El director Yannick Nézet-Seguin durante el concierto de año nuevo de la Filarmónica de Viena, este jueves, 1 de enero. Foto: EFE/Filarmónica de Viena/Dieter Nagl

El director Yannick Nézet-Seguin durante el concierto de año nuevo de la Filarmónica de Viena, este jueves, 1 de enero. Foto: EFE/Filarmónica de Viena/Dieter Nagl

Música

Concierto de Año Nuevo 2026: el rompedor Nézet-Séguin triunfa con su entusiasmo y su buen humor

El director canadiense, que ha inaugurado una nueva manera de afrontar el acto y ha incluido más música de mujeres, bajó al patio de butacas para dirigir las palmas del público en la tradicional 'Marcha Radetzky'.

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Se estrenaba en esta histórica cita musical, la número 86 desde su fundación, como rector único el canadiense Yannick Nézet-Séguin (1975), del que hablábamos en estas páginas hace unos días y que ha abierto inesperadamente la espita de una nueva manera de afrontar el acto.

Ya ha dirigido muchas veces a la Filarmónica de Viena y parece mantener con sus integrantes una excelente relación, lo que ha redundado en una visible complicidad entre músicos y rectoría. Nada más empezar con la Obertura de Indigo y los cuarenta ladrones, de Johann Strauss hijo, se ha visto por dónde iban las cosas.

Este maestro posee cualidades positivas muy señaladas, como ya apuntábamos: claridad de gesto, siempre ondulante, flexible y convincente; latido cordial permanente, variedad de actitudes y de expresiones en el podio…

Dirigió siempre de memoria, mirando aquí y allá, atendiendo a todos los atriles y mostrando una animosa y contagiosa sonrisa en todo momento. Y lo que sonaba nos iba captando por las buenas hechuras, la expresión, los contrastes, el puntillismo, el control de dinámicas y el generoso fraseo. Total complicidad con los instrumentistas. Sonrisas permanentes y buen humor.

Todo eso, se quiera o no, redunda siempre en la consecución de interpretaciones generosas, claras de texturas, bien diseñadas y construidas. Así, el concierto se desarrolló sin fisuras en un clima positivo y bienhumorado, algo que apreciamos en la recreación de esa primera pieza de Johann hijo, elaborada a partir de una graciosa acentuación, delineada de manera, diríamos en plan castizo, salerosa.

Un momento del concierto de año nuevo de la Filarmónica de Viena, este jueves, 1 de enero. Foto: EFE/Filarmónica de Viena/Dieter Nagl

Un momento del concierto de año nuevo de la Filarmónica de Viena, este jueves, 1 de enero. Foto: EFE/Filarmónica de Viena/Dieter Nagl

Los Cuentos del Danubio de Carl Michael Ziehrer se escucharon con savia nueva, con retenciones bien medidas, con singular acentuación de la parte final. Enseguida vibramos con el galop Malapou de Joseph Lanner, tocado a toda pastilla y con intervención coral de los músicos, estupendamente ajustados.

A continuación llevamos insensiblemente el compás subrayando la recreación de la Polka rápida Brausteufelchen de Eduard Strauss, en donde nos sorprendió la variada gestualidad del director.

A continuación nos embarcó en la divertida Quadrille de la opereta El Murciélago (Fledermaus) de Johann hijo, cuajada de variados colores y ritmos. Llevada también a toda pastilla. Como el Galop El carnaval de París, de Johann padre. Final de la primera parte del concierto.

En el intermedio se nos ofreció el acostumbrado documental, en esta ocasión dedicado a mostrarnos, de manera muy inteligente, poética y metafórica el Museo Albertina de Viena, que ha cumplido 250 años.

Músicos de la Filarmónica de Viena durante el concierto de Año Nuevo celebrado este jueves, 1 de enero. Foto: EFE/Filarmónica de Viena/Dieter Nagl

Músicos de la Filarmónica de Viena durante el concierto de Año Nuevo celebrado este jueves, 1 de enero. Foto: EFE/Filarmónica de Viena/Dieter Nagl

Una bien aprovechada oportunidad por su director, Alex Wieser, que nos introdujo en algunas de las salas y de las obras del edificio acompañándolas de manera muy inteligente con músicas más o menos alusivas. Desfilaron sucesivamente cuadros que tomaban vida, que se hacían reales y se corporeizaban, como el primero de los ofrecidos, uno de los más conocidos de Monet. Una imagen floral evanescente, en el estilo del pintor.

Disfrutamos al tiempo con una interpretación de la Introducción y Alegro de Ravel a cargo, como en todas las músicas subsiguientes, de profesores de la Filarmónica. Luego fue la Marcha en miniatura de Fritz Kreisler la que se nos brindó, seguida de fragmentos del Sexteto de Poulenc, en este caso ilustrando un cuadro de Kandinski. La música de Mozart (Serenata en Do mayor para vientos) surgió en compañía de un autorretrato de Käthe Kollwitz. El Cuarteto Kaiser de Haydn cerró la visita al museo, presidida por una severa vigilante. Y admiramos un retrato del Duque de Sajonia.

Tras tan ilustrativo filme, volvimos a la música. La más extensa segunda parte se inauguró con la contrastada obertura de la Bella Galatea de Suppé. Bien diseñada su evocativa parte lenta y bien acentuado por la batuta el tempo de vals conclusivo.

Séguin continuaba respirando con la orquesta. A continuación escuchamos una obra nueva, Canción de las sirenas, de Josephine Weinlich, Polka mazurca, arreglada por W. Dörner. Y en seguida otra composición de Joseff Strauss, el vals Dignidad de las mujeres, donde el director se meció a conciencia.

Vivos recuerdos de Maazel y Kleiber. Cierre en pianísimo. Y degustamos el primer ballet, con elegante coreografía del habitual John Neumeier.

Después de la Polka Diplomática, Polka francesa, de Josef Strauss, se nos ofreció otra novedad, el Vals del arcoíris de Florence Price, página elegante y bien esculpida.

Muy graciosa la puesta en escena de la página siguiente, el Galop Københavns Jernbane-Damp de Hans Christian Lumbye, en donde algunos músicos portaban enseres ferroviarios, señales, objetos alusivos y gorras. El mismo director manejó muy graciosamente una señal de stop. Vino a continuación una hermosa y cadenciosa recreación del vals Rosas del Sur de Johann II, donde volvimos a admirar la destreza de los bailarines de la Ópera.

La Marcha Egipcia del propio Johann permitió lucirse a continuación a los instrumentistas cantores y corroboró el sentido rítmico de la batuta, acentuado en la pieza subsiguiente, el vals alusivo Palmas para la paz de Josef, bien balanceado, ritardandi incluidos. Un muestrario también de las variadas expresiones faciales del director, que cerró oficialmente el concierto con la Polka del circo de Josef.

Todo quedaba abierto ya para la felicitación final y la alocución del maestro. Nézet-Séguin se mostró también aquí inspirado y sus palabras pusieron la atención en la inestable situación que vive el mundo y pidió, en tres idiomas, la paz universal.

Y después el colofón: una colorista y bien contrastada de tempi versión del Danubio azul, con estupendo relieve del factor rítmico, y la Marcha Radetzky, que ofreció una significativa novedad: el director se mezcló con el público y dirigió desde el patio de butacas las célebres palmas. Todo el mundo en pie. Un final adecuado.

La locución del concierto corrió, como es habitual desde la muerte de Pérez de Arteaga, a cargo de Martín Llade, que actuó con su desparpajo habitual.