Mitin de la Federación Germano Estadounidense, en el Madison Square Garden, en 1939.

Mitin de la Federación Germano Estadounidense, en el Madison Square Garden, en 1939.

Historia

'Precuela', la historia de los fascistas que intentaron instaurar un Reich en Estados Unidos

Mientras las fuerzas del ICE acosan a los emigrantes con una violencia que recuerda al nazismo, Rachel Maddow analiza en este libro cómo el fascismo logró infiltrarse en el país en los años treinta.

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Jeff Shesol
Publicada

“Nuestros contemporáneos”, escribió Alexis de Tocqueville en 1840, en el segundo volumen de La democracia en América, “se ven constantemente excitados por dos pasiones contradictorias: desean ser guiados y desean permanecer libres”. El resultado fue un compromiso típicamente estadounidense, una tensión constante entre el poder estatal y la soberanía popular.

Portada de 'Precuela'

Portada de 'Precuela'

Precuela

Rachel Maddow

Traducción de Laura Carasusán
Capitán Swing, 2026
448 páginas. 25 E

Tocqueville confiaba en que los norteamericanos sabrían y podrían mantener el equilibrio entre ambos. Al mismo tiempo, advirtió sobre una tendencia hacia el “despotismo democrático”. El pueblo, escribió, podría algún día votar a favor de ceder su poder y poner el gobierno “en manos de una persona o grupo de personas irresponsables”. Tras presenciar el auge de la democracia estadounidense, Tocqueville también predijo su declive.

En nuestros días, el autoritarismo en Estados Unidos carece de su Tocqueville, su cronista definitorio, aunque varios libros recientes han arrojado luz sobre lo que se denomina, eufemísticamente, “retroceso democrático”.

Algunos autores, como la historiadora Anne Applebaum, buscan analogías e influencias en el resurgimiento fascista en Europa. Otros, entre ellos los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, consideran que la Constitución y los contrarios a la mayoría en el Tribunal Supremo son los principales promotores de un gobierno no representativo.

Ahora, Precuela. Una lucha de Estados Unidos contra el fascismo, de la veterana periodista Rachel Maddow (California, 1973) traza un camino diferente sobre nuestra actual situación, al centrarse en la víspera de la Segunda Guerra Mundial, cuando grupos de fascistas locales intentaron instaurar un Reich estadounidense. De esta manera, pretende desvelar hasta qué punto el autoritarismo está arraigado en el genoma estadounidense: una mutación milenaria que, en las circunstancias adecuadas, llega a expresarse con violencia.

Niños realizando el saludo nazi frente a las oficinas del NSDAP, en Nueva York

Niños realizando el saludo nazi frente a las oficinas del NSDAP, en Nueva York

Precuela, que comenzó como un pódcast, sigue a diversos grupos de descontentos del pasado mientras trabajaban, con determinación aunque sin éxito, para poner fin de forma sangrienta al experimento demócrata y liberal estadounidense.

Durante la década de 1930, organizaciones paramilitares con nombres como Legión Plateada, Frente Cristiano, Federación Germano Estadounidense y Guardia Blanca Estadounidense planearon actos de terrorismo interno, con el objetivo de sembrar el caos como pretexto para que los fascistas tomaran el poder. Fetichistas nazis como el célebre arquitecto Philip Johnson partieron en busca de un Hitler norteamericano. El elegido por Johnson fue el senador Huey Long, un político populista y corrupto que murió asesinado en 1935.

Otros líderes protofascistas, en cambio, prometieron abiertamente un genocidio. Así, Henry Allen, fundador de la Guardia Blanca Estadounidense, se comprometió públicamente al exterminio semita: “Habrá más cadáveres de judíos llenando las alcantarillas estadounidenses de los que nunca se encontraron en los pogromos europeos más ambiciosos y sanguinarios”.

Eran fanáticos, pero, como demuestra Maddow, contaban con amigos en todos los ámbitos. Cientos de policías de la ciudad de Nueva York se unieron al Frente Cristiano a finales de los años 30 y la Guardia Nacional les proporcionó armas. Los aislacionistas del Congreso recitaban los puntos de discusión elaborados por el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán en Berlín, vilipendiando al presidente Franklin D. Roosevelt e instando a Estados Unidos a mantenerse al margen de la guerra.

Miembros de la Federación Germano Estadounidense manifestándose en Nueva York

Miembros de la Federación Germano Estadounidense manifestándose en Nueva York

Incluso un senador, Ernest Lundeen, contrató a un agente nazi como redactor de discursos, y otro, Burton Wheeler, prestó su franco del Congreso –una firma facsímil que permitía el envío gratuito de correo– a grupos nazis financiados por Alemania. No era el único, explica Maddow. Como reveló posteriormente un fiscal federal, al menos dos docenas de congresistas prestaron sus francos a la causa alemana.

De esta manera, más de tres millones de pasquines y proclamas de propaganda nazi acabaron en hogares, negocios y escuelas estadounidenses. Si en 1933 Hitler había dicho que su estrategia era “destruir al enemigo desde dentro”, en Estados Unidos contó con muchísima ayuda.

El libro de Maddow es una lectura apasionante: bien presentado, de ritmo rápido, contundente y seguro, aunque a veces resulte demasiado coloquial. Pero dejando a un lado los tics destinados a captar oyentes, Precuela es una valiosa ventana a la mentalidad autoritaria y al proceso mediante el cual los autoproclamados patriotas se rebelan contra la democracia.

Si bien el título del libro resulta algo inapropiado, los paralelismos con la actualidad son sorprendentes: la invocación a restaurar un pasado ficticio y monocultural, el mito de la victimización de los cristianos blancos, el antisemitismo manifiesto y la glorificación de la violencia o la admiración por los dictadores.

Los nazis estadounidenses nunca se acercaron a sus objetivos, pero su odio recibió una amplia difusión y, como concluye Maddow, unieron “el aislacionismo, el antisemitismo y el fascismo” en un “tejido ominosamente apretado”. 

Es cierto que la dictadura es la expresión más potente de la idea de que, en palabras de Orwell, algunos son “más iguales que otros”. También lo es que la desigualdad en Estados Unidos se ha manifestado –y sigue manifestándose– en tácticas de estado policial, en la búsqueda de chivos expiatorios y el odio racial, en la represión del derecho al voto y en mentiras oficiales. En otras palabras, puede parecerse mucho al autoritarismo en su forma pura. El hecho de que el régimen nazi viera como modelo las leyes de Jim Crow [que legalizaron la segregación racial en Estados Unidos a finales del XIX] no fue casual.

Sin embargo, como diagnóstico de los males que aquejan a Estados Unidos, la combinación de jerarquía y autocracia tiene sus límites. Un sentimiento de superioridad y un afán de poder sobre los demás pueden coexistir con la democracia, por muy incómoda que sea. Pero lo que Trump ha expuesto y explotado es aún más maligno que la idea de que no somos creados iguales; es la idea de que los demás no solo son inferiores a nosotros, sino menos que humanos.