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Cine

'El vendedor de tabaco': acartonada Viena de Freud

Pulcra y con aires de telefilme con toque qualité, El vendedor de tabaco lo tiene todo: un viejo sentencioso, un joven impetuoso y los nazis.

7 junio, 2019 09:54

El mono de Flaubert, el jardinero de Joyce, la criada de Cervantes, el jarrón chino de Einstein o el cartero de Confucio. Existe un subgénero literario con su correspondiente versión cinematográfica de gran éxito que consiste en inventarse una historia en torno a algún gran personaje histórico que se contrapone a un tipo común. Da igual que el prócer sea Churchill o Ramón y Cajal porque en estas novelas/películas ejercen un papel más simbólico que real y la verdad histórica o intelectual de estos personajes es lo de menos, funcionan como símbolos de la “sabiduría” así en general. En el caso de la película que nos ocupa, El vendedor de tabaco, adaptación de un best seller de Robert Seethaler dirigida por Nikolaus Leytner, se trata de Freud interpretado por Bruno Ganz en sus últimos años, cuando Viena fue ocupada por los nazis y tuvo que huir a Londres. El personaje del hombre común con el que el lector se puede sentir identificado es un joven de provincias, Franz (Simon Morzé), que llega a la capital austríaca para trabajar como aprendiz en un estanco. Angustiado por su virginidad, el padre del psicoanálisis, cliente de la tienda de cigarros, se convertirá en su consejero amoroso.

No queda muy claro si hace falta ser uno de los grandes genios de la historia para decir en el filme, como Freud hace, cosas como “las mujeres son como los cigarros, si insistes se pierde todo el placer”, “el amor es siempre un error” o, aún más inspirado, “decir no tengo ni idea es el primer peldaño de la sabiduría”. En estos filmes, el personaje célebre suele ser un vejete socarrón de vuelta de todo y en este caso Freud/Ganz le recomienda a sus burgueses pacientes que dejen de comer chocolatinas como forma de superar sus traumas. En realidad da igual, porque como he dicho, podría ser Freud o la madre Teresa de Calcuta, al final se trata de que un “famoso” con prestigio le dé cierto empaque a la producción para, por lo general, soltar obviedades de sentido común más cercanas al mundo de la autoayuda.

Ambientada en los últimos tiempos de esa Viena culta y bohemia que reflejaron con descomunal talento autores como Stefan Zweig o Schnitzler, no hay ni rastro en el filme de ese mundo refinado que marcó la historia de Europa. Lo que vemos, en cambio, es una Viena de cartón piedra en el momento en el que la barbarie del nazismo se hizo dueña de la ciudad y la forma en que la antigua capital de la música y las artes se convierte en la capital de la barbarie. De esta manera, los padecimientos amorosos del joven Franz, enamorado de una prostituta, se solapan con una época turbulenta en la que comienzan a desparecer los judíos y los disidentes.

Pulcra y con aires de telefilme con toque qualitéEl vendedor de tabaco lo tiene todo: un viejo sentencioso, un joven impetuoso y los nazis. Simpática de ver y absolutamente irrelevante en todo lo demás, como suele suceder en este tipo de filmes, hay algún toque ligeramente subversivo (en este caso una exaltación del placer de fumar) para que no quede demasiado pasteloso. El problema del filme es que acaba intentando ser más serio de lo que parece cuando después de dos horas de Cuéntame en los años 30, uno más bien espera que la película acabe con algún tipo de intriga de culebrón.