Cine

Mi padre es ingeniero

Director: Robert Guédiguian

2 junio, 2005 02:00

Intérpretes: A. Ascaride, J-P. Darroussin. Guionistas: Guediguan & Jean-Louis Milesi. Estreno: 3 junio. 108 min.

Las imágenes de películas como El dinero hace la felicidad, Marius y Jeannette o La ciudad está tranquila nos introducen en el "planeta Guédiguian". Entramos con ellas en el barrio marsellés de L’Estaque, habitado por proletarios que llevan sus penurias con dignidad, pero que aspiran a vivir en un mundo mejor, soñado por sus protagonistas como si fuera un escenario de cuentos infantiles. Sus actores son siempre los mismos (con Ariane Ascaride, Gérard Meylan y Jean-Pierre Darroussin al frente) y los conflictos bien reconocibles: el desempleo, la marginación, el crisol de culturas propiciado por la emigración...

Heredera del cine del Frente Popular francés de los años treinta, esa particular cosmogonía está lejos de responder a un patrón meramente documental. Su apariencia naturalista convive con dos poderosas influencias. De Bertolt Brecht recibe su gusto por el extrañamiento, su aspiración a fusionar la concreción y la abstracción, los mecanismos escénicos que evocan el teatro, la commedia dell’arte o incluso la pastoral que escenifica el nacimiento de Cristo en Mi padre es ingeniero. De Pasolini recupera el mundo de los arrabales, el recurso a la fábula como forma de narración, la función del mito y de lo sagrado como receptáculo de la identidad subyacente a la comunidad de los pobres y de los explotados.

De Brecht y de Pasolini hay tanto dentro de Mi padre es ingeniero que la película no puede entenderse sin tener en cuenta estas dos referencias, pues Guédiguian filma con ella su obra más ambiciosa en términos formales y narrativos. De ahí que tres planos diferentes (la realidad en presente, la evocación del pasado y la representación pastoral) se alternen, y a veces se superpongan, dentro de una representación donde la ruptura con el realismo es tan evidente como deliberada. Una escenificación de la natividad (belén incluido) oficia aquí como factor de extrañamiento, como el eco de lo sagrado que pervive bajo la existencia dolorosa de quienes ponen sus vidas al servicio de los demás. La crónica de un mundo en extinción deviene elegía lírica de un universo bajo el que resuena la herencia del mito.

No siempre los diferentes registros puestos en juego consiguen expresarse con armonía, pues hay pasajes donde su integración chirría porque se impone desde fuera y no nace desde dentro, pero la obra resultante supone un arriesgado paso adelante que corre el peligro de ser incomprendido, un personalísimo y valiente tour de force que merece la pena mirar con respeto porque respira sinceridad y audacia, algo de lo que no estamos sobrados en el cine que llega a las carteleras.