Fotograma de 'La fiera'.

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Cine

La tragedia de los saltadores BASE, el deporte letal que inspira 'La fiera': "Si paras, aparece el miedo"

Salvador Calvo estrena un estremecedor drama basado en la historia real de cinco amigos, pioneros en esta disciplina, marcada también por la muerte de uno de ellos durante el rodaje.

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Eros y Tánatos decía Freud, en el ser humano convive una pulsión constructiva, que busca la belleza, pero también una tendencia hacia la autodestrucción que parece contradecir la única verdad sobre nuestra especie: que estamos hechos para sobrevivir.

La fiera cuenta una historia real de esas tan increíbles e impresionantes que parece imposible que existan en la vida real. Vemos a un grupo de amigos aficionados a los deportes de riesgo.

Muy especialmente al Salto BASE, que es una locura que consiste en lanzarse desde aviones, volar lo máximo posible como Superman y abrir el paracaídas lo más tarde posible. Y los vemos morir, uno a uno, hasta que solo queda uno. Uno de cinco.

Progresivamente, en La fiera mueren Manolo Chana (José Manuel Ponga); David Marcè (Álvaro Bultó); el célebre cocinero Darío Barrio (Miguel Ángel Silvestre) y finalmente, en un “giro de guion” trágico y desolador, Carlos Suárez (Carlos Cuevas), que es el protagonista del filme, durante el propio rodaje de la película. El único superviviente es Armando del Rey (Miguel Bernardeu), dueño del popular tablao madrileño La morería.

Una tragedia de última hora que, como explica el director Salvador Calvo (Madrid, 1970), estuvo a punto de dar al traste con la película. Fue su viuda quien animó al director y al equipo de producción a llevar adelante el filme.

En La fiera, lo espectacular de las acrobacias aéreas (parece que literalmente vuelan como un superhéroe) se mezcla con una tragedia insólita. Una pregunta se queda sin respuesta: ¿Por qué estos hombres en general bien posicionados en la vida deciden realizar un deporte tan arriesgado? Lo suyo es excepcional por la estadística, pero la realidad es que muchos saltadores de BASE mueren todos los años, hay una fatality list que los acredita.

Ganador del Goya a la mejor dirección por Adú (2020), Calvo también es autor de otros títulos como 1898: Los últimos de Filipinas (2018) o Valle de sombras (2023). Su intención, asegura, es aunar el entretenimiento con la altura dramática. Como tantos clásicos del cine.

Pregunta. ¿Esperaba una reacción tan emocional del público?

Respuesta. Sí, en cierto modo sí. La historia es muy dura y cercana. La muerte está presente desde el primer momento, pero precisamente por eso la película habla tanto de la vida. Yo tenía claro que no quería hacer una película oscura o deprimente, sino una película profundamente vitalista. Cuando colocas la muerte tan cerca, la vida adquiere un valor enorme. Eso conmueve inevitablemente.

P. ¿Es imposible contestar a la pregunta de por qué estos hombres arriesgan tanto su vida sabiendo que fácilmente pueden morir?

R. Porque no la tenga. Y creo que nadie la tiene. Hay un misterio en la vida que no se puede resolver del todo. Igual que cuando hice Adú: yo no tenía la solución a la migración. Aquí tampoco tengo la explicación definitiva de por qué ocurre lo que ocurre. Mi trabajo no es dar respuestas cerradas, sino mostrar una realidad en toda su complejidad y dejar espacio para que el espectador piense.

P. Hay una frase clave en la película: “Trágico es morirse dos años en un hospital”.

R. Esa frase la escuché en un tanatorio. Alguien comentó lo trágico que había sido lo ocurrido y otra persona respondió eso.
Me impactó muchísimo. Porque, en el fondo, resume una filosofía de vida muy concreta. En el caso de Carlos Suárez, la muerte llegó en dos o tres segundos. No hubo sufrimiento prolongado. Y frente a eso estaba una vida vivida intensamente, como él quería vivirla. Esa idea es dura, incluso incómoda, pero es fundamental para entender a estas personas.


P. ¿Esa idea explica por qué siguen saltando incluso después de que fallezcan uno tras otro sus amigos?

R. Sí. Hay algo muy claro: si paras, aparece el miedo. Ellos hablan de “los fantasmas”. Si te detienes, empiezas a imaginar, a anticipar, a bloquearte. La manera que tienen de combatir eso es seguir, volver a saltar, demostrarte que lo ocurrido fue circunstancial. Desde fuera puede parecer una locura, pero dentro de su lógica tiene sentido.

P. ¿Hay una adicción al riesgo?

R. Claro que la hay. Y no pasa nada por decirlo. Existe una dimensión química muy evidente. Cuando te enfrentas a una situación límite segregas adrenalina, tu cuerpo se prepara para lo extraordinario, te sientes más fuerte, más vivo, más poderoso. Si sobrevives, llegan las endorfinas, que producen un placer enorme. Eso engancha. Y además hay tolerancia: lo que la primera vez te parecía brutal, a la quinta ya no te produce lo mismo. Entonces buscas un reto mayor.

Y hay un componente colectivo muy fuerte. Ellos hablan del “síndrome de la trinchera”, que es algo que también sienten los soldados o los corresponsales de guerra. Compartir experiencias extremas crea vínculos muy profundos. No es lo mismo compartir un café en la oficina que compartir algo que puede matarte. Se crea una comunidad muy intensa, una identidad compartida. Y eso también forma parte de la atracción.

P. La fatalidad es brutal: mueren muchos. ¿Es una tragedia?

R. Es una tragedia, sin duda. Durante el proceso hubo momentos muy difíciles. Yo llegué a pedirle a Armando (único superviviente), medio en serio medio en broma, que por favor no saltara más antes del estreno. No sé si habría sido capaz de continuar. La historia te atraviesa y te coloca frente a la fragilidad de una manera muy directa.

P. La muerte de Carlos ocurre durante la preparación de la película. ¿Cómo afectó al proyecto?

R. Fue un golpe tremendo. Nos hizo parar y preguntarnos qué hacer. Y fue clave la postura de su viuda, que nos pidió seguir adelante porque contar esta historia era la mayor ilusión de Carlos. A partir de ahí, el rodaje adquirió otra dimensión. Todo se hizo con un respeto, un cuidado y una delicadeza que yo no había vivido nunca. En el pase de la Academia, vi a todo el equipo técnico llorando desconsoladamente.

El director Salvador Calvo en la presentación de 'La fiera'. Foto: Disney.

El director Salvador Calvo en la presentación de 'La fiera'. Foto: Disney.


P. ¿Ese respeto a personas que murieron hace poco y dejan seres queridos condicionó la película?

R. No lo sentí como una limitación. Al contrario. Decidimos no ser explícitos, no mostrar ciertas cosas, y eso tiene que ver con el respeto, pero también con una decisión cinematográfica. Vivir esa tragedia de cerca me permitió entender cómo se vive algo así desde dentro y trasladarlo con verdad. Creo que la película gana sensibilidad y profundidad gracias a eso.

P. Las imágenes de vuelo son fascinantes.

R. Lo son, y ahí había un riesgo evidente: el de glorificar la muerte. Yo era muy consciente de eso. Verles volar es hipnótico, parece casi algo superheroico, pero siempre debía estar presente el reverso. La vida tiene valor porque está junto a la muerte. Si te olvidas de eso, traicionas el sentido de la historia.

P. La estructura alterna pasado y presente. ¿Cómo lo concibe?

R. Me interesaba mucho mostrar cómo cambia la emoción con el tiempo. En el momento del impacto, a veces hay una especie de anestesia, una parálisis. Años después, al recordarlo, la emoción aparece con más fuerza, incluso antes de llegar al hecho concreto. En otros casos ocurre lo contrario. Jugar con esas dos líneas temporales me permitía explorar el duelo desde distintos lugares.

P. Hay dos personajes femeninos que funcionan como anclaje. ¿Es muy difícil amar a quien puede morir en cualquier momento?

R. Especialmente Miriam, quien será novia de Carlos. Ella es la mirada del espectador. Entra nueva en el grupo y va descubriendo poco a poco ese mundo: la vitalidad, la energía, la camaradería, pero también la sombra. A través de sus ojos, el público puede entrar sin necesidad de compartir esa experiencia extrema.

P. ¿Hasta qué punto fuisteis fieles a los hechos reales?

R. Mucho. El guion se compartió con todas las personas implicadas. Hubo diálogo, acompañamiento y aprobación. Evidentemente hay decisiones narrativas, pero nunca se forzó la realidad. Además, no hacía falta exagerar nada: lo que ocurrió ya es suficientemente potente. La historia pedía contención, no subrayado.

P. La película plantea un debate sobre la libertad.

R. Sí. ¿Hasta qué punto somos libres para vivir la vida que queremos? Todos somos hijos de alguien, parejas de alguien, padres de alguien. La libertad puede ser interpretada como egoísmo o falta de empatía. Y cuando la muerte se acerca, la pregunta aparece de forma inevitable: ¿he vivido la vida que yo quería o la que otros esperaban de mí? Aquí se encarna en el riesgo extremo, pero podría aplicarse a muchas otras decisiones vitales.

P. ¿Es una película sobre autodestrucción?

R. Creo que es una película sobre la complejidad del ser humano. Todos tenemos una parte constructiva y una parte autodestructiva. Normalmente esas dos cosas están separadas: cuidamos el cuerpo pero bebemos demasiado, o trabajamos mucho pero nos dañamos por otro lado. Aquí todo sucede a la vez. Están más vivos que nunca precisamente porque están cerca de la muerte. Es una paradoja difícil de asumir.

P. También es una película contra la moral dominante actual.

R. Vivimos en una sociedad que oculta la muerte y penaliza cualquier forma de autodestrucción. Todo es pensamiento positivo, vida sana, control. Esta historia va a contracorriente de esa moral y por eso incomoda. Pero creo que es necesario mirar también esa parte salvaje del ser humano.

P. ¿Qué espera que se lleve el espectador al salir del cine?

R. Que salga con ganas de hablar, de discutir, de pensar en su propia vida. Hubo una espectadora que no tenía ninguna relación con este mundo que me dijo algo que no olvidaré: “La película no va conmigo, pero me ha dado ganas de vivir, de hacer las cosas que me quedan pendientes”. Si ocurre eso, todo ha valido la pena.