Manolo Solo en 'Cerrar los ojos'

Manolo Solo en 'Cerrar los ojos' .

Cine

Adiós a Manolo Solo: el actor de éxito tardío que siempre parecía callar más de lo que decía

Se convirtió en un secundario imprescindible bien cumplidos los 40 años, con Alberto Rodríguez como gran impulsor de su carrera.

No protagonizó su primera película, 'Cerrar los ojos', hasta rozar los 60.

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Hay actores que callan y no dicen nada y hay actores, no muchos, que parecen decir más cuando callan que cuando hablan. Manolo Solo (Algeciras, 1964), con esos ojos grandes y oscuros que irradiaban melancolía y humanidad, pero también abrían la puerta a un abismo más duro y brutal, fue uno de esos privilegiados.

Tenía algo de Buster Keaton o Jacques Tati, un cierto asombro existencialista ante el mundo. Pero también una sombra más oscura, la decepción de quien acepta que la realidad es como es y que quizá sea mejor poner una sonrisa, aunque no pueda evitar que su sinrazón y su injusticia le provoquen cólera y desapego.

Manolo Solo demostraba que se puede ser melancólico y "bueno" y, al mismo tiempo, estar lleno de ira; que incluso el corazón más bondadoso puede romperse. Y en esa ruptura caótica, visceral y sensible encontraba sus mejores momentos.

Con su aire de profesor de Física despistado, el cabello oscuro y tupido y aquella mirada capaz de observar con compasión o de taladrar, fue lo que siempre se ha llamado, quizá de manera condescendiente aunque con la mejor intención, "un secundario de lujo del cine español".

Tuvo que esperar hasta mucho después de cumplir los 40 para obtener papeles que, aunque pequeños, le permitieran brillar. Ya frisaba los 60 cuando Víctor Erice le ofreció un protagonista en la maravillosa Cerrar los ojos (2023).

Tan solo dos años después, en 2025, llegó su siguiente "prota", en Una quinta portuguesa, de Avelina Prat, una de esas "joyitas" que aterrizan en la cartelera y, contra pronóstico, conquistan al público.

Por ambas fue nominado al Goya sin llegar a ganarlo. Y en las dos, quizá no por casualidad —acaso el apellido también marque—, interpretaba a un hombre solo. En la película de Erice daba vida a alguien apartado voluntariamente del mundo, que vivía en condiciones de gran precariedad, desbordado y deshecho por un pasado que no sabía o no quería superar.

Manolo Solo demostraba que se puede ser melancólico y "bueno" y, al mismo tiempo, estar lleno de ira

En la de Prat, menos amarga y más luminosa, encarnaba a un profesor universitario abandonado inesperadamente por su esposa, dispuesto a comenzar una existencia más modesta y con menos brillo. Una nueva indagación inacabada en sí mismo, como la que transmitieron tantos de sus personajes.

Hace pocas semanas llegaba su tercer protagonista, A la cara, de Javier Marco, una película que explotaba su capacidad para revelar esa parte de nosotros que solo mostramos ante el espejo. Interpretaba a un hombre normal y corriente, de aspecto más bien inofensivo, que por las noches se dedicaba a insultar y dañar a otras personas en X.

Esa dualidad entre apariencia anodina y fondo siniestro también podía verse en La desconocida, de Pablo Maqueda, donde interpretaba a un depredador sexual de esos que, si te los encuentras en el ascensor, parecen los tipos más aburridos del mundo.

Si Erice y Prat lo convirtieron en su muso, fue Alberto Rodríguez, andaluz como él, quien le proporcionó los papeles de reparto que lo consagraron como uno de los grandes secundarios del cine español. Fue en La isla mínima (2014), donde interpretaba a uno de aquellos reporteros de la Transición en los que el amarillismo se mezclaba con la osadía, cuando Solo comenzó a conocer la fama. Tenía ya 50 años.

Su estrecha colaboración con Rodríguez deparó algunos de los momentos más brillantes de su filmografía. En la serie La peste, ambientada en el siglo XVI, interpretó a Celso de Guevara, inquisidor general: un personaje contradictorio en el que el rigor inquisitorial convivía con un cierto deseo aperturista, emblema de las paradojas de la época.

En otra serie, Anatomía de un instante, sobre el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, adquirió un papel más protagonista al dar vida a Gutiérrez Mellado, el militar valiente que se negó a obedecer a los golpistas y se convirtió en símbolo de una nueva era. Irreconocible con sus gafas oscuras y sus escasos cabellos engominados, Solo reflejaba allí la decencia de la que también somos capaces los seres humanos.

Su estrecha colaboración con Rodríguez deparó algunos de los momentos más brillantes de su filmografía

Curiosamente, nunca fue nominado al Goya ni premiado por sus colaboraciones con Rodríguez. Lo ganó por Tarde para la ira, debut y, de momento, única película dirigida por el actor Raúl Arévalo. Solo se lucía en la escena más brutal e icónica del filme con un extraordinario trabajo de composición: un camello de tres al cuarto, de voz afónica y vestido con chándal, mucho más peligroso de lo que permitía adivinar su apariencia.

Su primera nominación, también como secundario, había llegado un año antes por B, recreación de la declaración del corrupto Luis Bárcenas ante el juez Pablo Ruz, interpretado por Solo desde su habitual registro de hombre común y decente.

También fue nominado por Elbuen patrón (2021), de Fernando León de Aranoa, una de las pocas comedias de su filmografía, en la que encarnaba a un tipo ansioso por trepar y complacer al jefe, con algún cadáver en el armario.

Muy solicitado por el cine y la televisión durante sus últimos años de vida, también pudimos disfrutar de Manolo Solo en la épica sobrenatural de Álex de la Iglesia 30 monedas, como párroco diabólico, o en la trilogía de Fernando González Molina sobre los crímenes del Baztán —El guardián invisible,Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta—, como el doctor Basterra.

El cine español lo echará de menos quizá al final por un sencillo motivo, Solo era capaz de revelar lo extraordinario en los hombres comunes, y de mirar a cámara como quien se enfrenta en el espejo a sus demonios.