Michelle Yeoh en 'Tigre y dragón'

Michelle Yeoh en 'Tigre y dragón'

Cine

'Tigre y dragón' cumple 25 años: cuando el 'wuxia' dejó de sonar a chino y conquistó Occidente

La película de Ang Lee redefinió un género muy arraigado en la cultura china, añadiendo a los combates inverosímiles una dosis extra de romanticismo. 

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Hasta hace 25 años, el género de artes marciales fantástico y épico bautizado con el término chino de wuxia —a grandes rasgos, de wu (artes marciales) y xia (caballero andante)—, era algo poco menos que reservado para los fanáticos no sólo del cine oriental, sino de sus variantes más desconocidas en Occidente. Aunque sus orígenes se remontan a la literatura y la cultura china de hace 2000 años, y las primeras películas wuxia fueron rodadas en la década de los veinte del siglo pasado, más allá de sus fronteras solo nos habían llegado algunos ecos.

Durante los sesenta, el wuxia se fundió y confundió con la oleada y la moda, por un lado, de las películas de kung fu, y, por otro, con las de samuráis japoneses o chanbara. No es extraño, pues tanto unas como otras bebían de sus mutuas influencias. De hecho, quizá el primer fenómeno wuxia que llegara a España (y buena parte de Occidente) fuera la serie televisiva La frontera azul (1973-1974).

Basada en el libro del siglo XIV La frontera de agua, una de las cuatro grandes novelas de la literatura clásica china, era en realidad una producción japonesa originada en una serie de manga, pero que recogía a la perfección el universo wuxia, narrando las aventuras de los legendarios bandidos del río Liang Shan Po, liderados por un rebelde oficial de la guardia imperial, Lin Chung, contra los abusos del corrupto gobernador Kao Chiu, favorito del emperador, durante la dinastía Song (s. X).

Estrenada en nuestro país el siete de mayo de 1978, la noche del domingo, en la primera cadena de RTVE (luego pasaría a emitirse los sábados por la tarde), al día siguiente los niños españoles no hablaban de otra cosa que de Lin Chung, Kao Chiu y el Liang Shan Po. De espadachines, bandidos y guerreras que corrían miles de kilómetros en segundos, saltaban por encima de las montañas y cortaban brazos y cabezas como molinetes de acero. Hubo colecciones de cromos, fotonovelas, el libro… y un montón de restaurantes chinos se pusieron de nombre Liang Shan Po. Fue el primer impacto sociológico del wuxia en España. Solo que nadie lo sabía.

Historias de fantasmas chinos

Hubo que esperar una década para que volviera el wuxia, gracias al éxito de Una historia china de fantasmas (1987), de Ching Siu-Tung, que tras triunfar en Sitges se estrenó en salas comerciales. La nueva ola había sido prefigurada en los sesenta y setenta por el director taiwanés King Hu, con su mítica La posada del dragón (1967), pero sería a comienzos de los ochenta, con Zu, los guerreros de la montaña mágica (1983) de Tsui Hark, cuando quedarían establecidos los nuevos parámetros estilísticos del género, más fantástico, espectacular y exportable.

Los films de Tsui Hark, Ching Siu-Tung, Yuen Woo Ping, Ronnie Yu, Daniel Lee, etc., empezaron a pasar por festivales de cine, siendo editados en vídeo y DVD, conquistando a los amantes de la fantasía épica años antes de El Señor de los Anillos o Juego de tronos. Se trataba de un fenómeno friqui. Limitado a los fanáticos de las artes marciales y el cine de acción más loco, repleto de fantasmas, sociedades secretas y poderes sobrenaturales, magia y brujería (taoístas, budistas y chamánicas). Donde espadachines y monjes shaolin volaban desafiando la gravedad, en un universo con sus propias leyes: el Wulin o Mundo de las Artes Marciales.

Un género prohibido en la China comunista durante décadas, solo producido en Taiwan y Hong Kong. Que consumían las clases bajas, los jóvenes y niños, cuya literatura moderna era el equivalente chino a la pulp fiction. Algo para lo que el espectador occidental acostumbrado a Hollywood o al cine asiático serio y de autor difícilmente estaba preparado. Hasta Tigre y dragón.

Wuxia de autor

Ang Lee se había consagrado con su segundo largometraje en Estados Unidos, la comedia indie El banquete de boda (1993), a la que seguirían títulos que le confirmaron como un director-autor de cine comercial con estilo propio pero asequible. Entonces, tras el fracaso de su wéstern Cabalga con el diablo (1999), Lee se volvió a China y Taiwan, para adaptar también en coproducción con Estados Unidos y Hong Kong, una novela wuxia de Wang Dulu, perteneciente a una de sus sagas de los años treinta y cuarenta.

Dulu había destacado por introducir mayores dosis de romanticismo y melodrama entre duelos y lances imposibles, y ahí fue donde Lee vio su oportunidad. De repente, el trágico romanticismo de Tigre y dragón, con las estrellas de Hong Kong Chow Yun-Fat, Michelle Yeoh y Zhang Ziyi al frente, consiguió que el público occidental comulgara con piedras de molino y se tragara la estética delirante del wuxia, con sus guerreros voladores y espadas mágicas, dejándose llevar por las lágrimas de su operístico —de ópera de Pekín, claro— romance.

Con China continental abriéndose al capitalismo y Hong Kong pasando a formar parte de su imperio, más el éxito internacional de Tigre y dragón, ganadora del Oscar a mejor película de habla no inglesa, además de los de fotografía, música y dirección artística, se abrió la veda del wuxia para ciertos cineastas que hasta entonces jamás hubiéramos soñado que soñaran, a su vez, con rodar historias de espadachines saltarines.

Zhang Yimou, el director chino que conquistó Occidente con esteticistas dramas sociales, realistas y sentimentales como Sorgo rojo (1988), La linterna roja (1991) o ¡Vivir! (1995), de repente se lanzó a un wuxia no menos esteticista pero poco o nada realista con Hero (2002), La casa de las dagas voladoras (2004), La maldición de la flor dorada (2006), La gran muralla (2016) —¡con reparto hollywoodiense!—, Sombra (2018) y La leyenda del río rojo (2023), algunas de carácter más o menos histórico.

Wong Kar-Wai, el realizador independiente del nuevo cine taiwanés por excelencia, jugueteó ya con el género (que ama desde su infancia) con Este contraveneno del Oeste (1994), para después rodar la biografía más particular del fabuloso Ip Man, el maestro de artes marciales que enseñó a Bruce Lee: The Grandmaster (2013).

Hasta el intimista y minimalista Hou Hsiao-Hsien se acercó al wuxia con estilo, claro, intimista y minimalista, al borde de la deconstrucción, en The assassin (2015). Poco podía imaginar ningún cinéfilo que había autores asiáticos de cine "para festivales" deseando que les concedieran "licencia para matar" o, mejor dicho, para volar y saltar por los aires con espadas, magia y épicas batallas, gracias a Tigre y dragón.

Hoy, el wuxia ya no es un fenómeno sorprendente. En 2016, Netflix estrenó Tigre y dragón 2: La espada del destino, dirigida por el experto Yuen Woo-Ping, sin mayores alharacas. China, Taiwan y Hong Kong siguen produciendo filmes y series de wuxia, como La dinastía de la espada (Feng Xioajung, 2024), la larga saga protagonizada por el Detective Dee o Credit Knife People (Chen Tianxiang, 2024), que raramente se estrenan o pasan casi desapercibidas por las plataformas. Quizás, hasta que un nuevo director de prestigio, un "elevado" como Ari Aster, Robert Eggers o incluso Nolan o Peter Jackson decida hacer un remake de Tigre y dragón o rodar su propio wuxia… Si así ocurriera, que Buda nos coja confesados.