Lise London en 1942. A la izquierda, documento de identidad falso de Violette Szabo. A la derecha, ficha policial de Charlotte Delbo. Al fondo, campo de Ravensbrück. Diseño: R. Vique/ F. D. Q.

Lise London en 1942. A la izquierda, documento de identidad falso de Violette Szabo. A la derecha, ficha policial de Charlotte Delbo. Al fondo, campo de Ravensbrück. Diseño: R. Vique/ F. D. Q.

Historia

Diez heroínas en el infierno de los campos nazis: poetas, periodistas y miembros de la Resistencia

En su ensayo 'Algo quedará de mí', Mercedes Monmany narra la biografía de mujeres valientes que compartieron destino en Ravensbrück, el mayor campo de prisioneras del Tercer Reich.

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Al volver de Auschwitz, donde se había salvado gracias a la intervención providencial de la jefa del campo, Simone Veil le dijo a su hermana: “Nos harán preguntas y nadie nos creerá”. Terminada la guerra, decía, los supervivientes solo podían hablar con su familia o con otras víctimas. “El resto o bien se aburría o desviaba rápidamente la conversación”, recordaría años después. Esta hostilidad, sin embargo, no impidió que algunas víctimas, entre ellas la propia Veil, dedicaran su vida a dar testimonio, en el caso de las judías cumpliendo el mandato rabínico de recordar (zajor).

Algo quedará de mí

Mercedes Monmany

Galaxia Gutenberg, 2026
444 páginas. 25 €

Pero el dolor tras la liberación de los campos adquirió formas distintas en otras supervivientes. Germaine Tillion, una de las protagonistas de Algo quedará de mí, el último ensayo de Mercedes Monmany (Barcelona, 1957), calificó de “terrible” el momento del regreso, pues “el apoyo ante el peligro faltó de repente en seres a quienes se les habían roto todos los resortes vitales”.

Con ese apoyo, Tillion, católica y militante “moderada” de la Resistencia, aludía a las redes fraternales tejidas en cautividad, al compañerismo del que hablaba Geneviève de Gaulle, superviviente y sobrina del líder de la Francia Libre, que después de la guerra escribió que “sin la solidaridad moral y fraternal” entre reclusas, “nadie habría vuelto”. Es uno de los asuntos centrales de este ensayo, donde se narra la historia de diez prisioneras de Ravensbrück, el mayor campo de mujeres del Tercer Reich.

Monmany explora el modo en que el recuerdo de esas diez víctimas, de las que solo sobrevivió la mitad, ha seguido vivo hasta hoy. Su título alude al “non omnis moriar” horaciano (no moriré del todo), que tiene un eco estremecedor en un texto de aquella época: el último poema de la polaca Zuzanna Ginczanka. El poema empieza con esos versos latinos. A continuación, Ginczanka parodia con ironía y precisión la economía del expolio durante el Holocausto, haciendo un inventario de sus pertenencias, que dice regalar antes del “robo de tumbas”. Por último nombra, mostrando su mezquindad, a la portera polaca que la denunció.

Aunque Ginczanka no tiene capítulo propio en el libro, sí lo tiene otra poeta, Grazyna Chrostowska, que murió en Ravensbrück a los 21 años. Algunos de sus poemas no existirían hoy si sus compañeras no los hubieran memorizado y transmitido después. Es sabido que muchos reclusos, como contó Ruth Klüger en Seguir viviendo, “hallaron consuelo en versos que sabían de memoria”, aunque aún sorprende que tantas autoras encontraran la fuerza para crear algo de belleza en esa situación. Para ellas, dice Monmany, la poesía permitía a la imaginación “volar libre, fuera del alcance de los verdugos”.

Mercedes Monmany explora el modo en que el recuerdo de esas diez víctimas ha seguido vivo hasta hoy

La autora recuerda a otras mujeres más conocidas, como Milena Jesenská. Jesenská, en los últimos tiempos felizmente reivindicada como una periodista importante de la Europa de entreguerras, fue una mujer de extraordinaria inteligencia de la que, hasta hace poco, se conocían sobre todo sus penetrantes observaciones sobre Kafka, con quien mantuvo una de las correspondencias más famosas de la historia de la literatura. A través de su historia, Monmany completa una informada recreación de la vida de Praga antes de que los nazis cortaran de raíz una de las escenas culturales más vibrantes de Europa central.

La historia de Jesenská rima con la de su amiga Margarete Buber-Neumann, que tras la guerra escribiría la biografía de la periodista checa. Víctima de Hitler y de Stalin, y autora de unas memorias sobre su cautiverio en ambos regímenes de terror, Buber-Neumann es, escribe Monmany, una “superviviente incómoda de los totalitarismos”, pues señala muy pronto los excesos del comunismo soviético, en cuyas purgas perdió a su marido, el dirigente comunista alemán Heinz Neumann. Este capítulo propicia un rico excurso sobre el Gran Terror en Moscú, donde sobre todo cayeron camaradas comunistas. El caso de Buber-Neumann tiene paralelismos con el de Lise London, brigadista en España, superviviente al horror nazi y víctima del estalinismo.

La autora repasa también la peripecia de Charlotte Delbo, dramaturga y miembro de la Resistencia francesa, y superviviente de Auschwitz y de Ravensbrück. Aunque ha tardado mucho en encontrar los lectores que merece, su tetralogía concentracionaria –la descarnada y difícil Auschwitz y después– es hoy un testimonio esencial del sufrimiento en los campos.

La nómina de heroínas se completa con Violette Szabo, mítica espía británica, esencial para los aliados a la hora de precisar los objetivos de sus bombardeos; Anne de Bauffremont, que sirve al retrato de las oscuras prácticas del colaboracionismo en París; y Marie Skobtsova, monja ejecutada en Ravensbrück, donde terminó después de salvar a muchos judíos de la deportación.