La actriz francesa Isabelle Huppert en el 76.º Festival Internacional de Cine de Berlín. Foto: EFE/EPA/CLEMENS BILAN
Isabelle Huppert y Amy Adams, dos papeles a medida en Berlín: la condesa Báthory y una madre en 'rehab'
La actriz francesa se mete en la piel de una sangrienta vampira, mientras que la estadounidense arranca la carrera al Oscar con el potente melodrama 'At The Sea'.
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Ulrike Ottinger, realizadora y dramaturga, es aún injustamente desconocida en España, pero resulta imprescindible para entender el juego de tornas de género (personal y cinematográfico) que hoy hemos naturalizado en películas como Conann, la bárbara de Bertrand Mandico o las Cazafantasmas de Paul Feig.
Fue la Agnès Varda del Nuevo Cine Alemán, del que sólo recordamos a Wim Wenders o a Werner Herzog, y quince años antes de Sally Potter adaptó por primera vez la novela de Virginia Woolf, Freak Orlando, con Delphine Seyrig como salvaje transformista en un Berlín industrial.
Antes, había creado una capitana pirata memorablísima (Madame X: An Absolute Ruler, 1977) y continuó doblegando mitos pop en Dorian Gray in the Mirror of the Yellow Press (1984) o Johanna D’Arc of Mongolia (1989), ambas con una mirada queer deliciosa. Este año hacía treinta que no estrenaba ninguna ficción. El regreso con Isabelle Huppert en las carnes de la condesa Erzsébet Báthory, ha de vivirse como un evento cinéfilo pletórico.
Huppert, de parranda operística
La película, que se hace llamar aventura pero es antes una sucesión de gags sobre tableaux vivants fastuosos y sin ningún respeto por la causalidad o la verosimilitud, sigue el regreso de la Condesa Sangrienta a Viena en busca de un grimorio, mientras es perseguida por una risible pareja de vampirólogos y por Rubi Bubi, a quien da vida Thomas Schubert (El cielo rojo), su sobrino vegetariano.
Tan anecdótica, performativa y literal como de costumbre, sobre un relato de Elfriede Jelinek (La pianista), Ottinger parece poco interesada en forzar lectura alguna sobre el personaje de Huppert; simplemente una condesa húngara tan deliciosa, seductora e infantil como el arquetipo se preste. “Contacté con ella a finales de los 2000, y se mostró muy entusiasmada con el proyecto”, tanto, que esperó dos décadas a que la producción encontrara presupuesto. “Isabelle puede hacer lo que sea, aunque suele asumir papeles psicológicos y con muchísimo diálogo”.
En cambio, a la cineasta le interesa “un tipo de cine que funciona como un tren que va parando en estaciones rarísimas, cada una impresionante e intrigante a su manera, cada una con su idiosincrasia particular”. Es, de hecho, en las pinceladas de ocurrencia donde brilla la película, en los manierismos refinados de Huppert divirtiéndose en su disfraz de vampira, en los juegos verbales y chistes malos que se espolvorean sobre cada escena y en un puñado de números musicales coronado por un cameo estelar de Conchita Wurst.
El ampuloso telón draculino-eurovisivo sorprende pero funciona para actualizar a esta criatura nocturna y que emerge en tiempos de sobrecontrol: “Las ‘fuerzas del orden’ lo intentan todo para atrapar a los vampiros, pero en realidad son justo sus miedos y fantasías los que, de entrada, permiten que los vampiros existan”.
Lo cierto es que estos dos últimos años el cine ha producido más revisión mitológica sobre los chupasangres que toda la década anterior: del Drácula de Luc Besson o el Nosferatu de Eggers, muy serios, al de Radu Jude, abiertamente posmoderno y patético. Incluso Burnin’ Percebes preparan ahora una de vampiros, con Laura Weissmahr.
'At The Sea': lucimiento actoral
Justo por detrás de los ocho vacíos de Glenn Close, las seis nominaciones infructuosas al Oscar de Amy Adams pueden verse por fin recompensadas gracias a la nueva película de Kornél Mundruczó. El húngaro ya nominó a una arrebatada Vanessa Kirby, por Fragmentos de una mujer, y de conseguir el Oso de Plata (siguiendo la estela de Rose Byrne en Si pudiera, te daría una patada), la actriz de La llegada también tendría muchos números para el galardón de la Academia. Apuestas aparte, o no tanto…
Porque At The Sea escribe el viaje de regreso a casa y de la posible expiación de una coreógrafa recién salida de una clínica de rehabilitación por alcoholismo, aún abnegada a consciencia bajo su propia herencia traumática. En definitiva, es una película de personaje y, por lo tanto, de actriz.
Sin embargo, hay varios triunfos que alejan esta historia potencialmente miserabilista (y aburrida) con respecto de los tonos resabiados en la paleta de los dramas sobre el alcoholismo y el trauma. Por un lado, que el guion de Kata Wéber se preocupa por descentralizar los pozos de sufrimiento de una protagonista que es madre, amante, jefa y amiga antes que solo alcohólica.
Además, si bien comparte el verano encapotado de La hija oscura y la garra de Fragmentos de una mujer, Mundruczó se aleja de la tibia adaptación de Elena Ferrante en su apuesta por un minimalismo progresivo, que arranca con una sarta de discusiones cassavettianas, entre la risotada y el llanto, pero concluye en un clímax nimio, más cercano al sentimiento velado de Ozu… Vamos, un des-melodrama. Más allá de la futurible oscarización de Amy Adams, esta es una película interesante.