Letras

No entres tan deprisa en esa noche oscura

5 junio, 2002 02:00

António Lobo Antunes
Traducción de Mario Merlino. Siruela. Madrid, 2002. 501 páginas. 26 euros

Lobo Antunes se hizo novelista porque era incapaz de escribir poesía. La impotencia ante el verso ha producido, sin embargo, una escritura deslumbrante que ha impregnado toda su obra de un fuerte acento lírico. La complejidad de sus novelas nace de esa peculiaridad, pero esto no significa que el hilo narrativo haya sido sacrificado en beneficio de la imagen o la metáfora. Nada más alejado de Lobo Antunes que el esteticismo banal.

Su forma de contar no está uncida a la pirueta verbal, sino a la búsqueda de la palabra esencial. La intención de fondo es rebasar la mera apariencia de las cosas para mostrar la verdad de unos personajes, incapaces de comprender la naturaleza de sus actos. Este propósito justifica la digresión, el espacio en blanco, la destrucción de la sintaxis o el recurso a lo inacabado. Todos estos elementos comparecen en No entres tan deprisa en esa noche oscura, componiendo una historia que avanza entre recuerdos, fantasías, confesiones y sorprendentes rectificaciones, donde se cuestiona todo lo narrado hasta entonces.

Lobo Antunes organiza la novela en siete días que se corresponden con los siete días de la Creación. Son siete días que reúnen en unas horas las experiencias de una familia convocada alrededor de un padre enfermo. Una intervención quirúrgica servirá para reconstruir la peripecia de unos personajes de la alta burguesía colonial del Portugal salazarista. Bajo la apariencia de respetabilidad, se esconde un turbio pasado, donde la hija de un antiguo gobernador de Mozambique se casará con un traficante de armas para restañar la maltrecha economía familiar. El matrimonio no evitará la catástrofe, cuando la antigua colonia consiga la independencia y se imponga el exilio forzoso. Ya en la metrópoli, nunca cesarán las fantasías sobre el esplendor perdido, incluso cuando los acreedores obtengan una orden de desahucio que desposeerá a la familia de su última propiedad.

El narrador es Maria Clara, que reconstruye la historia de su familia mediante fragmentos de su diario, largos monólogos o breves confesiones ante un psicólogo. Es probable que el ejercicio de la psiquiatría haya enseñado a Lobo Antunes la necesidad de destruir cualquier apariencia de orden para reproducir la forma en que actúa la memoria. Tal vez, ésta sea la razón de que el narrador se desdoble en otras voces e incluso llegue a cuestionar su edad o identidad sexual. El resultado no es un inextricable pandemónium, sino una exactísima conjunción de voces, con la unidad de un gran oratorio. La polifonía del relato invoca eso que podríamos llamar ética del lector, según la cual no hay experiencia estética sin un esfuerzo por completar la obra que nos interpela.

No entres tan deprisa... está precedida por un poema de Andrade, que especula sobre la devastación del tiempo. La carrera de las formas hacia la luz no podrá impedir su condena de sombra. ésa es la conclusión de Maria Clara, posible hija ilegítima, adolescente que descubre su condición de mujer adulta y madre, cuando aún está intentando encajar los fragmentos de su infancia. Sus incursiones en el arcón del desván apenas le permiten rescatar una vieja foto con un niño balanceándose en un caballo de madera. Una imagen desdibujada para recomponer un pasado oscurecido por la culpabilidad, el miedo y la mentira.

Maria descubrirá que nada es definitivamente. Transformarse forma parte de la naturaleza de las cosas. El rumor de los fresnos o la luz en las glicinas le insinuarán que no somos nosotros, sino las cosas las que nos miran, evidenciando nuestra inserción en un mundo que apenas reflejan nuestras palabras. En definitiva, una gran obra que no se conforma con narrar una historia, sino que intenta explorar las posibilidades del lenguaje para explicar las relaciones -siempre equívocas, siempre imperfectas- entre memoria y experiencia. Al igual que Benet o Faulkner, Lobo Antunes pretende algo más que escribir novelas. Su intención es crear un mundo. Sus libros corroboran su condición de demiurgo.