El Real Observatorio de Greenwich. Foto: Wikimedia Commons

El Real Observatorio de Greenwich. Foto: Wikimedia Commons

Entre dos aguas

Del Vaticano a Greenwich: la historia de los observatorios y la carrera por comprender el firmamento

Hace 5.000 años el ser humano comenzó a observar el cielo para predecir los cambios de estaciones. Pronto, las observaciones astronómicas demostraron su potencial.

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La observación del cielo, de lo que contiene, posee una tradición de aproximadamente cinco mil años. Los primeros "observadores sistemáticos de los cielos" debieron ser cazadores o granjeros que buscaban señales que les permitieran predecir los cambios de estaciones.

Cuando aquellas pequeñas comunidades pasaron a ser poblaciones mucho más numerosas, las observaciones astronómicas pasaron a ser controladas por gobernantes y sacerdotes. Y así terminaron construyéndose edificaciones, "observatorios", con el fin específico de estudiar el movimiento de los cuerpos celestes.

La mayoría de los observatorios antiguos se ubicaron en torres, o en los lugares más altos de las murallas de las ciudades, en donde se pudieran tener vistas de 360 grados, que entonces se limitaban, básicamente, a la salida y puesta del Sol, la Luna y las estrellas sobre la línea del horizonte local.

Aunque ninguno de los observatorios más antiguos ha sobrevivido, ecos de sus formas se identifican en el Gran Observatorio construido en el siglo XV en las murallas de la antigua ciudad de Pekín, en el mismo lugar donde estuvo un observatorio anterior.

El más antiguo que ha sobrevivido se encuentra en Gyeongju (Corea del Sur): el Cheomseongdae, nombre que en coreano significa "Torre mirando a las estrellas". Fue construido a mediados del siglo VII.

Son muchos los observatorios astronómicos que han dejado huella en la memoria histórica. Un buen ejemplo del interés religioso por la astronomía es el Observatorio Vaticano, cuyo origen se remonta a 1578, cuando el papa Gregorio XIII hizo erigir en el Vaticano una "Torre de los Vientos" para que allí astrónomos jesuitas del Colegio Romano prepararan la reforma del calendario que promulgó en 1582.

Más de tres siglos después, en 1891, para intentar defender a la Iglesia de las acusaciones de estar en contra de la ciencia, León XIII fundó un Observatorio detrás de la Basílica de San Pedro.

La primera observación, con el edificio aún no completado, fue la de un eclipse a comienzos de junio de 1676. Pronto hará 350 años

Pero el crecimiento de Roma y su contaminación lumínica obligó a trasladarlo a Castel Gandolfo, continuando ocupándose de él miembros de la Compañía de Jesús, la Orden que más intensamente se ha relacionado con la astronomía, como muestra el Observatorio del Ebro, fundado en 1904 por los jesuitas Ricardo Cirera y Lluís Rodés, en el municipio de Roquetes (Tarragona).

Ejemplo de la dependencia del favor político en la construcción de observatorios fue el complejo astronómico Uraniburgo, la "Ciudad de las Estrellas", que construyó Tycho Brahe, el último gran astrónomo anterior a la invención del telescopio, en 1576 en la isla danesa de Hven (Ven), que le había cedido, junto a las rentas que derivaban de ella, el rey Federico II.

Como también lo es el que se levantó en el Cerro de San Blas, al lado del parque del Retiro madrileño, cuya edificación se inició en 1790 por orden de Carlos IV, aunque fue su padre, Carlos III, quien había iniciado el proceso que condujo a su creación. Este observatorio fue dotado de un magnífico telescopio, construido por William Herschel, el descubridor en 1781 de un nuevo planeta solar, Urano.

De Uraniburgo solo se conservan restos. El Observatorio del Cerro de San Blas ya no es lugar para observaciones astronómicas, aunque se muestran en él algunos instrumentos, y una reproducción del telescopio original de Herschel, destruido durante la invasión francesa a comienzos del siglo XIX. Tampoco es adecuado para las observaciones astronómicas el que probablemente sea el observatorio histórico más visitado del mundo, el de Greenwich en Inglaterra.

En 1674, el rey Charles II estableció una Comisión Real para investigar una propuesta para la solución del problema de determinar la longitud de cualquier punto de la Tierra, cuestión de inmenso valor estratégico para establecer la posición de los barcos en el mar (conocer la latitud no era difícil).

El método propuesto se basaba en la observación de la posición de la Luna con respecto a las estrellas fijas, pero ni los mapas de las estrellas eran precisos, ni existían tablas fiables del movimiento de la Luna o que comparasen ese movimiento con respecto a la esfera de las estrellas fijas. (No fue hasta mediados de la década de 1730 cuando el inglés John Harrison construyó un reloj que funcionaba con seguridad en el mar, lo que permitía determinar la longitud).

Sin embargo, el resultado negativo de la investigación condujo a que el rey decidiese que había que crear un observatorio que fuera comparable al que existía en Francia.

La Real Orden data del 22 de junio de 1675; poco antes, el 4 de marzo, el rey había nombrado Astrónomo Real a un joven de 24 años, John Flamsteed y para diseñar el observatorio a Christopher Wren, que reunía los saberes de la astronomía —había sido catedrático de Astronomía en Oxford— y la arquitectura, materia a la que estaba dedicado dirigiendo los trabajos de la reconstrucción del Londres devastado por el incendio de 1666, y en particular la construcción de la catedral de San Pablo.

Por estar tan ocupado nombró como su diputado en la construcción del observatorio a Robert Hooke, uno de los grandes científicos del siglo XVII, que también estaba involucrado en la reconstrucción de Londres.

Ambos, Wren y Hooke, eligieron para la edificación las ruinas del castillo que había estado en el distrito londinense de Greenwich. La primera observación, con el edificio aún no completado, fue la de un eclipse a comienzos de junio de 1676; por consiguiente, pronto hará 350 años.

En 1850 se instaló un instrumento que permitía establecer con precisión el meridiano; competía como posible Meridiano 0 con otros candidatos, a los que se impuso oficialmente en 1884.

Greenwich también estuvo comprometido con la determinación del horario en Inglaterra. Para que los marinos que transitaban por el Támesis pudieran tener una señal clara de la hora se instaló en 1833 una bola en un mástil sobre el observatorio, que caía todos los días a la 1 p. m. (todavía lo hace), el mismo mecanismo que el del célebre reloj de la Puerta del Sol de Madrid, y del que existe en el Real Observatorio de la Armada de San Fernando (Cádiz).

Al igual que en otros observatorios históricos, las condiciones para la observación en Greenwich se hicieron imposibles; en 1946 esas funciones se trasladaron a Herstmonceux (Sussex), y en 1990 al complejo astronómico de la isla de La Palma en Canarias, que se abandonó oficialmente en 1998.