Letras

Viaje con Pitol

Enrique Vila-Matas se imagina junto al escritor mexicano en el avión que le trae a España para recoger el premio Cervantes

20 abril, 2006 02:00

Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol

El 21 de abril el mexicano Sergio Pitol recibe el premio Cervantes. Es la antesala de la celebración, el 23 de abril, del Día del Libro. De nuevo el aniversario de las muertes de Cervantes y Shakespeare permitirá que el domingo libros y rosas tomen las calles, gracias a la espléndida costumbre catalana que comienza a extenderse en el resto de España. El Cultural se une a esta fiesta de papel y libertad viajando imaginariamente con Sergio Pitol y Enrique Vila-Matas, su mejor amigo español. Pocos como él conocen al escritor mexicano y su estilo, que "consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es contarlo todo, pero no resolver el misterio". También Care Santos, en su día presidenta de la Asociación de Jóvenes Escritores de España, nos descubre los secretos de la nueva hornada de escritores catalanes en catalán, y Ramiro Pinilla nos adelanta algunos tramos de su próxima y esperadísima novela, La higuera (Tusquets). Además, Antonio Soler nos desvela en "Cuatro esquinas" los libros que le hicieron escritor.

-Enhorabuena, Sergio.
Acompaño a Pitol en su viaje de México a España, donde va a recibir el premio Cervantes.
Sonríe y eso no significa que piense contestar a lo que acabo de decirle. En Sergio, últimamente, las sonrisas no se dejan interpretar. Tampoco es que sean un misterio. Se alejan simplemente del absurdo. Es como si él supiera (y creo que lo sabe perfectamente) que es absurdo decir que algo es absurdo, pues, como diría Beckett, decir eso sigue siendo un juicio de valor.
-Entonces, ¿no se puede opinar? -le pregunto a bocajarro sin que él haya dicho algo que justifique esa pregunta.
-Ahora sí, pero ya es un poco tarde -me responde con agilidad.
Sin palabra alguna, le doy a entender con la cabeza que comprendo lo que ha dicho. Pero en realidad no le entiendo. ¿Por qué ahora ya es un poco tarde?
-Me has entendido perfectamente -dice.
Y por fin comprendo, están cerrando las luces del avión. Llegó tal vez la hora del sueño. Cierro los ojos unos segundos. Y me digo, con admiración total, que vida y literatura se funden en mi maestro y amigo. Y paso a preguntarme si hay algo más cervantino que la pasión por confundir vida y literatura. En algún lugar de El arte de la fuga, Sergio Pitol nos dice que él es la suma de "los libros que he leído, la pintura que he visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios".
Pienso en las calles recorridas, las que he podido caminar junto a él. Hay calles, callejuelas y callejones transitados en Asjabad, Veracruz, Caracas, París, Aix-en-Provence, Praga, Desvarié y Kabul. Y pienso especialmente en un día de lluvia en Aix-en-Provence, adonde acudimos para homenajear a Antonio Tabucchi. Fue un día que recuerdo por la agresiva lluvia y por la constante pérdida de sus gafas por parte de Sergio; algo esto último nada extraño, pues es ya legendaria su inclinación a perder y luego recuperar sus anteojos. Ese día los perdió varias veces, en diversas librerías y cafés, como si eso le sirviera de antídoto perfecto para no perder su paraguas. Recordé ese día que en la tendencia a olvidar los lentes Juan Villoro había encontrado una pista para iluminar nuevos aspectos de la poética de Pitol: "Sergio escribe en la nublada región de quien perdió adrede sus anteojos; pretende que su originalidad es atributo de su mala vista..."

Para Villoro, Pitol no busca aclarar sino distorsionar lo que mira. En El arte de la fuga, Pitol nos cuenta que, en su primer viaje a Venecia, allá hacia 1961, extravió los lentes a su llegada, los extravió mientras se preguntaba si hallaría la muerte en Venecia, la muerte en la ciudad de su antepasados. Muerte y neblina, extravío de anteojos y la fusión compacta de vida con literatura la encontramos él y yo también en otro día de lluvia, en este caso en Mérida, Venezuela. Habíamos subido a cuatro mil metros de altura y, al descender a la ciudad, Sergio estaba aterrado porque creía tener la presión muy alta. Entramos en una farmacia y la temperatura se la tomó un niño de catorce años que ya se veía que no sabía tomarla. "Tiene usted cinco mil cuatrocientos veinte de presión", le dijo el niño. Sergio quedó pálido y sobrecogido. "Debería estar muerto", añadió el niño. "¡Ay!", gritó Sergio. Le acompañé a una clínica cercana, donde -para ser fiel a su costumbre- olvidaría sus anteojos. Allí una enfermera, que vestía de forma inocente pero pornográfica (con una casi inverosímil minifalda), se limitó a decirle, tras una breve inspección, que no corría peligro alguno. "Ay, señorita", dijo entonces Sergio, "es como si me hubiera salvado la vida". ¿Era aquella enfermera pornográfica la literatura misma? Sergio siempre dijo que la literatura le había salvado la vida. Poco después hubo que ponerse a buscar los anteojos.

Tengo la impresión de que Sergio se ha quedado dormido mirando las nubes. Me digo a mí mismo que en todas esas anécdotas de días lluviosos del pasado está contenida la silueta de su vida cervantina, pues, como él dice, "todo es todas las cosas". Leyéndole, pero también viajando con él, se tiene la impresión de estar ante o junto al mejor escritor en lengua española de nuestro tiempo.
Descubro que Sergio no duerme, sólo está mirando las nubes.
De pronto dice que ha perdido los anteojos.
-¿A cuánto estaremos de España? -termina preguntándome.
No tengo ni idea, no sé qué contestarle. Faltan como mínimo seis horas para llegar a Madrid. Me quedo preguntándome si andará algo nervioso con la entrega del premio. Pero luego cambio de pregunta y me interrogo en silencio acerca de su estilo. Si alguien que no lo haya leído quisiera saber cuál es su estilo, ¿qué le respondería? Creo que le diría que su estilo consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es contarlo todo, pero no resolver el misterio. Su estilo es distorsionar lo que mira. Su estilo consiste en viajar y perder países y en ellos perder siempre uno o dos anteojos, perderlos todos, perder los anteojos y perder los países y los días lluviosos y las nubes, perderlo todo: no tener nada y ser mexicano y al mismo tiempo ser extranjero siempre.
Las nubes se han borrado y se diría que estamos volando por el espacio sideral. Madrid aún queda lejos. Le pregunto, a propósito del espacio, si sabe de dónde venimos y adónde vamos.
-¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada? -le digo.
Largo silencio. Hasta que me contesta:
-Produce vértigo. La pregunta, además, tiene relación con otras igualmente perversas: ¿Qué había antes de que existiera el universo? ¿Qué hay fuera del universo? ¿Se podrá algún día leer la mente?
El avión parece haberse detenido en el tiempo.
¿Llegaremos a entenderlo todo?
De nuevo, un largo silencio. Intento leer en su mente.
-¿Te has dado cuenta de que te has tomado muy en serio lo de que soy tu maestro? -me dice y sonríe.
Tampoco esa sonrisa se deja interpretar. Le veo volver a perder los anteojos. Y Madrid aún queda lejos.


El Día del Libro en El Cultural
Diario de letra comprimida (o qué libros me hicieron escritor), por Antonio Soler
Viaje con Pitol, por Enrique Vila-Matas
La última hornada desde Cataluña
Adelanto de La higuera, de Ramiro Pinilla