Teodor Currentzis en un concierto. Foto: Anton Zavjyalov

Teodor Currentzis en un concierto. Foto: Anton Zavjyalov

Música

Teodor Currentzis vuelve a España con 'El anillo sin palabras', un despliegue de paganismo wagneriano

El maestro ruso aterriza de nuevo en nuestro país para entregar al público español esta suerte de resumen de la 'Tetralogía' firmada por Lorin Maazel.

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El ateniense Teodor Currentzis (1972) se ha hecho ya, gracias a La Filarmónica, un huésped habitual de nuestros escenarios en los que ha desplegado un amplio arsenal programador.

Aunque es amigo a veces de originalidades, no siempre con una base argumental y musical del todo convincente, nos gana con frecuencia con su fino olfato musical y sus propuestas. Nos lo demostró hace unos meses en un programa haendeliano en el que, pese a los en algún caso dudosos argumentos estilísticos, todo brilló conjuntado, hermosamente fraseado y airosamente acentuado.

Es maestro de extremos y de genio. De tal manera que a veces, aun no entendiendo del todo sus planteamientos, que, en ciertos instantes, podemos considerar algo amanerados y siempre muy personales, acabamos asumiéndolos.

Es director movedizo, que no suele manejar batuta y adopta las más diversas posturas en el podio: ora agachándose, ora estirándose, ora cimbreándose, ora paseándose en el estrecho cuadrilátero. No deja, desde luego, indiferente.

Y menos a sus músicos de la impecable MusicAeterna, que funcionan como un reloj a la más mínima de sus indicaciones, que son abundantes y constantes. Manifiesta un fuego continuamente agitado. Aunque en determinados y delicuescentes momentos sabe aquietarse y subsumirse en la corriente musical.

Los integrantes de MusicAeterna funcionan como un reloj a la más mínima indicación de Currentzis

En esta ocasión nos trae un programa singular constituido por esa gran pieza sinfónica titulada El anillo sin palabras, elaborada en su día por el gran director, compositor y violinista Lorin Maazel, quien, con gran habilidad, realizó una suerte de resumen, procurando mantener la mayoría de los leitmotivs que intervienen en su construcción, de la Tetralogía wagneriana.

En el complejo mundo descrito y vivido en las cuatro óperas —El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El crepúsculo de los dioses— habitan el heroísmo pagano, la germanidad primitiva y el determinismo.

El resultado es una mezcla de antiguo y ancestral paganismo entreverado de rasgos cristianos. Héroes humanos y divinos, dioses y monstruos, sentimientos primitivos y aventuras llenas de sabor agreste concurren en el amplio cantar de gesta de 2.739 estrofas que es el Cantar de los nibelungos.

La obra es la que mejor permite adivinar los caminos misteriosos y los procedimientos no bien conocidos de los orígenes y formación de la poesía épica.

Enlazando todos estos elementos, Wagner dio cima a la obra de arte total, la gesamtkunstwerk. Buscaba en el antiguo poema la localización de arquetipos y de valores universales pobladores de una leyenda que consideraba estaba en la base de cualquier lenguaje popular. Y que fue trazando morosamente a lo largo de muchos años. Josep Pons nos la ofreció con la Orquesta Nacional hace poco más de un año.

Las singulares bellezas que anidan en esta partitura podrán ser degustadas en este caso y en este orden por los públicos de Barcelona (2 de febrero, L’Auditori), Zaragoza (3, Auditorio), Madrid (5, Auditorio Nacional) y Sevilla (7, Teatro de la Maestranza).