Ilustración de Nicolas Jolivot para 'Tino, un mirlo en mi jardín' (Errata Naturae)

Ilustración de Nicolas Jolivot para 'Tino, un mirlo en mi jardín' (Errata Naturae)

Entre dos aguas

Las aves y la madre naturaleza

De maravillosa pluralidad en sus formas y colores, no solo apreciamos de estos animales su capacidad para volar. También otras facultades como su orientación.

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En las reuniones de la Comisión de Vocabulario Científico y Técnico de la Real Academia Española, de la que formo parte, llevamos varias semanas dedicando parte del tiempo a revisar la lista de pequeñas aves incluidas en el Diccionario de la Lengua Española, revisiones cuyos borradores prepara José María Bermúdez de Castro, con la ayuda del magnífico lexicógrafo que dirige nuestra comisión, Emilio Bomant.

Aún nos queda bastante por analizar, pero la tarea es particularmente grata: me maravilla la inmensa variedad de colores que se encuentran en las diferentes especies, por ejemplo, el azul celeste del pecho de los pequeños abejarucos, su cuello amarillo, su especie de antifaz negro y el marrón en zonas de las alas y cabeza; o el plumaje canela oscuro y espectacular penacho de la cabeza de la abubilla.

Es maravilloso el plural espectáculo que se observa en las formas y colores de las especies animales y vegetales que pueblan la Tierra. La creatividad en grado sumo generada por la dinámica de la evolución de la vida.

Antes de dedicarnos a la revisión de las definiciones de las aves, hicimos lo propio con otros seres. Uno de estos fueron las serpientes.

Confieso que no disfruté, y eso que las discusiones que se producen en nuestro pequeño grupo son muy enriquecedoras, pero, como ya señaló Charles Darwin, hay algo "instintivo" en nosotros, los humanos, que hace que experimentemos un profundo sentimiento de rechazo y temor ante las serpientes, incluso cuando las vemos por primera vez.

Mejor que "instintivo", quizá sería decir "inserto en algún lugar de nuestros genes", o en nuestra "atávica memoria cerebral". Que se haya mantenido a lo largo de la historia del Homo sapiens, y muy probablemente de otros homínidos, sin duda se debe a la constancia del peligro, mortal en ocasiones, que significaban gran parte de estos reptiles, que aparecieron durante el período Cretácico (que comenzó hace 143 millones de años y finalizó 77 millones después).

En el libro que relató sus experiencias durante el viaje de cinco años que realizó alrededor del mundo, Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo (1836; Espasa Clásicos, 2008), Darwin se refirió a un fenómeno similar, pero en este caso referido a las aves.

Somos capaces de admirar las muchas cualidades de las aves. Una de ellas, evidentemente, es volar, pero no es la única reseñable

Fue cuando al llegar al archipiélago de las Galápagos, a mediados de septiembre de 1835, se encontró con "la extraordinaria mansedumbre de las aves". Escribió allí: "Esta cualidad es común a todas las especies terrestres, a saber: los sinsontes o burlones, picogordos, reyezuelos, muscívoras tiranas, alondras y rapaces carroñeras. Todas ellas se acercaban a menudo suficientemente como para poderlas matar con una varita, y algunas veces intenté hacerlo con una gorra o sombrero".

Y añadía: "Un día, estando echado en el suelo, se posó un pájaro mimo o burlón en el borde de una vasija, hecha de concha de tortuga, que yo tenía asida, y empezó a beber tranquilamente el agua; me permitió levantarle del suelo en la vasija y casi cogerle de las patas, cosa que estuve a punto de conseguir. Esta misma experiencia la repetí con otras aves".

Y no solo fue en Las Galápagos donde encontró semejante mansedumbre, también en las islas Falkland, donde, anotaba, "los cazadores matan a veces en un día más gansos de montaña que los que pueden llevar a casa, mientras que en Tierra del Fuego cuesta cazar uno casi tanto como en Inglaterra un pato salvaje común".

De estos hechos, Darwin extraía la conclusión, por otra parte evidente, de que "la esquivez de las aves con respecto al hombre [que se observa en el resto del mundo] es un instinto particular dirigido contra él. Y que no depende, en general, de las precauciones sugeridas por otras fuentes de peligro; y, en segundo lugar, que las aves, individualmente consideradas, no lo adquieren en breve tiempo por más que se las persiga, si bien llega a ser hereditario en el curso de sucesivas generaciones".

Desgraciadamente, esa "mansedumbre" se ha perdido. Y, aunque lo lamentemos, difícilmente podría haber sido de otro modo teniendo en cuenta que la historia de la vida, incluida la nuestra, ha sido una de lucha por la supervivencia, en la que si hay altruismo —existe, por supuesto— es con miembros de la propia especie.

No somos ángeles, pero tampoco demonios. Y somos capaces de apreciar, de admirar, las muchas cualidades de las aves. Una de ellas, evidentemente, es volar (no todas lo hacen, por ejemplo, los avestruces, kiwis y pingüinos), pero en modo alguno es la única reseñable.

Piénsese en su capacidad de orientarse, complemento diríamos casi necesario a su capacidad de volar. Como explica Noah Strycker en el libro Esa cosa con plumas (Capitán Swing, 2025): "Trabajos de investigación cada vez más sofisticados demuestran que las aves, además de orientarse a partir de puntos de referencia específicos del entorno, el Sol, incluso las estrellas, o el olfato, también son capaces de orientarse mediante métodos inconcebibles para los humanos, como los campos magnéticos, la luz polarizada, la ecolocalización y el infrasonido".

Bien conocida es la utilización que se ha hecho a lo largo de la historia de palomas para transmitir mensajes, pero existen muchos otros casos de aves que han desempeñado algún papel en la historia de la humanidad, como relata Stephen Moss en otro libro recomendable: Diez aves que cambiaron el mundo (Salamandra, 2025): el cuervo, la paloma, el pavo, el dodo, los pinzones de Darwin, el cormorán guanay, la garceta nívea, el águila calva, el gorrión molinero y el pingüino emperador.

Menos abarcador es otro libro, deliciosamente ilustrado, por el que siento un interés especial, Tino, un mirlo en mi jardín (Errata Naturae, 2025), en el que su autor, Nicolas Jolivot, cuenta la vida que los mirlos Tino, Tina y Tinito llevaron en su jardín durante un año.

Gracias a tratarse de aves de costumbres fijas, Jolivot pudo estudiarlos con detalle, pues hicieron de su jardín su hogar principal. Puedo atestiguar que, en efecto, son aves de comportamientos rutinarios, con inclinación a vagar solitarias, ya que durante los meses de verano que paso en el campo también alguno aparece diariamente en mi jardín, a las mismas horas, por los mismos lugares. Nos alegra, a mí y a mi esposa, el espíritu. Es algo así como encontrar un eslabón apenas visible con la madre naturaleza.