Jorge Sanz y Maribel Verdú, en 'El año de las luces'

Jorge Sanz y Maribel Verdú, en 'El año de las luces' Archivo

Cine

Viñetas sobre Azcona: de su maestría con la estructura y su modernidad a sus "enfados jupiterinos"

Antiguos colaboradores y admiradores -y, de algún modo, herederos- perfilan al hombre detrás de los guiones, recordando su humildad y su encanto.

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La felicidad al salir por la puerta

Fernando Trueba

Aristóteles decía que la comedia es la forma artística de retratar las debilidades humanas. La comedia nos recuerda lo pequeños, vulnerables y ridículos que somos, le recuerda a Julio César que es mortal. Además, evidencia lo feas que son la avaricia, la maldad y la lucha por el poder frente a la bondad y la generosidad. Pues eso es lo que hacía exactamente Azcona.

Recuerdo que en la primera película que escribimos juntos, El año de las luces (1986), Rafael siempre decía que los seres humanos no soportan ver a alguien feliz, y, si lo ven, intentan joderle. Creo incluso haberle oído este lema: “Nada ofende más que la felicidad ajena”. Sin embargo, él, en el plano personal, era un gran humanista, rebosaba compasión e ironía, era un hombre inteligente, muy modesto y muy discreto. Lo era de verdad. La prueba es que nunca hizo exhibiciones de sí mismo y apenas dio entrevistas hasta el final de su vida. Cuando las dio, fue por sus libros, de los que se sentía responsable.

De las películas que escribió, en cambio, nunca se sintió responsable: ni iba a los rodajes ni a festivales ni daba entrevistas. Él solo trabajaba para el director. Nunca escribía un guion para una película si el productor no tenía contratado ya al director. Necesitaba entenderse con él.

Era la persona más encantadora del mundo. Mi mujer sabía cuando había quedado con él por la felicidad con la que me veía salir por la puerta.

Fernando Trueba es cineasta. Próximamente, estrenará en cines el documental 'Bajañí'.

Anticipando a Biznaga

Alba Carballal

“Doña Martina Rodríguez, que Dios no lo quiera, se va a morir. Comprenda usted que a mí me interesa que se muera”. Así le comunica su casero a Rodolfo que, cuando la legítima inquilina del piso en el que él renta una habitación fallezca, tendrá que ahuecar el ala. Esta escena, que podría haberse rodado en 2026 en tantos barrios españoles, pertenece a El pisito, adaptación cinematográfica de la novela homónima del propio Azcona.

José Luis López Vázquez y Concha López Silva, en 'El pisito'

José Luis López Vázquez y Concha López Silva, en 'El pisito' Archivo

La película es de 1959. El libro, de 1957. Azcona contenía a Galdós y anticipaba Barrio, Manolito Gafotas, AzulOscuroCasiNegro, En los márgenes; también a Montserrat Roig, a Ana Penyas y hasta la música de Biznaga. Supo ver que el sistema, aunque funcione de manera invisible, siempre tiene nombre y apellidos: en tiempos de empresas opacas y fondos buitre, es importante recordarlo.

Hace setenta años, Azcona ya entendió que, si tenía sentido pelear por aquella ciudad de solares en blanco y tranvías lentos como rebaños de cabras –la misma que hoy se revuelve como puede contra la gentrificación–, era por las viejas ludópatas, por los críos impertinentes, por los callistas enterrados en deudas y, sobre todo, por esas ancianas que no merecían entonces ni merecen ahora que nadie les desee la muerte.

Alba Carballal es escritora. Su último libro es 'Bailaréis sobre mi tumba' (Seix Barral, 2023).

Los almuerzos de Azcona

Manuel Gutiérrez Aragón

Siempre es un placer volver a hablar de Azcona, del amigo y del escritor. Como tantas veces ocurre con los grandes creadores, pertenezcan al ámbito que sea, solo se les suele recordar por la obra y, sin embargo, es justamente en las conversaciones, en las sobremesas, en las tertulias de amigos, el sitio y el momento en que su evocación resulta imborrable.

Alfredo Landa, en 'El rey del río', la película que hizo con Manuel Gutiérrez Aragón

Alfredo Landa, en 'El rey del río', la película que hizo con Manuel Gutiérrez Aragón Archivo

Tener una conversación con Azcona era un acontecimiento. Yo creo que Rafael tenía una gran honradez intelectual, y que eso se revelaba en sus conversaciones tanto como en sus guiones. Sus guiones –y novelas– pueden someterse a crítica, y los hay mejores y mejorables, pero no encontraremos en ellos trampas y artificios maliciosos para engañar al espectador o al lector. En eso era un modelo de rigor. En el trabajo, esa exigencia hacía que a veces se perdieran posibilidades de brillantez y éxito, pero siempre tenías la seguridad de un trabajo bien hecho. Supongo que eso debería valorarse y hasta estudiarse.

Rafael tenía una gran capacidad de asombro, escuchaba más que hablaba, y ese buen oído lo trasladaba, sin duda, a su escritura cinematográfica o literaria. Pero esa exigencia a veces estallaba, saltabas por los aires, todo hay que decirlo. Sobre todo –no sé por qué– al final de una jornada de trabajo, de una conversación, de una larga comida. Los enfados de Azcona podían ser terribles, jupiterinos, destructivos. ¡Qué cosa tan tremenda un Rafael presa de la ira! Eso formaba parte del espectáculo y, ahora, del recuerdo.

Manuel Gutiérrez Aragón es cineasta, escritor y académico de la RAE. Su última novela es 'Una extraña velada' (Abada, 2026).

500 aviones de papel

Juan Echanove

Rafael Azcona llegó a Roma para escribir un guion. En la habitación del hotel le esperaban una máquina de escribir y un paquete de 500 folios en blanco. Era una de esas tardes romanas en las que, sin embargo, la inspiración no acababa de presentarse. Así que Rafael empezó a doblar el papel, con cuidado, hasta convertir cada hoja en un avión, y a lanzarlos por la ventana.

Fueron 500 aviones de papel. Quinientos pequeños vuelos suspendidos sobre Roma. Y fue precisamente ahí, en el planeo de aquellos folios sobre la masa de aire, donde encontró lo que la máquina de escribir le estaba negando: la inspiración. Ese era Rafael para mí.

Un hombre profundamente sensible, sabio, de una cultura inmensa y una mirada extraordinaria sobre el mundo. Conocía como pocos al español de a pie: sus miserias, su grandeza, sus contradicciones y sus derrotas. Fue siempre un gran defensor del perdedor, una figura esencial tanto en su literatura como en sus guiones, porque él mismo conocía bien el origen humilde, la necesidad y las dificultades de los comienzos.

Juan Echanove y Neus Asensi en 'Suspiros de España (y Portugal) (José Luis García Sánchez, 1994), película escrita por Azcona, Fernando Trueba y José Luis García Sánchez

Juan Echanove y Neus Asensi en 'Suspiros de España (y Portugal) (José Luis García Sánchez, 1994), película escrita por Azcona, Fernando Trueba y José Luis García Sánchez Archivo

Cuando construía un personaje, Rafael trabajaba con la precisión de un entomólogo: observaba, entendía y capturaba los matices del carácter español sin condescendencia ni artificio. Pero aquella imagen de los aviones de papel dice quizá más que cualquier definición: la de un hombre capaz de encontrar una historia allí donde otros solo verían una página en blanco.

Juan Echanove es actor y director de escena. Recientemente ha llevado a las tablas una versión de 'La escopeta nacional'.

La historia en el armazón

Pablo Remón

Para mí, Rafael Azcona lo significa todo dentro del cine español; es una figura insustituible. Más allá de la humildad propia del oficio, es un autor con mayúsculas. Cuando estudiaba guion en la escuela de cine, él era mi referencia absoluta: el guionista por antonomasia que, trabajando con los mejores directores, lograba mantener una voz propia e inconfundible.

El núcleo de su estilo es que nos retrató a todos sin situarse al margen; al hacer un retrato familiar, dibujaba a toda España. Un ejemplo claro es el inicio de El jardín de las delicias (1970), con Carlos Saura. Allí vemos a José Luis López Vázquez en silla de ruedas y amnésico, mientras su familia le representa una grotesca escena infantil para provocarle un shock y lograr que recuerde la combinación de su caja fuerte en Suiza. La gran aportación de Azcona fue aterrizar ese concepto simbólico y críptico, que quizá era de Saura, convirtiéndolo en algo disparatado, divertido y profundamente español.

José Luis López Vázquez, en 'El jardín de las delicias'

José Luis López Vázquez, en 'El jardín de las delicias' Archivo

Su prolífica trayectoria respondía a una brillantez y disciplina implacables. Tenía una enorme capacidad para adaptarse a cineastas tan diversos como Berlanga, Saura o Fernando Trueba, siendo siempre igual y diferente: reconocible pero versátil. Esa entrega se reflejaba en su proceso: podía gastar mil folios para obtener un guion de 150 páginas, desechando 850 por el camino.

Finalmente, además de su humor y su mirada mordaz, Azcona era un maestro de la estructura dramática. Sabía reducir cualquier historia a su armazón exacto para que funcionara con la precisión de un auténtico artefacto de guion.

Pablo Remón es dramaturgo y director de escena. Acaba de estrenar Verborrea en la Nave 10 de Matadero.

Corta y pega

Borja Cobeaga

Los guionistas de hoy en día damos vergüenza ajena porque Rafael Azcona con 100 años es más moderno que todos nosotros juntos. Él escribió comedias negras sobre la vivienda y la precariedad laboral que si las proyectas ahora se parecen a lo que está pasando en la puerta cine. Algunas se rodaron hace más de 60 años, pero clavan las preocupaciones actuales.

Una imagen de 'La gran comilona'

Una imagen de 'La gran comilona' Archivo

Habrá quien diga que los problemas son los mismos. Lo son. Enamorarse, comprarse una casa, conseguir un trabajo, matar el hambre. Son temas eternos, pero el mérito de Azcona (aparte de una cosa no menor: su inmenso talento) fue ponerlos en pantalla. Parece una tontería, ¿no? ¿Acaso no todas las pelis hablan de la realidad? Qué va. Muchas veces los guionistas escribimos fijándonos en las películas que nos gustan. O buscando evadir al espectador de sus problemas cotidianos. Porque eso es supuestamente lo que quiere el público, ¿no? Pues no, es muy difícil saber lo que quiere. Si fuera fácil, todas las películas triunfarían.

No es un tema de género cinematográfico. Azcona brilló en comedias y dramas. Puedes hacer una película de ciencia-ficción que narre con precisión lo que pasa en tu barrio. Para eso se inventaron las metáforas. Azcona prefirió la observación directa y el cortapega de la realidad. Plagiar situaciones o diálogos que uno ve y escucha por la calle para ponerlas en un guion es la forma más noble de robo.

Borja Cobeaga es cineasta. Su último trabajo es el guion de 'Altas capacidades' (2026), que ha escrito junto a Víctor García León, director de la película.

¿Quieres un bocadillo?

Pablo Berger

Todos estamos de acuerdo. El final de El verdugo es uno, si no el mejor, de la historia del cine. El novel verdugo empujado a su primera ejecución, te congela el corazón, pero yo tengo debilidad por la siguiente secuencia, el epílogo, la coda.

Emma Penella y Nino Manfredi, en 'El verdugo'

Emma Penella y Nino Manfredi, en 'El verdugo' Archivo

Vemos a Emma Penella dando el biberón a su bebé en la cubierta del ferri de vuelta a la península. Un jeep de la guardia civil trae a Nino Manfredi descompuesto. Lleva su maletín con el garrote vil dentro. Sube al barco. Su mujer, como si nada, le dice: “¿Has comido algo?". Él mira el dinero que lleva en su mano. Ella lo coge. La mujer le dice: “¿Quieres un bocadillo?". El abuelo, Pepe Isbert, cuenta los billetes y dice: “¡Hombre, ha habido un aumento!". Nino Manfredi, desesperado, grita: “¡No lo haré más, entiende! ¡NO LO HARÉ MÁS!”. Pepe Isbert, se aleja y le dice a su nieto en brazos: “Bah. Eso mismo dije yo, la primera vez…”. El abuelo con su nieto, desde la barandilla del barco, se despiden de un grupo de adinerados turistas que bailan en su yate. FIN.

En los guiones de Rafael Azcona el tema de la película lo impregna absolutamente todo. No hay palabras para expresar la perfección de esta secuencia. Hay que verla.

Pablo Berger es cineasta. Su última película es 'Robot Dreams' (2023)