Taylor Russell  y Timothée Chalamet, en un momento  de 'Hasta los huesos'

Taylor Russell y Timothée Chalamet, en un momento de 'Hasta los huesos'

Cine

'Hasta los huesos': Luca Guadagnino sublima el canibalismo en el Medio Oeste americano

Timothée Chalamet y Taylor Russell protagonizan la película, que llega a nuestras pantallas tras su éxito en el Festival de Venecia

25 noviembre, 2022 02:37

Las diversas películas que toman forma en el interior de Hasta los huesos: Bones and All emergen de la dimensión metafórica del fenómeno canibalístico. Así es como Sigmund Freud asoma en la nueva pieza de orfebrería fílmica del italiano Luca Guadagnino (Palermo, 1971), quien invoca al padre del psicoanálisis al repartir sendos traumas paternofiliales entre la joven pareja protagonista del filme.

Cabe recordar que, entre las alegorías de Tótem y tabú, el ansia caníbal se presentaba como una resolución catártica para los sentimientos contradictorios de odio y admiración hacia el padre. Un cóctel emocional que agita el desamparo en el que viven sumidos la adolescente Maren (Taylor Russell) y el imberbe Lee (Timothée Chalamet), dos criaturas hermosas y melancólicas que pasean su antropofagia por el Medio Oeste americano de los 80.

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Hasta los huesos lleva a la pantalla la novela juvenil Bones and All, en la que la escritora (vegana) Camille DeAngelis esgrimía argumentos antropológicos para hermanar las tesis de Freud con la idea de la transmisión del conocimiento. En el libro, Sully, un veterano caníbal encarnado por Mark Rylance en la película, comparte con la desvalida Maren un saber popular vinculado a su siniestra condición. “¿Has escuchado hablar de las islas del Pacífico Sur?”, señala el viejo solitario. “En algunas de ellas se comen a sus muertos… Allí los hombres aprenden muchas cosas a lo largo de sus vidas, y sus hijos piensan que ellos también pueden aprenderlas comiéndose a sus progenitores”.

Un viejo sueño

Exprimiendo la metáfora, y atendiendo al hecho de que Hasta los huesos hace realidad el viejo sueño de Guadagnino de filmar en Estados Unidos, no resulta difícil imaginar al director de Cegados por el sol (2015) como el verdadero caníbal de la función, dispuesto a devorar el saber de los maestros del Nuevo Hollywood, empezando por el Arthur Penn de Bonnie y Clyde (1967), para elaborar su romántico drama de rebeldes sin causa. Vale la pena recordar que, para titularse en la Universidad La Sapienza de Roma, Guadagnino presentó una disertación sobre el cine de Jonathan Demme, autor de la memorable Algo salvaje (1986), una de las grandes road movies de los años 80.

En otro pasaje de la novela, que Guadagnino despoja de florituras literarias, Sully exhibe orgulloso una tupida cuerda elaborada con las cabelleras de sus víctimas. “Tiene algo de poético… Hacer algo útil, algo bello, a partir de una cosa acabada”, defiende el viejo y excéntrico caníbal. Y esa parece ser la misión que abraza el cineasta: desenterrar del olvido, una vez más, una herencia fílmica.

Después de actualizar el imaginario del giallo en su versión de Suspiria (2018), Guadagnino se propone ahora devolver a la vida aquella lírica alquimia de inocencia y truculencia que vibraba en Malas tierras (1973) de Terrence Malick. Es posible que Guadagnino peque de un exceso de preciosismo en su retrato de la marginalidad pero el director de Yo soy el amor (2009) no pretende engañar a nadie: su hábitat natural es el de las fábulas sentimentales y los derroches de estilo.

No es de extrañar que Guadagnino sustituya las referencias a la cultura popular que colman la novela de DeAngelis por referencias mucho más arty. Más allá de su apuesta cinéfila y su sustrato psicoanalítico, Hasta los huesos no desatiende la posibilidad de articular una alegoría antropófaga sobre la pubertad como un territorio de misterio y confusión, un periodo vital en el que las conductas pulsionales, alentadas por la ebullición hormonal, apuntan a un doblegamiento del orden social.

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Esta fue la vía que la francesa Julia Ducournau (ganadora de la Palma de Oro de Cannes por Titane) empleó para retratar a la adolescente caníbal de Crudo (2016). Guadagnino, más interesado por la aflicción romántica de sus personajes, prefiere no ensuciarse demasiado las manos con el instinto asesino de Maren y Lee, cuyo atractivo los hermana con los jóvenes de las películas de Gus Van Sant, con los chavales de We Are Who We Are (la serie de HBO en la que Guadagnino retrató el día a día de una base militar), o con el monstruo con conciencia y sentimiento de culpa al que dio vida Brad Pitt en Entrevista con el vampiro (1994).

Una imagen de la película

Una imagen de la película

A la postre, más que por su melosa aproximación a la figura del caníbal, Hasta los huesos despunta gracias a la magnética labor de Timothée Chalamet. Ataviado con pantalones resquebrajados y camisas con flecos, el actor-emblema de la generación Z reincide en su encarnación ensimismada, calculadamente hermética, aunque aquí su proceder es menos pasivo que en Call Me By Your Name (2017), su anterior y ya icónica colaboración con Guadagnino.

El personaje de Lee permite a Chalamet conquistar una esfera expresiva más temperamental y ambigua, aunque el cineasta sabe muy bien que el mayor talento del actor neoyorquino sigue siendo la encarnación de una vulnerabilidad quebradiza. En realidad, el elemento más anómalo y a la vez fascinante de la labor de Chalamet y Taylor Russell (conocida por su trabajo en la serie de Netflix Perdidos en el espacio) es su intento por evocar la pulcra inocencia de la juventud americana de los años 80.

Es posible percibir el entusiasmo con el que estos actores se mueven por la recreación de un mundo predigital; sin embargo, también resulta evidente que la ingenuidad amanerada de Russell y el ímpetu afectado de Chalamet son más propios de la era de Instagram y TikTok.