Fotograma de 'Todo lo que fuimos'.

Fotograma de 'Todo lo que fuimos'.

Cine

'Todo lo que fuimos': la tragedia de los palestinos en un emotivo drama

La actriz y directora estadounidense Cherien Dabis, de origen árabe, narra el dolor de los palestinos a través de varias generaciones en un drama emotivo producido por Javier Bardem.

Más información: 'Resurrection': la Historia portátil del cine chino que revolucionó el Festival de Cannes

Publicada

Los palestinos lo llaman “nakba” o “catástrofe” y se refiere a la expulsión forzada de más de 700.000 personas en el actual Israel cuando el Estado se fundó en 1948. Casi ochenta años después, Oriente Medio sigue siendo un inmenso avispero en un ciclo de violencia, dolor y destrucción que por momentos parece interminable.

La actriz y directora Cherien Dabis (Nebraska, 1976) se sitúa como una artista a medio camino entre dos mundos. Hija de una familia de refugiados palestina, creció en Estados Unidos y se ha consolidado en su industria del entretenimiento de manera sólida, como muestra su éxito tras la cámara de la celebrada serie de Disney+ Solo asesinatos en el edificio.

Dabis despuntó con la película independiente Amerrika (2009), una obra lúcida de tinte autobiográfico sobre una mujer refugiada palestina y su hijo adolescente en un pueblo perdido de Estados Unidos. Ambientada durante la guerra de Irak, la primera de los 90, la película narra con sensibilidad el choque cultural y la dificultad de mantener una identidad y, al mismo tiempo, adaptarse a un nuevo lugar del que uno, quiera o no, también forma parte.

La segunda película de la directora, Todo lo que fuimos, producida por Javier Bardem y Mark Ruffalo, premiada en Sundance, vuelve a abordar la tragedia palestina aunque desde una perspectiva más dramática. Cuenta la peripecia de tres generaciones de una misma familia empezando en ese fatídico 1948 en el que fueron expulsados de Jaffa, que actualmente es el barrio árabe de Tel Aviv.

Con voluntad de contar la “gran crónica palestina”, la directora arranca con esa dolorosa expulsión en los años 40 del siglo pasado a través de los ojos de un hombre cultivado y decente (Adam Bakri) que se aferra a sus naranjos y su tierra y decide luchar. Hasta que lo meten en la cárcel y sale resentido para toda la vida contra sus verdugos.

Su hijo, Salim (Saleh Bakri), treinta años después, a finales de los 70, se enfrenta al padre. Prefiere vivir en la tranquilidad, sacar adelante a su familia y aceptar lo que ya es un hecho irrefutable para, simplemente, seguir viviendo. Su mujer, Hanan (interpretada por la propia Dabis), es la narradora de la historia.

A través del enfrentamiento con el anciano padre, que defiende oponerse a los judíos de manera activa, incluso con violencia, se plantea el conflicto de la película: ¿vale la pena enfrentarse cuando las posibilidades de éxito son prácticamente nulas y las de morir o acabar eternamente en la cárcel son muy elevadas? ¿Es ser cobarde no protestar contra las humillaciones constantes de una vida marcada por la soberbia, los controles agotadores y la amenaza israelí?

El conflicto se vuelve especialmente sangrante en la tercera generación, un nieto, Noor (Muhammad Abed Elrahman), que replica el discurso del abuelo y se decide a luchar, desencadenando una tragedia con la que empieza un filme contado en forma de flashback.

De menos a más

Todo lo que fuimos empieza regular, no tanto por mala como por demasiado convencional, porque además retrata a una familia un punto demasiado perfecta, como si no pudiéramos sentir empatía por una familia “normal”, es decir, con sus luces y sus sombras.

Sucede en el cine palestino lo mismo que en el occidental: se suele reflejar con mucha mayor frecuencia a las clases altas. En el caso de los palestinos, eso conlleva que casi todas sus películas estén protagonizadas por familias con educación universitaria, mujeres sin velo y entornos familiares con los que el público occidental puede empatizar más. Nada que objetar: en este sentido, Dabis, hija de médico, es fiel a sus memorias personales. Constato.

Todo lo que fuimos gana a medida que avanza. La película estalla en una escena de gran potencia dramática en la que el dilema de Salim —el hombre que quiere vivir en paz aun aceptando la injusticia, hijo de un rebelde y padre de otro— se concreta en una terrible humillación del ejército israelí que destruye su imagen ante su hijo, el futuro luchador por la causa palestina.

A través de una trama de donación de órganos, poco a poco Todo lo que fuimos se transforma en una película distinta, al tratar la dificultad de la empatía, de ponerse en el lugar del otro, elevando el tono dramático de manera satisfactoria. Y la directora acierta al mostrar —ya era hora también— la parte más bella, profunda y luminosa de la religión islámica.