Cine

Las alas de la vida. Una sonrisa ante la muerte

Director: Antoni P. Canet

12 abril, 2007 02:00

Fotograma de Las alas de la vida

España, 2006. Intérpretes: Carlos Cristos, Carmela Cristos Font, Carmen Font. Guión: Antoni P. Canet. Duración: 90 mins. Estreno: 13 de abril

Decía Jean Cocteau que el cine consistía en "filmar la muerte haciendo su trabajo". Aludía con ello a una dimensión ontológica de la imagen fílmica (como diría Bazin) que se refiere al paso del tiempo, esa cronología real de cualquier ser humano filmado por una imagen en movimiento. Ningún actor puede sustraerse a esa capacidad del cine para "robarle" unos fragmentos reales de su vida real durante el tiempo en el que está trabajando a la vez que su organismo camina inexorablemente hacia la muerte.

Consciente o no de esta dimensión, el médico Carlos Cristos se coloca voluntariamente frente a la cámara de su amigo y cineasta Antoni P. Canet para ofrecerse como sujeto vivo de un proceso irreversible hacia la muerte. Afectado por una atrofia multisistémica (AMS), sabe que padece una enfermedad degenerativa y mortal. Sabe que debe recorrer, de forma acelerada, un sendero por el que él mismo ha tenido que acompañar a algunos de sus enfermos, pero quiere hacerlo de forma serena y tranquila. Ha vivido siempre con la voluntad de dar un sentido de utilidad pública a su trabajo y quiere que su precipitado camino hacia el final también lo tenga para los demás.

De esta voluntad personal nace la idea de filmar dicho recorrido. Colocarse frente a una cámara para que ésta registre, a lo largo de tres años reales, cómo se vive ese proceso implica convertirse en sujeto de una narración que selecciona, organiza y confiere un sentido a ese itinerario. De ahí surgen, planteadas en primera persona, las preguntas inevitables: ¿qué hay al final de todo?, ¿qué se siente en el último momento?, ¿cómo se vive el tránsito decisivo? Son cuestiones vitales y existenciales que acompañan a todos los seres humanos, pero a las que el protagonista de Las alas de la vida se enfrenta sin ningún afán de trascendencia.

El conflicto entre la razón y el corazón, el horizonte limitado de las esperanzas, la disposición de ánimo con que se recorre ese camino son temas que surgen con naturalidad. Carlos Cristos se sabe víctima de una enfermedad para la que no existe remedio, pero lo afronta sin victimismo y, "al ser posible, con una sonrisa". No hay asomo de autocompasión ni reclamo de indulgencia. La angustia se transforma en duda reflexiva y el miedo se sublima con la voluntad de buscar respuestas.

La mostración de la intimidad cotidiana es ajena a todo exhibicionismo. La determinación de ofrecer un ejemplo para ayudar a otros está desprovista de todo afán ejemplarizante o moralista. La cámara de Antoni P. Canet se contagia de esa actitud, sus encuadres se dejan traspasar por la serenidad del protagonista y su narración se muestra tan elíptica y pudorosa cuando debe serlo (frente a la hija de Carlos, ante el desgarro de sus padres, en la intimidad con su mujer) como sincera y abierta cuando corresponde. Es el mejor tributo que el cineasta puede rendir a quien se ofrece tan generosamente, en un tránsito tan decisivo, para dejarnos un legado moral y vital de valor excepcional.