Actuación de la banda Geese. Foto: Ralph PH / Flickr.

Actuación de la banda Geese. Foto: Ralph PH / Flickr.

Música

La viralidad no es mágica, se compra: cómo la industria musical está fabricando el éxito de sus artistas

El escándalo de la empresa estadounidense Chaotic Good expone el engranaje manipulador y las técnicas de marketing que están aupando a numerosos artistas.

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Geese, la banda neoyorquina que firmó uno de los mejores discos de 2025, conquistó a los melómanos con su álbum Getting Killed, publicado en septiembre de 2025. En cuestión de meses, este cuarteto de jóvenes que no llegan a los 25 años se convirtieron en un fenómeno en Estados Unidos: los nuevos salvadores del rock.

Alabados por miles de fans y músicos de la talla de Patti Smith, Nick Cave, Jack White o Courtney Love, Geese supuso una bocanada de aire fresco para un género al que siempre se le presupone muerto. Sin embargo, un reportaje publicado por Wired, destapó cómo la empresa de marketing Chaotic Good ha influido en el ascenso meteórico de la banda, que justo acaba de debutar en el festival Coachella.

Esta agencia estadounidense habría llevado a cabo un modus operandi aparentemente muy habitual en la industria musical: generar contenido en redes sociales como TikTok, creando páginas de fans y memes con canciones suyas de fondo y difundir clips de entrevistas y videoclips de la banda en redes sociales que alimentan los algoritmos. En declaraciones para Wired, la compañía asegura que dichas cuentas no son falsas, sino en cierto modo "auténticas", personalizadas, diseñadas y supervisadas directamente por el equipo interno de relaciones públicas.

Sus creadores, Jesse Coren y Andrew Spelman, aseguraron en una entrevista con Billboard que la empresa busca dar más visibilidad a las canciones y aliviar parte de la presión de marketing que recae sobre los artistas. Es decir, en lugar de pedirles que publiquen más contenido de autopromoción, ellos se encargan de hacerlo a través de una "simulación de tendencias". Así, Geese consiguió viralizarse en Internet, o como solían quejarse muchos de sus haters, estar hasta en la sopa.

La expectación que había generado la banda neoyorquina ya había cosechado escépticos, pero el reportaje de Wired sirvió para alimentar sus conspiraciones: ahora tenían la prueba que confirmaba que la banda era un "producto prefabricado" (industry plant) y su éxito el resultado de una operación psicológica orquestada (psyop). De pronto, ya no importaba la excelente calidad de ese tercer disco, ni que la banda hubiese sacado dos álbumes antes y llevara desde 2021 labrándose una comunidad real de fans; tampoco parecía contar el carisma y las notables letras de su vocalista, Cameron Winter, ni su potente directo —del que esta periodista da fe—. Pero realmente, la polémica dice más del negocio que del talento de la banda.

La transparencia y naturalidad con la que Coren y Spelman hablan en esa entrevista da a entender que su trabajo no es ningún secreto, sino que así es como funciona hoy la industria musical. Eso sí, tras la polémica con Geese la empresa ha borrado la lista de artistas con los que trabajan, "para preservar su identidad", pero ellos mismos hablaban de campañas de éxito con músicos como Oklu, Mitski, Wetleg, Tyla, Travis Scott, Zara Larsson, Sombr, Alex Warren, Dijon, Mk.gee, Chappell Roan o Shawn Mendes.

"Cuando descubrí que el mismo aparato mediático que promocionaba a Sombr y Alex Warren también estaba impulsando a Cameron Winter y Geese, me quedé de piedra. Pensaba que este tipo de cosas solo se utilizaban al servicio del pop comercial y de masas; y, en secreto, también pensaba que este era el único tipo de música para el que funcionaría ese tipo de marketing", escribió la artista indie-rock Eliza McLamb en Substack tras examinar la lista de clientes de Chaotic Good Projects.

Aun así, Lamb afirma que este tipo de campañas de marketing online "no son ni más ni menos nefastas que cualquier otra práctica que haya existido en la industria musical desde siempre”, y que ella misma como artista consentiría este tipo de tácticas con su proyecto. Su texto, recogido en el reportaje, hizo también preguntarse por qué este tipo de prácticas no sorprenden en las estrellas pop, consideradas "títeres de la industria", pero sí en bandas indie o de rock, a las que se supone libres y autónomas.

El rock también se vende

"Aunque ya hemos visto que los músicos de rock llegaron a gozar de un nivel envidiable de libertad, el retrato que los pinta como genios invariablemente puros y rebeldes no se sostiene", escribe el músico y sociólogo Hans Laguna en el ensayo Yo siendo yo: el teatro de la autenticidad en las estrellas pop (Anagrama, 2026).

Al teléfono, Laguna asegura a El Cultural: "El rock es un refugio psicológico. Es curioso comprobar cómo el sistema de valores propio del rock se mantiene prácticamente intacto desde finales de los 60 hasta hoy. Cuando ya es evidente que hay campañas publicitarias, se sigue considerando que, en esencia, sigue siendo algo auténtico y puro, que es una expresión artística autónoma. Se sigue creyendo que es un ámbito de libertad y rebeldía, cuando tenemos muchas evidencias de que no es así".

Portada del ensayo 'Yo siendo yo' (Hans Laguna).

Portada del ensayo 'Yo siendo yo' (Hans Laguna).

Desde los Beatles, asegura Laguna, "cuyo éxito masivo no puede entenderse sin su mánager, Brian Epstein, quien en los inicios de su carrera les decía: 'Vestid así y cantad esto' para llegar a un público más amplio"; a los Sex Pistols, con su punk creado al antojo de Malcolm McLaren y Vivienne Westwood.

"Todo el mundo observa como habitual que el pop tenga detrás un ejército de estilistas, publicistas y planificadores de campaña. Lo que molesta en casos como Geese o Cameron Winter es que mucha de la audiencia lo ha imaginado como un proyecto menos prefabricado, precisamente porque las maniobras no han sido explícitas sino más bien furtivas y camufladas. El rock todavía quiere en parte vivir de no parecer del todo mercancía aunque lo sea. Pero este tipo de estrategias las necesita cualquier proyecto, más frívolo o más serio", añade el crítico y analista cultural Frankie Pizá a esta revista.

En un momento en el que, como señala Pizá, hasta estrellas pop como Charli XCX han dado por muerta la pista de baile y están preparando álbumes de rock, "los géneros musicales y sus paradigmas estéticos son tan solo eso, alucinaciones regresivas: al final todo depende de la visibilidad porque todo circula por el mismo magma sociodigital donde todo debe desembocar en engagement, interacción y reactividad. Lo que no sea eso, es invisible".

El artista como marca

En su ensayo, Laguna disecciona cómo los artistas han dejado de vender solo discos, sino que deben poner sus marcas personales a disposición de grandes empresas, llevando a cabo "una gran función teatral para convencernos de que son fieles a sí mismos". La autenticidad se ha convertido en un acto performativo, a través de la espontaneidad en redes sociales, documentales donde prometen abrirse en canal, compartiendo con sus fans la cruda realidad de sus vidas, y entrevistas "íntimas" que acaban siendo más marketing que periodismo.

"Todas las estrellas tienen que gestionar de algún modo esta tensión entre cercanía y lejanía, entre sobreexponerse y su opuesto. En general con las redes se tiende más a lo primero y son pocos los ejemplos que mantienen ese aura de misterio a la vieja usanza, al estilo del viejo Hollywood, proyectando una imagen de divinidad e inalcanzabilidad", explica el músico. En el mundo del pop, agrega, ejemplo de esta "anomalía", sería Beyoncé, que no concede entrevistas y no utiliza las redes para informarnos de su vida privada. También el caso de Angine de Poitrine, el grupo experimental y vanguardista, cuyos miembros van disfrazados, que se ha hecho famoso porque no se sabe ni siquiera quiénes son. "Precisamente han tenido mucha repercusión porque están atentando contra todo lo que estamos acostumbrados".

Con Geese ha ocurrido algo similar, la banda ha conseguido una popularidad masiva sin renunciar a cierto misticismo sobre sus figuras. "El misterio y la mística, el dejar contexto velado y que la audiencia tome sus interpretaciones ha existido siempre: que la obra hable por sí misma. Con las dinámicas digitales lo que ha pasado es que la necesidad de presencia y visibilidad hace que todo el mundo sea muy pesado, que se sobreexpliquen las cosas muchísimo y que haya proyectos que se expliquen antes incluso de madurar o surtir algún efecto real. Pero el tipo de 'misterio' de Geese es el tipo de 'misterio' adaptado a los tiempos que corren: no es más que una administración más inteligente y ambigua de la misma necesidad de visibilidad".

De hecho, explica Pizá, "en muchos casos la infraexposición está justamente construida sobre un privilegio o un sustento (en recursos, impacto, inversión): algo que solo te puede dar una agencia bien posicionada o una major. Con Geese lo que pasa es que el relato se ha construido a base de empuje artificial, y sobre un tipo de fandom que ansiaba la llegada de una nueva 'gran banda generacional'".

En España, ninguno de los preguntados para este reportaje tienen constancia de que exista un modelo similar a Chaotic Good, pero creen que ya en todos los grandes mercados ocurren cosas similares. "Existen estrategias de seeding, presión coordinada en redes, microinfluencia, amplificación artificial de la conversación y campañas pensadas para que un lanzamiento o un éxito parezca brotar de forma orgánica cuando en realidad ya viene todo bastante encauzado. Creo que es un tema de que todo esto se presenta con términos más blandos, respetables y no tan 'conflictivos': 'promo digital', 'community', 'activación' o 'branded content'. Aunque no sean clones exactos, hacen lo mismo, hacer que ciertas tendencias parezcan preexistentes", asegura Pizá.

En los últimos años, muchos artistas se han labrado una carrera gracias a hacerse virales en TikTok (Lola Young, Sombr, Alex Warren, Doechii). No es ningún secreto tampoco que otros muchos músicos han querido subirse a la ola, creando bailes de sus canciones para colarlas en redes sociales, o que las genuinas actuaciones en el Tiny Desk son ya la mejor campaña de promoción. Pero la viralidad ya no es un fenómeno mágico e incontrolable sino que cuesta dinero. "Llevamos el suficiente tiempo en Internet como para perder cierta ingenuidad respecto a la viralidad. Vamos entendiendo que detrás de muchas cosas que creemos orgánicas está la pasta", señala Laguna. Como por ejemplo, los mecanismos de recomendación en Spotify y los sesgos de las plataformas para favorecer los intereses de las majors. "Cada vez más estas empresas tienen más datos y más herramientas para poder incidir en nuestros gustos y nuestra manera de pensar".

Sin embargo, ambos coinciden en que sigue habiendo una resistencia a la hora de reconocer la influencia de este tipo de estrategias. "Buena parte del público sigue defendiendo una noción bastante romántica del talento y la valía artística, como escudo frente a las estrategias de comercialización", subraya Laguna. Y Pizá añade: "A los fans les da exactamente igual ya que funcionan como un culto: el criterio se anula y siguen a su líder hasta el final, haga lo que haga. Y si algo les molesta, lo acaban olvidando".

No está claro cómo esta polémica puede llegar a afectar a Geese, que ya ha anunciado otra gira estadounidense en otoño —y tocará "ante salas repletas de "psy-op victims", ha bromeado la revista Consequence —pero para Laguna y Pizá su caso ha reforzado la teoría del Internet muerto (dead Internet).

"La profecía y narrativa de la conspiración que muchos presagiaban se ha hecho realidad. Hay más tráfico sintético que humano, y el SLOP inunda las plataformas. Cada semana hay algún escándalo en Spotify, YouTube u otras plataformas; hace poco declararon culpable a un tipo (Michael Smith) en USA que estaba al frente de una estafa de 10 millones de dólares, combinando SLOP musical (artistas sintéticos y música pasiva), bot farming (granjas de bots) y una red de alias falsos. Lleva pasando mucho tiempo sin que sea perceptible y nos sorprenderíamos si tuviéramos una certificación de procedencia de todo el tráfico que generan ciertas cosas", zanja Pizá. Ante este panorama desolador, parece quedar solo un antídoto: el criterio propio.