Oriente (1995), Los misterios de la ópera (1997), Napoleón VII (1999); Cuentos perversos (2002) Los amantes de silicona (2008) o Pecados griegos (2009). Al morir dejó varios libros de cuentos ineditos...