Image: La catástrofe interior
Blanca Lewin y Santiago Cabrera.
Un historia de regresos y reencuentros. La vida de los peces, el cuarto largometraje de Matías Bize, cautiva por su capacidad para desnudar gestos y retratar lo cotidiano. El autor de En la cama regresa hoy a las pantallas con este emotivo filme.
Entre el cine de catástrofes del productor Irwin Allen, allá en los setenta, y el cine de Matías Bize no media tanto. ¡Cómo! Los tsunamis del chileno arrasan igual, pero por dentro. Donde el primero ponía todas las estrellas de Hollywood, cuatro rascacielos en llamas y una ola con hambre atrasada, Bize coloca dos ojos a punto de las lágrimas. Y arrasan igual. Si se quiere, es lo mismo, pero al revés, que, al fin y al cabo, es otra forma de identidad: la catástrofe contenida en la comisura de las retinas.La vida de los peces, su última película, es la mejor muestra de lo dicho. Como ya hiciera en su segundo y más célebre largometraje, En la cama, el director vuelve a insistir en esos planos cerrados sobre el rostro de sus personajes mientras el mundo gira alrededor. Todo ello compuesto con unos larguísimos y pautados planos-secuencia que se mecen al calor de conversaciones perdidas. Se diría que abandonadas. Entonces, la idea era retratar lo que queda después de la euforia. También llamado sexo. Ahora, se trata de reconstruir lo que queda de un pasado quizá eufórico. También llamado amor.
Pongámonos en situación, un treintañero regresa a su casa en Chile tras una larga temporada en Berlín. En realidad, donde vuelve es a ese terreno tibio y, pese a ello, algo incómodo donde viven los recuerdos; los recuerdos de la infancia y la primera juventud. ¿Acaso es posible recordar otra cosa? Y así, nuestro héroe se enfrenta a la posibilidad cierta de volverse a encontrar con la mujer con la que soñó el futuro que ya nunca fue; de volver a revivir el dolor del amigo que desapareció; de sentir de nuevo el calor de unos colegas antiguos, tan antiguos que son ya perfectos desconocidos.
Sin retóricas
Se diría que el trabajo del director es sencillo, simple incluso. No hay retóricas ni gestos impostados ni, sobre el papel, nada que haga hablar a nadie de eso llamado puesta en escena. Todo es cercano y, por momentos, prosaico. Falso. Bize ha conseguido en apenas cuatro películas componer un estilo tan propio como elaborado. Nada queda al azar. Las catástrofes, pues ahí están, discurren debajo de la piel del fotograma. Y, si se observa con atención, hasta se pueden apreciar los efectos especiales. Que los hay. Ahí están los cuatro rascacielos en llamas, las dos olas hambrientas y el reparto más deslumbrante de Hollywood... Lo que sucede es que se cayeron del montaje. Sólo queda lo esencial. Todas las catástrofes permanecen suspendidas de una mirada. Y esto es, precisamente, lo que cautiva del cine de Bize, su capacidad para desnudar gestos, conversaciones y miradas hasta llegar al momento preciso en que el encargado de los efectos especiales, por inútil, es despedido.
De otro modo, Bize ha conseguido en una filmografía tan corta como intensa una manera de ser. Su cine discurre por la memoria del espectador como el recuerdo de una herida: dolorosa y, acariciada con cuidado, placentera. No hay momentos memorables, instantes decisivos, dramas innecesarios. Todo se resuelve en el preciso discurrir de lo cotidiano. Bien es cierto que el hambre de metáfora juega en contra. Cuando se juega a desnudar los gestos es mala política convertirlos a la vez en ejemplo. Cuando la cámara se detiene en la pecera del título, algo dice que el autor ha dejado de confiar en sus fuerzas. El torpe subrayado simbólico despista y, lo peor, sobra. Sea como sea, queda la constancia de un "tsunami" diminuto y, por supuesto, devastador. Irwin Allen no produjo esta película.