Ilustración de Adolphe Millot

Ilustración de Adolphe Millot

Entre dos aguas

La historia oculta de las plantas, nuestras grandes aliadas: así moldearon nuestro día a día

El reino vegetal es indispensable para el ser humano, desde el aire que respiramos, al algodón que vestimos.

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De entre las formas de vida que han surgido en nuestro planeta hay una particularmente importante: las plantas. Se trata de organismos pluricelulares que colonizaron la Tierra hace aproximadamente 470 millones de años.

Descendientes de algas verdes acuáticas, en un proceso que exigió importantes adaptaciones, como órganos para fijarse al suelo, se conocen en la actualidad 390.000 especies, y una de sus propiedades, la fotosíntesis, esto es, la capacidad de absorber dióxido de carbono y emitir oxígeno, fue decisiva para configurar la Tierra tal como la conocemos.

Su importancia es tal que, si desaparecieran de repente, la vida animal, de la que los humanos formamos parte, no podría mantenerse. Es cierto que el consumo de carne ha influido en el desarrollo de nuestro cerebro, proporcionándonos nutrientes que hicieron que aumentase su tamaño, pero las plantas nos suministran combustibles (el petróleo no es sino depósitos de plantas fósiles), alimentos, medicinas y cobijo, y controlan la erosión del terreno.

Lamentablemente, el consumo excesivo de algunas plantas puede producir complicaciones; ejemplos en este sentido son tomar demasiada azúcar —en realidad, sacarosa, que se obtiene sobre todo de la caña de azúcar y de la remolacha—, el consumo de tabaco, o los narcóticos naturales como el peyote, la marihuana (cannabis), el opio (que se extrae de la adormidera), o las hojas de la coca (Erythroxylum coca), aunque es cierto que el uso de esta última, en determinadas situaciones, resulta beneficioso.

La historia de la expansión de las plantas es fascinante, abundando en ella todo tipo de circunstancias y momentos. Así, sobre la planta del café, Coffea, originaria de Etiopía, se especula sobre la posibilidad de que hubiese sido introducida en Europa durante la segunda mitad del siglo XIII por el viajero veneciano Marco Polo.

Las hojas de la coca eran reverenciadas por los nativos de Sudamérica, como pudieron observar los conquistadores españoles. No es difícil entender el motivo: su efecto placentero cuando se mastican, debido a que contienen alcaloides que aumentan la concentración de dopamina en el cerebro. Sigmund Freud la consumía habitualmente, hasta que un colega médico murió durante una depresión causada por una sobredosis (Anagrama publicó en 2006 un libro de Freud sobre este tema: Escritos sobre la cocaína).

El deseo de los europeos de disponer de determinadas plantas tuvo consecuencias de largo alcance. Particularmente claro es el caso de la planta del algodón, cuya fibra se utilizaba hace ya 7.000 años, al tener propiedades que no poseen sus principales competidores, la lana y el lino (otra planta, Linum usitatissimum).

La importancia de las plantas es tal que, si desaparecieran de repente, la vida animal no podría mantenerse

De la planta del algodón se conocen 39 especies diferentes, pertenecientes al género Gossypium, siendo la más utilizada G. hirsutum. Surgida de plantas silvestres en lugares tan alejados entre sí como Perú y Pakistán, la producción de algodón se extendió desde Pakistán a China, Japón y Corea, introduciéndose en Europa alrededor del siglo VIII con las conquistas árabes.

Cuando Hernán Cortés llegó a México se encontró con que los aztecas habían desarrollado su propia industria algodonera. Pero la fibra de algodón se trataba de un producto muy caro que solo la clase adinerada podía incorporar a su vestimenta.

Todo cambió durante la Revolución Industrial que se inició a finales del siglo XVIII. La invención de máquinas que podían transformar las mechas de algodón en hilo permitía la producción en masa y esto implicaba la necesidad de disponer del material madre.

Consecuencia de ello fue otra de las facetas del inhumano fenómeno de la esclavitud, que, junto con el cultivo de otros tipos de plantas, como el tabaco, llevó al traslado forzoso de millones de africanos a América, a los campos del sur de Estados Unidos, en Estados como Virginia. La Guerra Civil que dividió a esta nación tuvo mucho que ver con aquello.

Podría presentar muchos otros ejemplos de historias asociadas a las plantas, desde la patata al arroz y el maíz, pasando por el té, la vainilla, los tulipanes o el cacao, pero quiero detenerme en otro apartado de su historia, el artístico y “libresco”. Porque la historia de las plantas se encuentra particularmente presente en libros y dibujos, hasta el punto de que forma parte de un mundo especial, en el que ciencia, historia, arte y bibliografía se unen.

Muestra de esto es un precioso libro de Carolyn Fry y Emma Wayland, La Biblioteca del botánico. Los libros de botánica más importantes de la historia (Blume, 2025). En él se citan obras de todas las épocas y lugares, porque las plantas se extienden por el tiempo y el espacio.

Obras de una miríada de autores, entre los que figuran clásicos como Leonhard Fuchs, John Ray, Linneo, Alexander von Humboldt, Joseph Hooker y Gregor Mendel. Textos extraordinarios como De materia medica, que escribió, en griego, un hombre que nació hacia el año 40 en la ciudad de Anazarba, en el sur de Turquía, que entonces formaba parte del Imperio romano: Pedacio Dioscórides Anazarbeo.

Copiado y traducido del original griego a numerosas lenguas, incluyendo el árabe, persa, latín o castellano, formó la base del conocimiento occidental de plantas y remedios medicinales de origen natural durante los siguientes 1.500 años, para farmacéuticos, farmacólogos, médicos naturalistas, fitoterapeutas y curanderos. Como explican Fry y Wayland, la mejor copia que se conserva, conocida como Codex vindobenensis, elaborada hacia el año 512 en Constantinopla, contiene 400 ilustraciones de plantas a toda página.

Dibujar las plantas era muy necesario para que los lectores pudieran identificarlas, esta es la razón de que las grandes expediciones botánicas llevasen siempre dibujantes. Tal fue el caso de la Real Expedición Botánica al Reino de Nueva Granada —que cubría territorios de Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela—, organizada y dirigida por el médico gaditano José Celestino Mutis (1732-1808), quien se había trasladado a América en 1760 y que ya nunca abandonó.

Auspiciada por una Cédula Real de 1 de noviembre de 1783, aquella expedición duró hasta 1812. Entre los materiales fruto de la expedición figuran una serie de maravillosos dibujos de la flora —hoy depositados la mayoría, creo, en el Jardín Botánico de Madrid—, 2.945 láminas en color y 2.448 monocromas representando cerca de 2.700 especies.

Decir que la historia de las plantas está íntimamente ligada a la de la humanidad es decir poco, pues sin ellas difícilmente hubiese habido humanidad para escribir su historia.