Karla Sofía Gascón y Timothée Chalamet. Diseño: Rubén Vique.

Karla Sofía Gascón y Timothée Chalamet. Diseño: Rubén Vique.

Cine

De los 'tuits' de Karla Sofía al 'harakiri' de Timothée Chalamet: ¿puede una polémica arruinar un Oscar?

El actor se ha convertido en el protagonista incómodo de la temporada de premios y vuelve a plantear hasta qué punto estas controversias pueden perjudicar una candidatura.

Más información: Las mujeres que sostienen el cine español: "Nos hemos abierto camino como lobas solitarias"

Publicada

"Si un país no tiene su Karla Sofía Gascón en la temporada de los Oscar, se le asignará una de oficio", tuiteó estos días una usuaria de X, condensando la sensación de que cada año los premios necesitan su propia figura polémica. En 2025 fue la actriz española, cancelada en plena campaña de Emilia Pérez por unos antiguos tuits racistas que la dejaron fuera de juego de los Oscar y de los Goya. Este año le ha tocado a Timothée Chalamet, que ha conseguido complicarse la carrera al Oscar con una afirmación controvertida sobre las artes escénicas.

"No quiero trabajar en el ballet o la ópera, ni en cosas en las que tenga que estar en plan 'mantén esto vivo por mucho que ya no le importa a nadie'. Con todo el respeto hacia la gente del ballet y la ópera", dijo el actor en una conversación con Matthew McConaughey. Fue a finales de febrero, durante un coloquio retransmitido en directo en el que el protagonista de Marty Supreme, la película de Josh Safdie por la que está nominado al Oscar a mejor actor, reflexionaba sobre el futuro del cine. Sin embargo, el vídeo con esa frase concreta no se viralizó hasta el 6 de marzo, ya en plena recta final de la temporada de premios.

Según apuntan varios medios, el clip empezó a circular con fuerza cuando las votaciones de la Academia ya estaban cerradas (5 de marzo) y, en cualquier caso, Chalamet llegaba a la gala por detrás de nombres como el favorito Michael B. Jordan (Los pecadores), Leonardo DiCaprio (Una batalla tras otra) o Ethan Hawke (Blue Moon) en las quinielas.

Otros han querido leer estas declaraciones como una prolongación del propio personaje al que interpreta Chalamet—un jugador de pimpón tan ambicioso como pagado de sí mismo— tras una campaña de marketing que ha jugado continuamente a desdibujar la frontera entre realidad y ficción, y que hasta ahora le había funcionado muy bien.

Sea como fuere, el revuelo por sus palabras ha acabado con la imagen intelectual de Chalamet y ha resucitado la idea del "suicidio Oscar", gesto con el que un intérprete parece dinamitar su propia campaña y que vuelve a plantear hasta qué punto una polémica de este tipo puede llegar a comprometer una candidatura.

Harakiri en directo

El de Chalamet no ha sido el único caso polémico de esta temporada de premios. Si la primera entrega de Wicked, musical de Jon M. Chu, arrasó el año pasado en las nominaciones, la segunda parte, con el regreso de Ariana Grande y Cynthia Erivo a la carrera de los Oscar se vio lastrado por una gira promocional percibida por algunos votantes como excesiva y rara.

Apariciones constantes en pareja, gestos afectivos calculados y entrevistas virales que muchos calificaron de incómodas hicieron que varios académicos admitieran off the record que sus apariciones en las alfombras rojas les "incomodaban" y que eso influyó a la hora de dejarlas fuera de las nominaciones.

Pocas actrices han aprendido el peligro de este tipo de promociones tan bien como Anne Hathaway. Tras ganar el Oscar por Los miserables en 2013, la combinación de campaña hipercontrolada —discursos milimetrados, omnipresencia en alfombras rojas, imagen de "niña aplicada" y ansiosa por caer bien— desató un fenómeno de rechazo ("Hathahate") que la convirtió en diana de burlas y comentarios tóxicos en redes. Años después, la propia Hathaway contó que esa percepción pública le costó papeles y que fue Christopher Nolan quien la rescató, fichándola para Interstellar (2014).

Si pensamos en intérpretes que han autosaboteado su propia candidatura al Oscar, también hay que retroceder hasta 2002, cuando Russell Crowe partía como favorito en los Oscar por Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001).

Tras ganar el BAFTA, entró en cólera con el productor de la gala porque la BBC había recortado el poema que recitó en su discurso: lo arrinconó contra una pared, le gritó que arruinaría su carrera y el incidente se filtró a la prensa justo antes de las votaciones. El actor venía de ganar el Oscar por
Gladiator (Ridley Scott, 2000) y parecía encaminado al doblete, pero terminó perdiendo frente a Denzel Washington por Día de entrenamiento (Antoine Fuqua, 2001).

Campaña de guerrilla

La película, aunque ganadora de la noche, tampoco fue ajena al juego sucio del productor Harvey Weinstein, que competía ese mismo año con En la habitación (2001). En sus años de esplendor, Weinstein fue uno de los grandes fontaneros de los Oscar: son famosas sus llamadas a votantes y periodistas, y sus filtraciones interesadas sobre la vida privada de los rivales.

Ya había logrado que Shakespeare in Love se impusiera a Salvar al soldado Ryan de Spielberg en 1999 con una campaña tan agresiva que le dio fama de matón de la industria, y a principios de los 2000 repetiría jugada, esta vez sin éxito, contra Una mente maravillosa, alimentando artículos sobre los aspectos más polémicos de la vida de John Nash, el matemático en el que se basaba la película protagonizada por Crowe.

Otra forma de juego sucio en los Oscar la encarnó Mickey Rourke, que en 2009 sonaba como gran favorito al Oscar por El luchador hasta que empezaron a circular informaciones según las cuales había atacado verbalmente a su rival Sean Penn, calificándolo de "del montón" y "homófobo". Finalmente, Penn fue el que se llevó la estatuilla por su interpretación de Harvey Milk, el primer político abiertamente gay elegido para un cargo público en Estados Unidos.

Las campañas de "guerrilla" se han extendido ahora a las redes sociales, un terreno en el que la Academia también ha querido meter mano. El escándalo de la nominación a mejor actriz de Andrea Riseborough por To Leslie (2023) volvió a poner el foco en los límites de las campañas promocionales.

Su candidatura, la de un filme independiente prácticamente invisible para el gran público, despegó gracias al apoyo de actrices influyentes —de Kate Winslet y Amy Adams a Charlize Theron, Jennifer Aniston o Gwyneth Paltrow—, que promovieron pases y mensajes en redes en los que se pedía votar por Riseborough dando por hecho que compañeras como Viola Davis y Danielle Deadwyler tenían “la nominación asegurada”.

El resultado fue justo el contrario: Davis y Deadwyler se quedaron fuera de las candidaturas, y el caso se leyó como un ejemplo de amiguismo blanco en una categoría donde las actrices negras siguen siendo excepción.

Aunque la Academia decidió mantener la nominación de Riseborough, el organismo admitió que ciertas tácticas en redes resultaban "preocupantes" y respondió con la mayor reforma de sus normas de campaña desde los noventa: aclaró qué tipo de comunicaciones privadas y publicaciones son aceptables, acotó los pases y actos promocionales que pueden organizar los equipos y endureció el régimen de sanciones, que ahora contempla desde la retirada de una candidatura hasta la suspensión o expulsión de miembros.

La ausencia de consecuencias inmediatas en el llamado "Riseborough gate" dejó al descubierto hasta qué punto ciertas polémicas siguen teniendo un coste limitado. Recordemos que Casey Affleck llegó a ganar en 2017 el premio a mejor actor por Manchester frente al mar pese a las denuncias de acoso sexual que ya arrastraba, y que Zoe Saldaña sobrevivió al descalabro de Emilia Pérez llevándose el Oscar a mejor actriz de reparto el año pasado, a pesar de su tibieza sobre la polémica.

Karla Sofía Gascón también acabó saliendo del ojo del huracán, aunque demasiado tarde como para reactivar su carrera hacia los premios. La actriz, consciente de que siempre hace falta una nueva cabeza de turco, subió a sus redes sociales un montaje con dos fotos en las que tanto ella como Chalamet aparecen hablando por teléfono, acompañado de un diálogo imaginario: "Hola Karla, ¿crees que me dejarán pasar por la alfombra roja en los Oscar?", le pregunta Chalamet. "¿Eres una mujer trans? Entonces no te preocupes, Tim", contesta Gascón, que también le deseó "buena suerte" para este domingo.