Hannah Einbinder y Gillian Anderson, en la presentación en Cannes de 'Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma.'. Foto: EFE/EPA/TERESA SUAREZ
Festival de Cannes: Hannah Einbinder y Gillian Anderson llegan al orgasmo en el 'Campamento Miasma’
La tercera película de Jane Schoenbrun, el cruce perfecto entre ‘Persona’ de Bergman y ‘Viernes 13’, inaugura Un Certain Regard entre ovaciones. Aina Clotet compite en Semana de la Crítica con ‘Viva’.
Más información: Peter Jackson en Cannes: "Aunque va a destruir el mundo, no me desagrada la inteligencia artificial"
El cine de Jane Schoenbrun nos saca de nuestras casillas, de todas ellas. Contradictorias y productivas, We’re All Going To The World’s Fair (2021) encontraba cobijo en el internet humano de las horas pequeñas de la noche, y El brillo de la televisión (2024), en cambio, prometía alivio en la nostalgia sólo para descubrirnos presas del ensimismamiento.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, cierre de su “trilogía de las pantallas” presentado hoy en Cannes, apela a la actual falta crítica de placer -y de dolor, y de vértigo- de una sociedad entumecida y productiva. Para ello, toma otro derrotero fantástico: el arquetipo de la final girl propio del cine slasher, aquella chica lista y correcta que sobrevive a la mañana porque en realidad nunca vive del todo.
Aunque, de entrada, Campamento Miasma funciona por sátira valiente sobre el estado del cine actual, una industria que condena toda diversidad o juventud a la mili de las “franquicias zombis” que no aceptaría ningún director reputado, o que, como nosotros, no se creyera más listo que nadie.
Ante todo, la película cuenta los días ociosos de una joven cineasta (Hannah Einbinder) encerrada en casa de su scream queen favorita (Gillian Anderson), protagonista del slasher sobre el que prepara una recuela. Ahijada entre la tensión creciente de El crepúsculo de los dioses y la Persona de Ingmar Bergman, Anderson afila los modales de diva mientras Einbinder rebaja –gracias, Dios– sus habituales sarpullidos cómicos.
Campamento Miasma quiere transportarnos al oasis de un domingo de película, deliciosa comida basura y manta en casa. O quizás un canto al afecto posible entre dos personas muy diferentes pero que, a través de las imágenes, comparten el horror de una vida subyugada a las violencias y al deseo ajeno. O puede que simplemente sea el recordatorio de que el slasher nunca fue nada más (y nada menos) que una cuestión “de carne y de fluidos”, como enuncia la propia Anderson. Al fin y al cabo, de carne y fluidos trató siempre el género, personal o cinematográfico.
Será la única, pero Camp Miasma vive cómoda en su propia piel y no pide perdón por ello. Igual que el villano de género fluido que protagonizaba la saga, Little Death. Sobre los rincones familiares de cualquier Campamento sangriento, en referencia constante pero no exclusiva al film de Robert Hiltzik, la película de Schoenbrun adopta alegre los ropajes de un melodrama psicosexual, de un juguetón videoclip dosmilero o de los derroches de sangre, semen y lágrimas de Yann González.
Camaleónica, a falta de etiquetas más imaginativas la crítica la calificará simplemente de slasher queer. Pero si se siente, en efecto, muy queer, es por desembarazarse de toda lectura cerrada en favor del extrañamiento imberbe de un cuento maravilloso… Un cuento de hadas que esconde una dimensión paralela en el fondo de un lago, un agujero entre Cronenberg y Lynch en “donde nacen las películas”. La alegoría está servida: Campamento Miasma mojará la ropa interior del usuariado más diligente de Reddit.
Aina Clotet, ‘viva’ en Semana de la Crítica
Cuando las siete finalmente tocan para nuestra Cléo y aquella profunda inquietud existencial no desaparece, sino que se acucia, sólo quedan dos alternativas; o reír, o llorar. Hoy en Cannes Aina Clotet y buena parte del equipo de Esto no es Suecia, la mejor tragicomedia televisiva reciente, se decantan por llorar, reír y repetir. Siguen los pasos de un guion coescrito por Valentina Viso para explicar la cadena de malas decisiones y fugas de todo tipo que una mujer de cuarenta toma, en plena crisis existencial, para superar como sea la imagen de víctima a la que ella sola se ha relegado.
Aina Clotet, en Cannes. Foto: EFE/ Edgar Sapiña Manchado
Eso incluye: un affair con un noviete algo ridículo (Marc Soler), varios feos-muy-feos en materia de intrusismo laboral y la quema de todos los puentes con quienes la acompañaron durante la enfermedad, desde su novio atento y paternalista (Naby Dakhli) a una madre neurótica cuanto menos (Lloll Bertran).
“Nora es, en esencia, la encarnación de nuestros miedos, nuestras ansiedades, pero también de nuestras esperanzas y de nuestra comprensión de lo que significa, desde nuestra perspectiva, estar vivas, o mejor dicho, sentirnos vivas”. Explica la cineasta: “Para nosotras [Viso y Clotet] el tono es fundamental. Juntas, siento que encontramos ese equilibrio entre la ligereza y la profundidad, donde el humor nunca desaparece, incluso cuando exploramos temas muy serios”.
Es el cuerpo de Clotet, brillante orfebre de tics y manierismos extraños, el que enhebra mientras mantiene compacta esta cadena de viñetas en crisis, algunas patéticas y otras de un cuidado genuino, tiernísimo: “Nora es una superviviente que, al final de su viaje, logra superar no solo su enfermedad, sino también el tsunami emocional al que se enfrenta”. Un torrente nervioso, que Viva sitúa en plena ola de calor y que pega los cuerpos sudorosos, pero también los lleva a oler mal.
“Tuve muy claro desde el principio que quería hacer una propuesta estética fuerte, algo estilizado”, por lo que contactó con Nilo Zimmermann, director de fotografía del underground Marc Ferrer (¡Corten!) y una de las lentes más parecidas del Estado al enrarecimiento verdicino de Jean-Pierre Jeunet (Amélie). Y si el bombardero emocional de Clotet acierta en no pocas de sus viñetas –reflejos dolientes de nuestra cara más cuestionable–, ello se debe a que juega las mejores cartas del drama y de la comedia, siempre, hasta el final. El no quedarse a medias tintas es el denominador común del cine español en la presente edición del Festival de Cannes; quizás la mayor fortaleza de la cinematografía de Almodóvar.