Viktor Orbán con una ilustración de la revolución de 1848 y los países que históricamente han pertenecido al Grupo de Visegrado de fondo. Diseño: Rubén Vique

Viktor Orbán con una ilustración de la revolución de 1848 y los países que históricamente han pertenecido al Grupo de Visegrado de fondo. Diseño: Rubén Vique

Historia

Hungría, ese país vasallo de nadie: de la revolución de 1848 a la caída de Orbán y la vuelta del Grupo de Visegrado

La victoria electoral de Péter Magyar parece traer vientos de cambio en un país que ha sido un verdadero quebradero de cabeza dentro de la UE. Sin embargo, un vistazo a la historia magiar invita a ser precavidos.

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La victoria de Péter Magyar al frente de su joven partido Tisza en las elecciones húngaras del pasado 12 de abril destronaba 16 años después de que llegara al poder al hasta ahora intocable Viktor Orbán. Por el camino, el líder del Fidesz, uno de los principales ideólogos y promotores del iliberalismo, ha dejado un país anemizado por la corrupción, amiguísimo del Kremlin y reconocido quintacolumnista dentro del Parlamento Europeo.

En el discurso que ofreció tras la aplastante victoria del domingo electoral, Magyar invitaba a pensar en un acercamiento a la Unión Europea en detrimento de la relación con Moscú, Pekín y Washington. "Queremos un país que no sea vasallo de nadie", manifestaba, utilizando un concepto, el de vasallaje, de alto voltaje en suelo húngaro.

Orbán había sido acusado, falta imperdonable en aquel país, de ser un peón de los intereses rusos. También de los estadounidenses. Era una de las principales críticas, junto a la de la rampante corrupción, que le lanzaban desde el emergente partido Tisza.

En sentido contrario, el partido en el poder llevaba meses haciendo un concienzudo trabajo de acoso y derribo contra la figura de Magyar, al que ya en 2025 se le veía como el principal peligro para el continuismo de Orbán en las siguientes elecciones. Se le vilipendiaba en carteles repartidos por las ciudades y pueblos de todo el país, presentándolo como impulsor del gasto de dinero público en la guerra de Ucrania.

Llamativo es, por ejemplo, aquel que a menudo se dejaba ver en las calles de Budapest durante el pasado invierno. Zelenski, Von der Leyen y Magyar aparecían arrojando fajos de billetes de 20.000 florines (el de más valor en la moneda húngara) por un retrete de oro, con un texto que rezaba: "Ők adókat emelnek és ukrán aranybudira költik a pénzed" ("Suben tus impuestos y gastan tu dinero en la letrina de oro ucraniana").

Columna publicitaria en la que se criticaba a Magyar como valedor de los intereses europeos en la guerra de Ucrania.

Columna publicitaria en la que se criticaba a Magyar como valedor de los intereses europeos en la guerra de Ucrania.

Desde uno y otro lado se lanzaban dardos acusándose mutuamente de ser vasallo de una u otra potencia. Magyar significaba, según la propaganda de Fidesz, un futuro en el que Hungría se plegaría a los dictámenes de la Unión Europea, incluso en cuestiones en las que una mayoría húngara era contraria a la postura oficial de Bruselas, como el de la inmigración. Por su parte, el compadreo con Moscú, antigua fuerza opresora, desgastó la imagen de Orbán.

El trauma que arrastra el país magiar con la cuestión del vasallaje data de varios siglos atrás. Territorio acostumbrado a estar bajo dominio extranjero, también lo está a revolverse ante los intentos de control exterior y reclamar su autonomía en la gestión y toma de decisiones de su propio país, algo que nunca se ha dado por sentado.

El punto de partida de este espíritu de rebeldía lo situamos en 1526, cuando el rey Luis II de Hungría muere combatiendo contra las fuerzas invasoras otomanas, que ocuparon el territorio durante más de 150 años y, para más inri, abrieron la puerta para que los Habsburgo se impusieran en la línea de sucesión de la corona húngara.

En efecto, con la casa real austríaca hemos topado. Tras la salida de los otomanos en el siglo XVII, Viena dictó las reglas del país vecino como otro más de sus dominios. Pero todo tiene un límite. Desde 1526, varios príncipes húngaros habían intentado desde Transilvania desvincularse de Austria. Fue en 1848 cuando por fin se dio un giro en beneficio de la autonomía húngara.

Ese año, como parte de las revoluciones que estallaron en varias ciudades europeas en contra de los Habsburgo y los Borbones, el poeta Sándor Petőfi encabezó unas protestas en Budapest en las que se reclamaban 12 puntos. Entre las peticiones estaban una guardia nacional propia, la convocatoria de una asamblea nacional o un carácter más independiente con respecto al Imperio Austríaco.

Por su parte, el aristócrata Lajos Kossuth, otro gran héroe de la patria húngara, trató de negociar estas reclamaciones en la corte vienesa, ante las que acabó cediendo Fernando V, emperador austríaco y rey de Hungría. Entre otras cosas, se dio permiso para la creación de un gobierno independiente (su primer ministro sería Lajos Batthyány) y una constitución propia.

Sin embargo, las reclamaciones húngaras pronto adquirieron un sabor amargo para los Habsburgo, que vieron cómo se acercaban peligrosamente a una independencia total. Ante la continua presión de la corte austríaca, el gobierno de Batthyány renunció y fue sustituido por Kossuth y sus partidarios, que aspiraban a una Hungría totalmente independiente.

Cuando el movimiento húngaro intentó ampliar sus competencias y organizar su propio poder militar y político, Viena respondió. Hungría, no obstante, les plantó cara en un conflicto abierto que a punto estuvo de hacer colapsar al Imperio. Finalmente, el movimiento fue aplastado en 1849 y la mayoría de sus promotores ejecutados. Una excepción fue Kossuth, que se exilió en el Reino Unido.

La rebelión, sin embargo, tuvo unas consecuencias importantísimas para el futuro del país. La más relevante fue la sucedida en 1867, en el conocido como Compromiso austrohúngaro. Para prevenir una situación como la sucedida menos de 20 años atrás, los Habsburgo concedieron una serie de reformas estructurales entre las que se encontraba la equiparación de Hungría con Austria. Los magiares compartirían un estado común con los austríacos, pero de ningún modo serían sus vasallos como había sucedido hasta el momento.

Tal momento de esplendor terminó de forma abrupta apenas 50 años después. El final de la Primera Guerra Mundial, con los húngaros en el bando perdedor y formando parte de un imperio en descomposición, llevó a las nuevas autoridades de una Hungría descabezada a firmar el Tratado de Trianón en 1920, el equivalente al que Alemania firmó en Versalles.

Entre las condiciones de este texto de rendición sobresale la pérdida de dos tercios del territorio de la Hungría histórica. Transilvania, la región considerada por los húngaros como el suelo sobre el que se fundó el país, pasó a manos de Rumanía.

La ciudad de Rijeka (la actual Fiume), única salida al mar, quedó en disputa entre Italia y el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, formado asimismo por regiones que antes eran parte del reino húngaro. También se acordó la independencia de Eslovaquia, al norte del Danubio y la cesión de territorios a Austria en la frontera. Por este arreglo, cerca de 3 millones de húngaros quedaron fuera de las fronteras de su país.

Mapa del rediseño de fronteras establecido por el Tratado de Trianón. En naranja en el centro, la Hungría histórica. Trazado con la línea azul, la frontera húngara tal y como ha permanecido hasta hoy. Foto: Wikimedia Commons

Mapa del rediseño de fronteras establecido por el Tratado de Trianón. En naranja en el centro, la Hungría histórica. Trazado con la línea azul, la frontera húngara tal y como ha permanecido hasta hoy. Foto: Wikimedia Commons

Fue Trianón una imposición extranjera que todavía pesa en la conciencia magiar. "Para la población, el Tratado fue un choque sin precedentes, la gran catástrofe inicial", contaba el historiador húngaro Krisztián Ungváry en el medio alemán Deutsche Welle. Prueba de ello es el "Monumento a la unidad nacional" que hizo erigir Orbán en 2020 en conmemoración del centenario del tratado, un enorme mural cerca del Parlamento en el que aparece el nombre de todos los territorios perdidos en 1920.

A Hungría aún le quedaban por sufrir dos importantes injerencias extranjeras en los siguientes años. En la Segunda Guerra Mundial, Miklós Horthy, quien había impuesto una regencia militar en el país desde 1920, se alió con los nazis ante la promesa de recuperar los territorios perdidos en Trianón. Sin embargo, cuando el general magiar intentó negociar en secreto con los Aliados una rendición, Hitler, al descubrirlo, lo depuso y entregó el poder a la Cruz Flechada, el partido nazi húngaro responsable del exterminio de decenas de miles de judíos.

Tras el fin de las hostilidades, fue la Unión Soviética la que tomó las riendas de la soberanía húngara, sobre la que impuso políticas decididas desde Moscú a través del gobierno títere de la República Popular de Hungría. Una situación de vasallaje a la que se opuso de nuevo la voluntad popular en las revueltas de 1956, que, de nuevo, hacían la histórica reclamación húngara de autonomía. Como sucedió en 1849, la potencia dominante, muy superior, aplastó el movimiento. Pero, de nuevo, Hungría recibió unos privilegios con los que no contaban el resto de países del Pacto de Varsovia.

Ya en nuestro siglo, Orbán ha utilizado durante años esta larga historia de dominio extranjero y rechazo al vasallaje húngaro en su propio beneficio. Fruto de ello ha sido la consolidación del Grupo de Visegrado, un bloque de países formado por Hungría, República Checa, Eslovaquia y Polonia, como contrapeso a las medidas propuestas en Bruselas, otro tipo de "injerencia extranjera" según ha declarado en más de una ocasión el exdirigente.

Un grupo de influencia que fue un verdadero escollo para lograr acuerdos en el seno de la UE, pero que se vio seriamente desgastado ante los desacuerdos de sus integrantes en cuanto a la postura a tomar sobre la guerra de Ucrania. Habiendo sufrido todos la represión soviética durante la Guerra Fría, la postura de Orbán en beneficio de los rusos era difícil de comprender desde Polonia, gran aliado de los ucranianos en el conflicto.

En su trabajo No todo el pasado necesita ser usado. Las características de la política de la memoria de Fidesz, el historiador Simone Benazzo describe a Orbán como un incansable "guerrero de la memoria", que ha demostrado "una clara comprensión de la historia nacional" y una gran habilidad para "legitimarse utilizando la herramienta de la memoria". "Señalando actores oponentes, posiciona a su partido como el principal campeón de la soberanía nacional húngara", sostenía Benazzo.

Con todo, su relación con Rusia, antigua fuerza dominante que, además, actualmente está demostrando su voluntad de extender su poder de influencia, parece haber sido finalmente un golpe mortal a la imagen de Orbán como garante de la independencia húngara.

Eso parecen desprender las palabras de Magyar, con ese deseo de construir un país "vasallo de nadie" que destacaba durante el discurso de la victoria. No con ello debería creerse que tal cosa significará una aceptación a ciegas de lo que postule Bruselas. Desde luego, todo parece indicar que habrá un acercamiento. Es necesario, si el nuevo presidente del gobierno húngaro espera beneficiarse de los en torno a 17.000 millones de euros congelados por las exigencias de medidas democratizadoras de Bruselas.

Y todo apunta a que acatará tales solicitudes en muchos casos, puede que también en cuanto a ese paquete de ayudas a Ucrania que Orbán mantenía bloqueado en el Parlamento Europeo. Pero a juzgar por sus primeros pasos, Magyar prestó atención a las clases de historia y a las preocupaciones húngaras por mantener la soberanía que tan bien supo explotar su predecesor.

No hace falta más que ver cuál será su primera visita en el extranjero el próximo mayo. Su destino no será otro que Polonia, su gran aliado en el bloque de Visegrado, un grupo de influencia que, recordemos, le puede ayudar a contrarrestar, llegado el caso, las obligaciones impuestas por esa Europa occidental que tan ajena les es a veces. La visita a Bruselas, para desbloquear el enredo de las ayudas europeas, será después de Varsovia. Es una cuestión de prioridades.