Image: Darren Aronofsky

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Cine

Darren Aronofsky

“Un rodaje no es una democracia”

18 febrero, 2011 01:00

El director de cine Darren Aronofsky.

A partir del ballet El lago de los cisnes, Darren Aronofsky construye en El cisne negro (hoy en nuestras pantallas) un angustioso relato de desdoblamiento en torno a la destrucción del arte, protagonizado por Natalie Portman. El autor de Pi ha hablado con El Cultural.

Desde que irrumpiera con Pi (1998), Darren Aronofsky (Nueva York, 1969) ha creado una marca de la casa en el conglomerado hollywoodense con apenas cuatro controvertidos títulos -Réquiem por un sueño, La fuente de la vida y The Wrestler-. Su poética del drama visual se asocia a montajes frenéticos, a la rotación de rostros superpuestos, a la alteración de sonidos y la elección de actores -Jared Leto, Mickey Rourke, Natalie Portman- dispuestos a arriesgar hasta el límite. El Cultural habló con Aronofsky en el Festival Internacional de Cine de Londres, donde presentó El cisne negro, una película obsesiva en torno al ballet y el perfeccionismo destructivo del artista.

-Se podría decir que su película es la otra cara de la moneda de Las zapatillas rojas...
-Del todo. No es tan melodramática, pero el personaje de Thomas Leroy (Vincent Cassel) puede ser tan cruel y brutal como el empresario Lermontov de la película de Powell y Pressburger, siempre poniendo a sus estrellas al límite. Quizá la mayor diferencia está en las automutilaciones a las que se somete Nina. Me parece que mi película está más cerca de algo que sería una fusión entre la enfermiza competitividad de Eva al desnudo y el terror claustrofóbico de ¿Qué fue de Baby Jane?

-Es un proyecto que se remonta a diez años atrás. ¿Qué hizo tan difícil su producción?
-Ha sido como correr una maratón. Lo abandoné muchas veces por imposible, pero era esa imposibilidad la que me hacía regresar al guión. También me intrigaba el universo del ballet, algo totalmente alejado de mis intereses, pero que me llegó a obsesionar. Luego hubo muchas transformaciones en el guión, que originariamente se desarrollaba en los ámbitos teatrales del off-Broadway, y entonces perdí interés. Retomé el proyecto cuando surgió la idea de traspasarlo al ámbito de la danza y a la fisicidad en la pantalla. La danza es intensa y etérea al mismo tiempo. La entrada en el proyecto del coreógrafo Benjamin Millepied fue absolutamente clave. No sólo se ocupó de las coreografías y los entrenamientos, sobre todo de Natalie, sino de interpretar al príncipe Siegfried.

Utilizados y abandonados
-La atmósfera de paranoia y obsesión es muy angustiosa. ¿Es realmente así el mundo de la danza?
-Es más una patología. Los bailarines suelen ser explotados hasta la extenuación y desarrollan un fuerte miedo a ser utilizados y abandonados.

-En sus películas lleva al extremo la experiencia humana.
-Mire, mi hermana mayor fue bailarina, con lo cual siempre he tenido información, aunque jamás me sentí particularmente interesado por ello. Mi relación con el ballet comenzó como espectador desinteresado, porque todo parece perfecto, bello, fácil y realizable sin esfuerzo. Demasiado "esterilizado". Pero cambié de opinión la primera vez que pude husmear en las bambalinas. Eso me impresionó: músculos y tendones doloridos, bailarinas sudorosas y casi sin aliento, los tobillos como trozos de madera... Y sangre por todas partes. En aquel momento todo aquello me llegó a intrigar tanto que inmediatamente quise mostrarlo.

-Pero el origen de la película es literario.
-Sí, el punto de partida fue la adaptación de El doble [The Understady], de Andrés Heinz, acerca de la rivalidad entre dos actrices de Broadway. Quise situar el conflicto en el ámbito de El lago de los cisnes y explorar un mundo muy sexual pero también muy poético. El ballet es el arte más intenso.

Acusación de tortura
-Natalie Portman y Mila Kunis interpretan a dos bailarinas rivales por el rol principal de la obra de Tchaikovsky. Las actrices son muy amigas y usted las mantuvo aisladas, ¿cuál fue el propósito?
-Son íntimas y salen frecuentemente juntas. Yo sabía que durante los 42 días de rodaje querrían estar juntas, ensayar y explorar los motivos de sus personajes, la inocente Nina y la lasciva Lily. ¡Y eso era exactamente lo que quise evitar! Las mantuve alejadas, entretenidas con los maratonianos ensayos y una dieta muy estricta. Perdieron mucho más peso de lo requerido. Les dije que no pararan hasta parecer el Gollum de El Señor de los Anillos.

-¿No hay una cierta crueldad en todo ello?
-Mire, un rodaje no es una democracia.

-Natalie Portman le acusó en el programa de David Letterman prácticamente de haberla torturado.
-Yo no trabajo "contra" los actores. Lo único que quería es que me entregara lo mejor de ella. Al igual que Mila (Kunis). Yo imitaba un poco al Leroy de Cassel. Y si en un ensayo Natalie estaba perfecta, yo le sugería que Mila lo haría mejor. Nada de crueldad ni manipulación, no. Creo que todo lo contrario, ellas salieron ganando. Yo y la película, también.

A la manera obsesiva de Stanley Kubrick, la perfección que buscaba Aronosfky en el rodaje encontraba su reflejo en la propia temática del filme, una bailarina que en su proceso de transformación en el cisne desarrolla una patología esquizofrénica sobre su condición física. Natalie Portman sufrió heridas, un atisbo de anorexia (perdió doce kilos para el rol ) y agotamiento físico. Aronofsky muestra un gran orgullo en haberle arrancado un brutal trabajo interpretativo que le ha valido el Emmy, el Globo de Oro y la nominación al Oscar.

-Usted habla con admiración de Leroy, el personaje más maquiavélico del filme.
-Me gustaría ser realmente tan manipulador como Leroy, tendría más éxito en lo que me propongo. Soy muy directo y no se puede ni figurar al número de actores de primera línea de Hollywood a los que he asustado anticipándoles lo duro que iba a ser. Algunos siguen corriendo todavía. Pero es que a mí no se me dan bien ni las zancadillas ni las medias tintas. Soy de Brooklyn y eso marca. Allí exponemos claramente todos los problemas y buscamos las soluciones. Y mi mayor problema es que ni soy sutil ni complaciente.

-¿Cómo planteó el trabajo de fotografía, tan estilizado?
-Los operadores trabajaron codo con codo con Benjamin Millepied y el director de fotografía Matthew Libatique. Escogí los fragmentos de El lago de los cisnes que quería utilizar, Ben creaba movimientos basados en la coreografía clásica pero puesta al día, los ensayaba con las bailarinas y entonces Matthew llegaba con una cámara de vídeo y grababa siguiendo los pasos de la danza. Hicimos audiciones para los operadores de cámaras como si fueran bailarines, eligiendo a aquellos más flexibles, los que se movían mejor.

Madres destructivas
-La madre de Nina es una terrorífica Barbara Hershey, una sofocante castradora. ¿Cómo trabajó con los clichés en torno a las madres protectoras?
-Es una madre muy frecuente en el universo del ballet, sobre todo si se trata de ex bailarinas que lo dejaron todo por la maternidad y tienen sentimientos confusos de odio hacia su criatura, pero también un deseo vehemente de que su triunfo las vindique. Por eso se reflejan desesperadamente en ellas. Esas madres castradoras no son conscientes del sofoco que provocan. Pueden ser muy destructivas sin saberlo. Pero hay belleza en ello. Si te expones a semejante sufrimiento es que verdaderamente amas el ballet sobre todas las cosas.

Mientras continúa la cuenta atrás para la noche de los Oscar, Darren Aronofsky está sumergido en dos proyectos: por un lado, Wolverine, en la que el protagonista absoluto será Hugh Jackman; por el otro, Machine, un filme de ciencia ficción a partir de la novela de Max Barry, de cuya adaptación ya se ocupa Mark Heyman.