Figura de cera de David Bowie en el Madame Tussauds de Londres. Foto: Kirsty O'Connor / Gtres.

Figura de cera de David Bowie en el Madame Tussauds de Londres. Foto: Kirsty O'Connor / Gtres.

Música

Una década sin David Bowie, el profeta de Marte que inventó el siglo XXI

El artista británico, de cuya muerte se cumplen diez años este sábado, predijo y encarnó ya en los 70 la contemporaneidad con sus contradicciones, sus fracasos y sus triunfos.

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Heroes, uno de los himnos más reconocibles de David Bowie (Londres, 1947 - Nueva York, 2016) ha experimentado en los últimos días un aumento de escuchas de casi el 500% en plataformas de streaming, según la compañía Luminate Data.

Podría haber sido con motivo del décimo aniversario de su muerte, que se cumple el sábado, 10 de enero, pero la razón es el final de la quinta y última temporada de Stranger Things.

Sus creadores, los hermanos Duffer, han decidido poner el broche final de una de las series más relevantes del siglo XXI al ritmo del artista que cambió las reglas de la cultura popular. No es baladí, sino el reflejo de que, una década después, Bowie sigue moldeando el imaginario colectivo.

Hombre, mujer, alien, robot, músico, actor, profeta, artista y estrella mundial; él quiso vivir muchas vidas —la de Ziggy Stardust, Halloween Jack, Duque Blanco, Aladdin Sane o Major Tom—y las vivió todas, a su manera.

Su universo es tan difícil de abarcar, y tan comprensible bajo el prisma actual que parece un enviado profético de Marte. Arrasó con la identidad de género, abrazó la bisexualidad, coqueteó con todas las religiones y creó el sonido del futuro, haciendo suyos todos los géneros musicales que le vinieron en gana.

"Cargamos con la idea de que estábamos creando el siglo XXI en 1971", se escucha decir al propio Bowie en el despampanante documental Moonage Daydream (Brett Morgen, 2022). "Queríamos volar por los aires todo lo que perteneciera al pasado. Cuestionamos todos los valores establecidos, todos los tabúes".

Su legado está muy presente hoy: en su juego constante con la apropiación cultural y la nostalgia, en su misticismo que desbordaba cualquier Dios concreto o incluso en esas ideas supremacistas con las que coqueteó durante su fase como el Duque Blanco.

Andrew Kent, el fotógrafo que lo acompañó en los 70, se refirió a esa fase como una turbia "atracción adolescente" por el fascismo y la simbología nazi.

"Soy el nombre retorcido que se refleja en los ojos de Goebbels, la prueba viviente de las mentiras de Churchill, soy el destino. Estoy desgarrado entre la luz y la oscuridad", canta en "Quicksand", del álbum Hunky Dory (1971).

Bowie encarnó el siglo XXI, con sus contradicciones, sus excesos, sus fracasos y sus triunfos. Cameleónico y de mirada casi antropológica, fue el primer músico que asumió su condición de performer, quizá el primer gran icono pop plenamente posmoderno.

Portada de la biografía 'Lazarus: The Second Coming of David Bowie', de Alexander Larman,

Portada de la biografía 'Lazarus: The Second Coming of David Bowie', de Alexander Larman,

Una vez agotado el personaje controvertido del Duque Blanco, en la década de los 80 su carrera se relanzó con el éxito masivo de "Let’s Dance", con el que Bowie sintió que se traicionaba un poco a sí mismo.

Por eso, volvió a ir a contracorriente y formó un grupo de hard rock, Tin Machine. Un fracaso para buena parte de la prensa musical británica pero un triunfo personal para él, que por primera vez quiso ser “un músico más” dentro de una banda. Fue su último personaje, el intento deliberado de borrar al mito para empezar de cero.

Sobre esta última etapa de su vida se centra la biografía Lazarus: The Second Coming of David Bowie, de Alexander Larman, que ya ha llegado a las librerías en Estados Unidos y Reino Unido, y el documental David Bowie: el último acto, que se estrena en España el sábado 10 en Movistar Plus+.

Dos días antes de morir, el 10 de enero de 2016, Bowie cumplió 69 años y publicó su último disco, Blackstar, grabado cuando ya sabía que iba a morirse de cáncer de hígado, algo inimaginable teniendo en cuenta la fuerza vocal de la que hace alarde.

Un réquiem que, paradójicamente, le dio una nueva vida creativa. Triste y melancólico, el músico le cantó directamente a la muerte.

"Seré libre como ese pájaro azul, ¿no es eso típico de mí?", pregunta en "Lazarus", una de las canciones más explícitas sobre su enfermedad, junto con "I Can’t Give Everything Away".

En el cortometraje que presenta el disco, lleno de ese imaginario de ciencia ficción en el que siempre encontró cobijo, aparece un astronauta tumbado, descansando, observando lo que parece un planeta lejano.

"Las estrellas se ven muy distintas hoy. Muy por encima del mundo, el planeta Tierra se ve azul y no hay nada que yo pueda hacer", había anticipado en "Space Oddity" (1969). David Bowie se fue sabiendo que su trabajo aquí ya estaba hecho.