Candela Peña con Pedro Sánchez en La Revuelta.

Candela Peña con Pedro Sánchez en La Revuelta. .

Cine

Candela Peña, la feminista contraria a las cuotas que dijo estar "sin un duro" y prometió a Sánchez su voto

Torbellino emocional, la actriz catalana dejó descolocado al Presidente en La revuelta.

De 'Princesas' a 'Te doy mis ojos', ha encarnado a mujeres heridas sin perder una mezcla de vulnerabilidad, humor y descaro.

Más información: El momento clave de La Revuelta: cuando Pedro Sánchez odió para siempre a Candela Peña

Publicada

Candela Peña (Gavà, 1973) creció con el olor a fritanga del bar Frankfurt que regentaban sus padres, dos currantes que emigraron del sur a Cataluña para salir adelante en los años del franquismo.

Y Candela Peña, todo arrojo, todo pasión, tan transparente que su vulnerabilidad genera extrañeza y ternura, nunca quiso ser una princesa. La que interpretó en Princesas, de Fernando León de Aranoa, tampoco tenía mucho de cuento de hadas. Su encarnación de una prostituta machacada por la vida que no podía renunciar a una cierta alegría le valió el Goya a la mejor actriz protagonista en 2006. Con las emociones a flor de piel, parecía a punto de romperse en cada escena.

La alegría de los tristes, siempre un poco desesperada, algo excesiva, forma parte del propio carácter de Peña, esa mujer y actriz que uno nunca tiene muy claro si se va a echar a reír o a llorar. En Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín, había sido la hermana que intentaba ayudar a una mujer atrapada en una relación de maltrato. Dos películas sobre mujeres golpeadas por la vida, dos formas distintas de darles cuerpo sin reducirlas a su sufrimiento.

La hemos visto brillar también en películas tan distintas como Todo sobre mi madre, Torremolinos 73 o La boda de Rosa, y en series como Hierro, El caso Asunta o Furia. Capaz de la aspereza y la comedia, de resultar incómoda y conmover casi al mismo tiempo, nunca ha necesitado suavizar sus aristas para hacerse un sitio en la pantalla.

La suya siempre ha sido una mezcla peculiar: tiene algo de sofisticación neoyorquina, intelectual y excéntrica, combinado con ese desparpajo de barrio que la caracteriza. Ahí estaba en 2021, sobre el escenario de los premios Platino, recogiendo el galardón a la mejor actriz por La boda de Rosa, de Bollaín. Con un vestido estupendo, pidió trabajo porque no tenía un duro en la cuenta. Los premios, venía a recordar, no garantizan que vuelva a sonar el teléfono.

En La revuelta, entre piropos y preguntas que descolocaron al presidente del Gobierno, dejó claro que no votará a la derecha. Más que un arrebato de entusiasmo político, su promesa de voto a Sánchez parecía responder a esa “aterración” ante la posibilidad de que retrocedieran los derechos de las mujeres.

Peña se declara feminista y lleva años cuestionando los estereotipos de belleza impuestos a las actrices. Ha hablado de las oportunidades que condiciona el físico y de lo que supone abrirse camino sin encajar en el canon. Una reivindicación dirigida también a las niñas que crecen sintiendo que nunca serán la primera opción.

Su crítica a esa homogeneización de la belleza ha sido constante. También su afición a la moda: sobre la alfombra roja disfruta de vestidos sofisticados que amplían el repertorio de una actriz a la que el cine ha vestido tantas veces de penuria. Fuera de ella, lleva un estilo entre la sastrería de Diane Keaton y una bohemia algo excéntrica, pasada por el filtro modernuqui catalán de Isabel Coixet.

Pero tampoco dentro del feminismo ha seguido siempre el guion esperado. En 2020 levantó una polvareda con sus declaraciones a EFE: “Yo respeto todo, a las feminazis también, pero que nos respeten a todas”. El término concentró buena parte de la polémica, aunque sus palabras iban más allá: discutía las cuotas en las ayudas al cine y defendía que el criterio decisivo debía ser el talento.

“Si es una directora que es un truño y hace un mojón de película, pues no le deis dinero sólo porque sea mujer, eso es lo que yo no entiendo y por eso no quiero participar en ningún rollo de estos del movimiento feminista”, dijo.

En aquella entrevista también cuestionó un cliché de mujer que ella misma ha representado en varias ocasiones. “Para mi gusto en España se cuentan demasiadas historias de mujeres que lo pasamos mal, feas vestidas, todo es como la penuria y yo quiero hablar de mujeres que han renunciado a las vidas convencionales para convertirse en altas ejecutivas”, explicó.

Hay algo revelador en ese deseo de interpretar a mujeres a las que les vaya bien. Detrás de la intérprete premiada y del personaje televisivo que parece llevárselo todo por delante, Peña ha hablado a menudo de los vértigos de una profesión incierta, de sus dudas y de sus momentos de tristeza. El desparpajo no borra la vulnerabilidad: muchas veces es su forma de mostrarla.

Con ese arrojo de quienes se hacen un poco los locos para confundirnos, sin que nos quede claro si nos están vacilando o elogiando, Peña recordó también a los viejos bufones de la corte que, entre halago y halago al rey, se la clavaban. Con algo de payasa y, a veces, un punto de inseguridad, como si pidiera perdón por lo que está a punto de soltar, parece encontrar un lugar desde el que decir lo que le da la gana y dejarnos con el ceño fruncido. Hacerse el loco siempre ha sido una forma de lucidez.