Un momento de 'Bloody Moon', de Marina Mascarell, en Centro Danza Matadero. Foto: Gorka Bravo

Un momento de 'Bloody Moon', de Marina Mascarell, en Centro Danza Matadero. Foto: Gorka Bravo

Danza

Atravesando 'Bloody Moon', la coreografía de Marina Mascarell que transforma la energía en deseo y tensión

La directora de la Danish Dance Theatre Company ha mostrado su última pieza en el Centro Danza Matadero. Una joya que no debería pasar inadvertida.

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Hay espectáculos que se miran y otros que se atraviesan. Bloody Moon, de la Danish Dance Theatre Company, pertenece a los segundos.

Bajo la dirección de la valenciana Marina Mascarell y con coreografía compartida con parte de su elenco, la pieza se instala en ese territorio donde la danza deja de ser forma para convertirse en experiencia. Una hora sin tregua, sin reposo, donde el cuerpo habla antes de que la mente ordene.

Lo primero que aparece es una sensación de fluidez. La escena se mueve con una continuidad que evita la fragmentación y permite que cada gesto encuentre su prolongación natural en el siguiente.

No hay cortes, hay tránsito. Y en ese tránsito se construye un lenguaje que no pertenece a una sola tradición. La compañía se mueve entre estilos con naturalidad, absorbe formas de interpretar la música y de habitar la teatralidad.

Esa mezcla no se presenta como collage. En realidad, funciona como organismo. Todo encaja porque responde a una lógica interna clara: el cuerpo como canal de estados, de impulsos, de tensiones que no siempre se explican, pero que se sienten.

En ese flujo, y casi sin buscarlo, uno puede reconocer ecos de otros territorios. En un momento determinado, entre desplazamientos y acentos rítmicos, aparece algo familiar: pasos que remiten con claridad a ritos afrocubanos, a esos bailes que en Cuba acompañan celebraciones religiosas con raíz africana.

No se trata de cita literal, sino de memoria corporal traída a colación con sutileza por el bailarín Carlos Luis Blanco Ramos. Un gesto que ha viajado, que se ha transformado y que ahora se integra en una dramaturgia distinta.

Ese detalle no es menor. Habla de una coreografía que escucha el mundo. Que no se encierra en una tradición, sino que dialoga con muchas. Y que lo hace desde el respeto al cuerpo, no desde la apropiación superficial. Porque aquí los bailarines no ejecutan pasos: encarnan estados.

La compañía danesa se presenta como un conjunto sólido. Mas, lo que realmente destaca es su cualidad interpretativa. Son bailarines, sí, pero también actores en el sentido más amplio del término.

Cada uno sustenta una presencia que va más allá de la técnica. Transmiten sensaciones, atraviesan estados de ánimo, construyen una paleta de erotismos que no se limita a lo explícito. Hay deseo, hay tensión, hay juego, hay distancia. Todo se inscribe en el cuerpo con precisión.

Ese carácter interpretativo nutre la pieza. Porque Bloody Moon no descansa en una estructura narrativa tradicional. Se mueve en capas, en atmósferas, en imágenes que se suceden sin necesidad de explicación. En ese terreno, la capacidad de los intérpretes para habitar cada instante resulta decisiva.

'Bloody Moon', de Marina Mascarell, en Centro Danza Matadero. Foto: Gorka Bravo

'Bloody Moon', de Marina Mascarell, en Centro Danza Matadero. Foto: Gorka Bravo

Aquí no hay personajes definidos, pero sí identidades en tránsito. El espectador no sigue una historia: persigue un pulso.

He de decir que la producción acompaña con una eficacia notable.

El diseño técnico alcanza un nivel de precisión que permite que la escena respire sin interferencias. La iluminación construye mundos dentro del espacio, delimita zonas de intensidad, abre y cierra focos de atención. El sonido articula el ritmo interno de la obra y sostiene la continuidad. Todo al servicio de la experiencia, nunca por encima de ella.

El resultado es una pieza dinámica. No hay pausa que rompa el flujo, no hay descanso que invite a la desconexión. La energía se mantiene, se transforma, se redistribuye, pero no desaparece. ¡Física pura! Esa continuidad exige al espectador una implicación activa. No se trata de mirar desde fuera, sino de dejarse arrastrar.

Hay momentos donde la sincronización del grupo alcanza un nivel que roza lo invisible. No porque sea perfecta en términos mecánicos, sino porque parece surgir sin esfuerzo. Como si el conjunto respirara al mismo tiempo. Esa sensación de unidad genera una confianza inmediata: lo que sucede en escena tiene coherencia, tiene dirección.

Y luego está el color. Una paleta visual inteligente. Hay densidad, pero también ligereza. Hay tensión, pero también juego. Esa variedad evita la monotonía y permite que la obra mantenga su vitalidad.

Marina Mascarell demuestra aquí una madurez como creadora. Construye desde la certeza de quien conoce su lenguaje y lo pone al servicio de una idea clara: explorar el cuerpo como lugar de encuentro entre culturas, entre memorias, entre impulsos que no siempre tienen nombre. La colaboración con los bailarines refuerza esa idea. Se percibe un trabajo compartido, una creación que se construye en diálogo.

Bloody Moon se instala en la memoria como joya que no debería pasar inadvertida en la programación actual. En un panorama donde a menudo se confunde complejidad con acumulación, esta obra recuerda algo esencial: basta con un cuerpo que se mueve con verdad para abrir un mundo.

Aquí ese mundo está. Y merece ser visto.