Un fotograma de 'Maspalomas'

Un fotograma de 'Maspalomas'

Cine

Placer sénior en los Goya: ‘Maspalomas’ y ‘Sexo a los 70’ dinamitan el tabú del deseo sexual en la vejez

Ambas películas aspiran a alzar galardones en la gran gala del cine español con propuestas que exploran desde diferentes perspectivas el sexo en la tercera edad.

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En su papel protagonista como Vicente en Maspalomas (Aitor Arregi y José María Goenaga, 2025), José Ramón Soroiz aparece en los primeros segundos del metraje desorientado en medio de lo que en un principio parece un desierto. Poco después, caemos en la cuenta de que se encuentra en las dunas de una playa en la zona turística de Maspalomas, en Gran Canaria, donde primeramente será testigo de una escena de sexo homosexual en grupo y, a continuación, tendrá un encuentro con otro hombre visiblemente más joven que él.

Y es que el personaje de Soroiz es un hombre de más de 70 años. Si en el cine patrio no son habituales las escenas de sexo homosexual, menos aún lo es que al menos uno de los participantes esté en lo que solemos llamar tercera edad.

Vicente, pese a su edad, está inmerso en un proceso de descubrimiento cuasiadolescente. Después de haber pasado toda una vida escondiendo su orientación sexual en un matrimonio tradicional como mandaban los vetustos y rígidos cánones, en un momento indeterminado de los últimos años decide separarse de su esposa y dejar todo su pasado atrás para finalmente vivir su liberación sexual en Gran Canaria.

De ahí la desorientación que aparentaba Soroiz al principio de la película y de la que tomábamos nota anteriormente. De ahí, también, la representación del entorno canario como una suerte de paraíso luminoso finalmente hallado. Vicente está en un proceso de descubrimiento y aceptación, después de décadas reprimiendo sus deseos y su verdadera identidad.

Mala suerte para él, porque cuando al fin está viviendo "la gran vida" que siempre había soñado, sufre un ictus en pleno acto sexual con dos hombres. Poco después, es trasladado por petición de su hija de vuelta a su San Sebastián natal. Lo ingresarán entonces en un geriátrico, donde, de nuevo, tendrá que volver a meterse en ese apolillado armario del que tan felizmente acaba de salir.

A lo largo de la cinta, sobre todo al principio, en el idilio isleño, pero también en el centro donostiarra, seremos testigos de una serie de escenas en las que el sexo se muestra con absoluta crudeza. El cuerpo que vemos en pleno proceso de descubrimiento es el de un anciano, sí, pero la etapa vital dista mucho de ser un "final" o un "ocaso" como el que estamos acostumbrados a relacionar con la ancianidad, sino, en realidad, un despertar.

En el filme de Arregi y Goenaga, dicho "amanecer sexual" entra en conflicto directo con el tipo de vida que se asume que han de tener los ancianos. Hasta el propio Vicente rechaza la idea de mantener sexo con otro hombre de edad cercana a la suya. Lo vemos cuando todavía se encuentra en Maspalomas, minutos antes de que sufra el accidente cardiovascular, cuando, ante la visión de un hombre que pasa los cincuenta, gira el rostro, se diría que incluso asqueado.

Coincide la apuesta de Maspalomas en los Goya con otra cinta que aborda, a su manera particular, la misma temática. Se trata de Sexo a los 70, nominada en la categoría de mejor cortometraje de ficción. Su directora, la también actriz Vanesa Romero (Aquí no hay quien viva, La que se avecina) cayó en la cuenta a raíz de una conversación telefónica con su madre de que todavía existía un rechazo hacia las relaciones sexuales de los más mayores.

"En realidad —cuenta la realizadora a El Cultural— el fuerte tabú que existe en cuanto al sexo en la tercera edad es una forma más de edadismo. Los apartamos de la vida, de los fenómenos vitales de los que los demás formamos parte, como es el sexo. No admitimos que ellos puedan 'follar' porque consideramos que no están tan vivos como nosotros".

Sexo a los 70 narra la historia de Marga (Mamen García), una mujer viuda de 70 años a quien su nieta anima a tener una cita a ciegas con un hombre de su edad que ha encontrado en Tinder. "Son dos generaciones antagónicas, la desinhibición total de los Z frente al recato y las reticencias de aquella otra generación".

Tras el fallecimiento de su marido, la mujer se ha sumido en un abatimiento en el que parece que ha claudicado de todo lo relacionado con vivir. "Ella, digamos, está triste, está aburrida, está hastiada de la vida. Su vida deja de tener sentido tras la muerte de su marido. Es víctima de todo ese tipo de reparos antiguos, de fidelidades que van más allá de la muerte de la pareja. Es algo que, en nuestro proceso de investigación y entrevistas a ancianas, nos hemos dado cuenta de que es muy habitual".

De nuevo, como ocurre en Maspalomas, el de Marga es también un proceso de (re)descubrimiento. "Ha de darse cuenta de que la vida no acaba a los 70. La vida termina cuando uno deja de admirarla. El deseo no caduca. Evoluciona, pero no tiene fecha de caducidad. Esta película es un esfuerzo por normalizar cosas que sabemos que ocurren pero ante las que giramos la cara. Es un intento por volverlo como lo que es: algo perfectamente natural".

Finalmente, Marga accede a cenar con Agapito (Fernando Colomo). Sin embargo, cuando, siguiendo el consejo de su nieta, la cita continúa en la casa de la mujer, acaba surgiendo un problema previsible a la vez que imprevisto: el hombre, también anciano, tiene un episodio de disfunción eréctil. "La vida es como es y los cuerpos cambian, eso también hay que aceptarlo. Era necesario reflejar eso también en pantalla, que el cuerpo ya no es el de antes y no funciona de la misma manera, pero evidentemente se puede seguir disfrutando y explorando otras maneras de hacerlo".

Comparte también la directora que esta reflexión nace de la inquietud de los que saben que en algún momento llegarán a la ancianidad y tienen miedo de lo que ello suele traer consigo. Un planteamiento similar al de la propuesta de la dupla de cineastas que firman Maspalomas. Goenaga afirmaba en la rueda de prensa en la que presentaban el filme en San Sebastián: "A mí me ha costado mucho salir del armario, y es dramático que, después de todo lo que cuesta dar ese paso, al final de la vida vuelvas a ese encierro. Queríamos contar esa historia, pero de un modo que cualquier espectador pudiera sentirse reflejado. Los armarios son de muchos tipos".

Arregi, Goenaga y Romero coinciden en esa mirada preocupada hacia las postrimerías del trayecto vital. Puede que, al fin y al cabo, esa ambición liberadora venga de unos creadores que miran su propio futuro con la esperanza de que envejecer no signifique dejar de vivir.