El actor Manolo Solo.
Manolo Solo: un actor implacable y un gran amigo
El cineasta Alberto Rodríguez, que dirigió al intérprete en '7 vírgenes', 'La isla mínima' y 'Anatomía de un instante', da el último adiós al intérprete y repasa su larga amistad.
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Un manotazo helado recibí esta mañana por teléfono. Conocí a Manolo hace 32 años al pie de un escenario, después de un concierto de rock. Él era el cantante del grupo que acababa de tocar, Los Relicarios, y yo era un imberbe universitario al que querían "contratar" para dirigir un videoclip. Me había impresionado el concierto, me había impresionado Manolo en el escenario. Me pareció una estrella.
Recuerdo que les parecí bien y me admitieron, quizás también era el único candidato. Me fui con ellos a una aventura que iba a durar tres o cuatro días en el verano de 1994 en Londres y terminó convirtiéndose en un mes, uno de los mejores de mi vida.
Allí nos hicimos amigos, compartiendo pintas y patatas fritas con vinagre. Hablando de música, cine, literatura… De lo que inquietaba y llenaba nuestras vidas entonces: sueños medio imposibles, suertes futuras, inciertas… No me pagaron nunca nada, tampoco recuerdo si alguna vez hablamos de dinero, nunca teníamos mucho, no era muy importante. Cada uno regresó a casa como pudo, yo lo hice en barco, luego en tren.
A partir de ahí Manolo y yo nos caímos bien. Manuel tenía mucha energía, muchas ganas de hacer cosas, una gran inquietud. Tenía una curiosidad ilimitada y tenía un gusto sobresaliente, exquisito, trabajado…
Durante muchos años fuimos al cine, al teatro, a conciertos… Casi siempre proponía él: al grupo raro lo conocía él, la película escondida, el cómic increíble, el libro que había que leer… Y nos reíamos mucho. Eso siempre. Tenía un sentido del humor fino y contagioso.
Y luego empezamos a hacer cine, él empezó a tener pequeños papeles que se hacían cada vez más grandes y yo a rodar cortos y luego largos, en algunos coincidimos, y a los dos nos fue bien. A él mejor cuando se marchó de Sevilla. Casi todo el trabajo estaba en Madrid. Yo me quedé. Inevitablemente nos alejamos.
En estos últimos años nos veíamos menos. Le veía mucho en la pantalla. Lo hacía cada vez mejor, le llamé unas cuantas veces para decirle lo bien que estaba en la película de Raúl, Tarde para la Ira; recuerdo cuando hablamos de que iba a hacer una película con Víctor Erice, ¿de verdad?, estaba realmente emocionado.
Se le daba bien discutir. Creo que mejoraba los papeles que le escribían
A veces hemos compartido proyectos, La isla mínima, 7 vírgenes, El traje, La peste, Anatomía de un instante… Entonces se volvía implacable. No hacía prisioneros. Intentaba exprimir el guion como si del texto fuera a salir un jugo mágico. Discutía los adjetivos, los tiempos verbales, la puntuación. Era exhaustivo.
Hemos discutido mucho sus personajes ensayando, rodando, incluso con la película acabada. Se le daba bien discutir. Creo que mejoraba los papeles que le escribían. Era un gran actor, con una gran intuición, muy inteligente. Con un amor infinito por su profesión. Superexigente, sobre todo con él mismo.
Nos vimos hace unas semanas, estuvimos en su casa pasando una tarde, corta. Hablamos del piso que se había comprado, estaba realmente contento con él. Del programa experimental en el que iba a entrar. Antes de irme nos recordamos que nos queríamos mucho. Quedé en regresar a verle cuando pudiera. Ya no pude. El cine le echará mucho de menos. Yo también. Era un gran amigo.