Richard Gere, a la derecha, en 'La vida es Verdi'

Richard Gere, a la derecha, en 'La vida es Verdi' A Contracorriente Films

Cine

Los Verdi celebran 100 años con un documental: ¿por qué es mucho más que un cine?

Albert Serra, J. A. Bayona, Isabel Coixet y Richard Gere participan en 'La vida es Verdi'.

Reflexiona sobre el futuro de las salas en tiempos de gentrificación y transformación de los barrios históricos.

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Los Cines Verdi, con sede en Barcelona y Madrid, son desde hace décadas uno de los grandes templos españoles del cine europeo e internacional en versión original. La sala barcelonesa cumple ahora cien años y lo celebra como aquello que siempre le ha dado sentido: con una película.

La vida es Verdi, dirigida por Berta García-Lacht, propone un recorrido por un siglo de historia de Barcelona y, por extensión, de España. Un viaje que combina la Historia con mayúsculas con los pequeños relatos de quienes han pasado por sus butacas.

Desde los elegantes salones de baile de la Barcelona de principios del siglo XX, cuando el edificio aún era un teatro de variedades, hasta su conversión en comedor social durante la Guerra Civil y los años de represión franquista, el documental recorre también las profundas transformaciones sociales que vivió la ciudad.

Pero la película no se detiene en la historia del edificio. También sigue de cerca la evolución de Gràcia, un barrio donde tradicionalmente han convivido lo popular y lo bohemio, y que hoy afronta la gentrificación y la sustitución de buena parte de sus vecinos por residentes temporales.

En los años ochenta, España vivía una apertura cultural sin precedentes tras décadas en las que el doblaje no solo traducía las películas, sino que también servía como una eficaz herramienta de censura. En ese contexto, los Verdi apostaron por la versión original y se convirtieron en uno de los símbolos de la nueva modernidad cultural del país.

Ese modelo ha resistido el paso del tiempo. En 2025, con más de medio millón de espectadores, los Verdi firmaron una de las mejores temporadas de su historia.

Pero el éxito de taquilla no responde a la pregunta más incómoda que plantea La vida es Verdi. El verdadero desafío ya no parece ser la supervivencia de las salas, sino su identidad: durante décadas, los Verdi fueron la expresión cultural de una comunidad con una personalidad reconocible, y hoy esa comunidad empieza a desaparecer.

La memoria del barrio

García-Lacht opta por una aproximación poco convencional para contar la historia de los Verdi. Las protagonistas, que se presentan como las "directoras" del documental, son Yanira y Séfora, dos primas que recorren Gràcia mientras descubren el pasado del cine y el de su propia familia.

A través de ellas conocemos a una familia gitana profundamente arraigada en el barrio, que contempla con tristeza cómo amigos y vecinos se ven obligados a marcharse, incapaces de hacer frente al encarecimiento de los alquileres. También expresan su deseo de que la película ofrezca, "por una vez", una imagen alejada de los estereotipos con los que el cine ha retratado tantas veces a su comunidad.

La figura de la abuela introduce otra de las ideas centrales del documental. Mujer de fuerte carácter, evita volver a los Verdi porque sus salas la devuelven a un episodio doloroso de su pasado que la película irá desvelando poco a poco. La vida es Verdi recuerda así que los cines no solo conservan películas: también atesoran la memoria emocional de quienes los han habitado.

Cineastas y cinéfilos

En el presente del documental, Yanira y Séfora, convertidas en improvisadas entrevistadoras, conversan con algunas de las figuras más destacadas del cine español. A través de sus recuerdos, la película reconstruye el lugar que los Verdi han ocupado en la formación sentimental de varias generaciones de cineastas y cinéfilos.

Una imagen de 'La vida es Verdi'

Una imagen de 'La vida es Verdi' A Contracorriente Films

Albert Serra recuerda que fue precisamente en los Verdi donde descubrió el cine en versión original, todo un rito de iniciación para aquel joven cinéfilo que peregrinaba desde Banyoles hasta Barcelona en busca de películas imposibles de encontrar en otro lugar. Fiel a su personaje de provocador incorregible, añade que no le costó demasiado destacar porque sus competidores detrás de la cámara son, en sus propias palabras, "unos mediocres".

J. A. Bayona también mantiene una relación especial con el edificio. Su padre, el dibujante y cartelista Juan Antonio García, es el autor del gran mural que desde 2019 decora los Verdi, un homenaje al séptimo arte en el que conviven James Dean en Rebelde sin causa, Uma Thurman en Kill Bill o Robert De Niro en La misión.

Isabel Coixet, por su parte, representa a esa legión de espectadores fieles para quienes los Verdi siguen siendo el lugar donde descubrir el mejor cine internacional en versión original.

Templo del cine en estado puro

El edificio nació a finales del siglo XIX como teatro de variedades y salón de baile con el nombre de Teatro Moratín. En 1926 se transformó en el Salón Ateneo Cine; después fue Cine Ateneo, Cine Trébol y, desde 1935, Cine Verdi. La primera película que proyectó fue la francesa Los náufragos del destino, un melodrama romántico que inauguró una programación centenaria.

El gran punto de inflexión llegó en 1983, cuando el empresario Enric Pérez evitó el cierre de la sala apostando por la versión original, un modelo que convirtió en un éxito comercial y que acabó transformando los Verdi en el gran templo del cine de autor de la ciudad. Cuatro años después el cine se convirtió en un complejo multisalas; en 1997 abrió una segunda sede en una calle paralela y, en 2002, desembarcó en Madrid.

La sala de proyección de los Verdi en 'La vida es Verdi'

La sala de proyección de los Verdi en 'La vida es Verdi' A Contracorriente Films

Los Verdi se convirtieron así en uno de los símbolos de la nueva modernidad cultural de la España democrática y en el epicentro del auge del cine independiente estadounidense y del cine de autor europeo. Por sus pantallas desfilaron los grandes nombres de una generación —Lars von Trier, Krzysztof Kieślowski, Quentin Tarantino, Pedro Almodóvar o la propia Isabel Coixet— que marcaron la formación sentimental de miles de espectadores.

Tras tres décadas de esplendor, una nueva crisis amenazó su supervivencia en 2015. El rescate llegó de la mano de Adolfo Blanco, fundador de A Contracorriente Films, que adquirió los cines y garantizó la continuidad de una institución cultural que parecía condenada a desaparecer.

Entre sus paredes conviven la fascinación por el cine, el descubrimiento de nuevos mundos y de historias que nos transforman, el brillo de las grandes estrellas que alimentan nuestros sueños, pero también los primeros amores, las tardes en familia, las despedidas y esos recuerdos que, a veces, nunca dejan de doler.

Porque un cine es una pantalla, unas butacas y un mostrador de palomitas. Pero también es un refugio, un lugar de encuentro, un templo cultural y un depósito de memoria. Esa es, precisamente, la pregunta que deja flotando La vida es Verdi: cómo conservar el alma de un cine cuando el mundo que le dio sentido ya no es el mismo.