Fotograma de 'Street Fighter'.
'Street Fighter': a la gloria por el macarrismo en una película estridente de artes marciales
Regresa la franquicia basada en un popular videojuego en una película que defiende sin complejos todos los placeres del camorrismo.
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Nadie espera que una película basada en un videojuego como Street Fighter, que básicamente consiste en darse mamporros, vaya a terminar seleccionada en el Festival de Locarno. No es la intención. Lo que sí podría pasar, y pasa incluso con las propiedades intelectuales menos pretenciosas, es que hubiera voluntad de hacer una película mínimamente dramática que de alguna manera "eleve" el original.
El gran acierto de Street Fighter, también su limitación, es que no pretende ser otra cosa que lo que es: un elogio del macarrismo. Este reboot de una IP que ya lleva tres películas —dos de los años 90 y otra de 2009— hace borrón y cuenta nueva, con una consabida historia de rivalidad y celos entre dos hermanos, al estilo Caín y Abel, y algunas lecciones sentenciosas de filosofía asiática como armazón dramático.
No lo disimula. En varias ocasiones, el místico Ryu (Andrew Koji) le dice a su "hermano" —no de sangre, pero crecieron juntos— Ken Masters (Noah Centineo) que es un "macarra". Y el otro, encantado. El mundo de Street Fighter es un mundo de chicas en bikini o con aspecto de dominatrix en un club de sadomaso, música estridente, tipos no solo cachas, sino "grandes", bromas escatológicas y personajes que no tienen la menor intención de leer un libro en su vida.
Todo ello, aderezado con pinceladas de filosofía oriental sobre el consabido "lado oscuro". El drama del asunto es que Ryu, el "mejor guerrero del mundo", tiene un enemigo muy poderoso: él mismo, por su tendencia a dejarse llevar por la ira y la envidia. Hasta el guerrero más espiritual tiene problemas para dominar sus ganas de dar una paliza.
El villano de la función, por cierto, se llama, como en el videojuego, M. Bison (David Dastmalchian), va vestido de nazi y acompañado de unas guardaespaldas que parecen sacadas de una fantasía erótica basada en su simbología. Véanse El portero de noche y un fructífero subgénero de películas más o menos pornográficas con notable auge en los 70.
El mejor macarra del mundo
Ryu y Ken crecieron como jóvenes desamparados al abrigo de Gouken, su maestro de artes marciales. Su relación se enfría cuando Ryu es llamado a participar en el Torneo Mundial de Guerreros y Ken es ninguneado. La victoria del primero alimenta una soberbia de consecuencias trágicas. La película cuenta ese pasado en secuencias de anime que poseen fuerza expresiva y concentran el origen de la culpa y el resentimiento de los hermanos.
Algunos años después —la película se ambienta en los años 90—, Masters se ha convertido en una celebridad de la lucha libre en su vertiente más frívola y hortera. Se ha hecho rico, pero se pasa los días borracho en la piscina y armando broncas. Por su parte, Ryu vive escondido haciendo ramen, apartado del mundo por miedo a perder el control de su inmensa fuerza y hacer daño a alguien.
Fotograma de 'Street Fighter'.
La misteriosa Chun-Li (Callina Liang) los reúne para que participen en una nueva edición del torneo, donde deberán enfrentarse a los planes de Bison y a sus propios demonios. Uno tiene que sobreponerse a su frivolidad; el otro, dejar de esconderse. La película encuentra en esa oposición un hilo dramático suficiente para conducirnos de una pelea a la siguiente.
En este caso, el macarrismo es doble. No solo por las secuencias de acción, sino también por la forma en que las emociones se subrayan sin ironía alguna con una música enfática —si lloran, música triste— o por la sobreutilización de la canción What's Up?, de 4 Non Blondes, clásico del karaoke más emocional. Porque las emociones son brutas, simples pero desgarradoras, viriles y mainstream, en esta reivindicación del derecho a ser hortera o, al menos, a no ser culto.
En las secuencias de acción, el principal atractivo de Street Fighter, Kitao Sakurai abraza el exceso de un universo donde cada nuevo contrincante parece exigir una exhibición más aparatosa que la anterior. Kill Bill, de Tarantino, puso el listón muy alto en la celebración cinematográfica de las artes marciales y, aunque Street Fighter no alcanza esas cotas, tiene momentos que llaman la atención.
La lucha en la sauna resulta extrañamente perturbadora y poética. La larga secuencia de la prisión, por su parte, convierte la película en una gozosa salvajada. Son dos registros distintos que recuerdan las posibilidades que siempre ha tenido el cine de artes marciales: la belleza de la lucha, que tiene mucho de coreografía, permite también recrear fantasías y mundos de gran fuerza visual.
Street Fighter da lo que promete. Por momentos se agradecería que frenara un poco y dejara respirar sus mejores hallazgos, pero hay algo contagioso en su entrega al disparate y al subrayado sin pedir permiso. Quiere ser la mejor película macarra del mundo y, si no lo consigue, desde luego no es por falta de entusiasmo.