Una imagen de 'El arquitecto'. Foto: Julien Panie ©2025 Agat Films, Le Pacte

Una imagen de 'El arquitecto'. Foto: Julien Panie ©2025 Agat Films, Le Pacte

Cine

'El arquitecto': por el Arco del Triunfo

El quinto largometraje de Stéphane Demoustier aborda una historia real: las tribulaciones del arquitecto danés Johann Otto von Spreckelsen para construir el proyecto de su vida, el Gran Arco de La Défense en París.

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Si ya es difícil hacer edificios en la realidad, imagínense en la ficción. Los arquitectos suelen quejarse de que el cine les cuenta mal, a golpe de traumas (The Brutalist), amantes (La comuna) y hasta superpoderes (Megalopolis). No hay caso, señoría: dinamitar tu propia obra (El manantial) siempre tendrá más taquilla que leerse una normativa o estudiarse una ley. ¡Haz tú la película de la normativa, verás qué bien!

Seguramente Stéphane Demoustier pensase en esto de manera más seria –es francés– al afrontar El arquitecto (2025), su quinto largometraje. A Demoustier le habíamos visto Borgo (2023) y La chica del brazalete (2019), dos compactas ficciones criminales que contrastan con esta historia real basada en la novela/crónica de Laurence Cossé, L’Inconnu de la Grande Arche, el descriptivo título original del filme. Sin embargo, bajo este supuesto cambio de registro subyace la continuidad de ciertos intereses: la mafia corsa, la presión social de la adolescencia y, en este caso, la burocracia, se entienden por igual a modo de fuerzas que asfixian al individuo.

Hay que decir que a Demoustier no le sale del todo la apuesta, pero cierto desbarajuste narrativo no basta para dar al traste con un relato agudo y que dibuja sugerentes paralelismos entre la arquitectura como proyección de ilusiones y el sueño de una Europa ilustrada. Futuros que no acaban bien, en suma.

Primero, un poco de contexto: tras acceder a la presidencia de Francia en 1981, François Mitterrand emprendió un ambicioso programa de encargos públicos en París, los denominados Grands Projets. El arquitecto barcelonés Oriol Bohigas cuenta en sus dietarios que formó parte en 1983 del comité que habría de decidir sobre uno de los concursos más importantes del lote: el remate del eje de los Campos Elíseos en el barrio de negocios de La Défense.

A la convocatoria se presentaron más de 400 propuestas de todo el mundo, aunque, según Bohigas, el jurado no dio con la tecla hasta que su presidente, Robert Lion, rescató “entre los desechos” unos croquis “algo primarios, pero bastante expresivos”. Los dibujos mostraban un portal cúbico y colosal que se alineaba con la perspectiva que une el Louvre con el Arco del Triunfo, la espina dorsal de París. Hemos llegado.

Demoustier arranca de lleno en el momento posterior al hallazgo con uno de sus característicos planos secuencia. Tras unos precisos movimientos de cámara, leemos a la vez que Mitterrand (Michel Fau) el nombre del ganador del concurso: el danés Johann Otto von Spreckelsen (Claes Bang, el comisario pardillo en The Square). Nadie en la sala tiene la menor idea de quién es.

Un par de escenas más tarde, este arquitecto cincuentón explica a la prensa su monumento y repasa su currículum: “Mi casa y cuatro iglesias”. Risas en la sala. Han pasado apenas 9 minutos y también la felicidad de Spreckelsen, que no sabe dónde se está metiendo. Lo que vendrá es una inmersión kafkiana en los mecanismos de toda obra pública, los vaivenes de la política y el inevitable choque cultural: somos muy civilizados, pero tú no eres de los nuestros.

Sidse Babett Knudsen y Claes Bang en 'El arquitecto'. Foto: ©2025 Agat Films, Le Pacte

Sidse Babett Knudsen y Claes Bang en 'El arquitecto'. Foto: ©2025 Agat Films, Le Pacte

El relato orbita, entonces, en torno a esa pérdida de la inocencia. El rotulito inicial indica que la película que vamos a ver se inspira “libremente en unos hechos acaecidos entre 1983 y 1987”. Fuera líos: la verdad cinematográfica no es una verdad forense, así que esto no es un documental.

De este modo, se figuran los personajes de la esposa encarnada por Sidse Babett Knudsen –un tanto desaprovechada– o el asesor áulico de Xavier Dolan. Se trata de licencias tan de sentido común como hacer que Spreckelsen hable francés, idioma que no dominaba ni tampoco, por cierto, su intérprete, que tuvo que actuar de oídas.

El casting irreprochable se completa con Swann Arlaud (Anatomía de una caída) en el papel de Paul Andreu, el socio francés –este sí, real– de nuestro hombre y cuya oficina en pantalla se recrea en el estudio actual de Dominique Perrault, otro de los elegidos de Mitterrand.

En sus mejores momentos, casi todos en el tramo inicial, El arquitecto aúna con destreza rigor y ficción, y hasta añade un sutil touch de ironía. En una escena, una grúa gigantesca descuelga un panel desde el cielo para que le Président vea, con prismáticos y desde la puerta del Elíseo, el efecto del nuevo hito a través del Arco del Triunfo de Napoleón. Esta anécdota permite apreciar la finura de los efectos especiales, ganadores en los Cesar, tan bien integrados en la trama que cuesta percatarse de su existencia.

Un momento de 'El arquitecto'. Foto: ©2025 Agat Films, Le Pacte

Un momento de 'El arquitecto'. Foto: ©2025 Agat Films, Le Pacte

La performance de la grúa evoca la maqueta a escala real de otro Grand Projet: una falsa pirámide en el seno del Louvre destinada a convencer a Jacques Chirac, por entonces alcalde de París, del contraste entre esa geometría abstracta y el edificio histórico. El cartesianismo de Francia, se ve, tiene mucho de faraónico. Será en ese monumento tentativo donde Spreckelsen conozca a I. M. Pei, el arquitecto del museo, un encuentro entre colegas tan simpático como improbable: la falla se levantó en 1985, luego no encaja en esos momentos iniciales del relato.

O eso, o estamos ya a media película y no nos habíamos enterado. Demoustier no da demasiadas pistas de cuándo sucede qué, de manera que el drama avanza un tanto por acumulación. Las cosas se tornan sombrías de improviso: nuestro héroe toca el piano para, minutos después, agarrarse un berrinche y sacar a pasear el cliché del artista insatisfecho.

Spreckelsen, al que no vemos sentado al tablero durante el metraje –algo poco creíble para un arquitecto– se va a Carrara porque quiere revestir el Arco de mármol: “El mármol de la Piedad”, dice el insensato. De seguido, se niega a firmar unos planos porque unos pilotes que iban a quedar enterrados no tienen la forma que él quiere: “Dios lo ve”. Otras veces, justo es reconocerlo, le acribillan a tecnicismos.

El Gran Arco, el de verdad, se terminó en 1989 a tiempo para el bicentenario de la Revolución y en mármol de Carrara. Hubo que sustituirlo por granito en 2017 debido a problemas de mantenimiento.

Aún con estas omisiones, o gracias a ellas, puede que El arquitecto sí que sea, después de todo, una película sobre normativa, una película sobre leyes. Solo había que esperar un poco más de treinta años para que saliesen de la crónica de sucesos y entrasen en el terreno de la fábula. Sin dejar de ser veraz, y con su propia moraleja: cuidado con lo que deseas.