Laboratorio de Química de la Escuela Sant Francesc de Berga (Barcelona) costeado por la Fundación Juan March en 1970

Laboratorio de Química de la Escuela Sant Francesc de Berga (Barcelona) costeado por la Fundación Juan March en 1970

Entre dos aguas

Nombres y apellidos de la ciencia fundacional

John Rockefeller, Werner Siemens, Juan March, Andrew Carnegie o Ramón Areces han dado nombre a instituciones que han apoyado (y apoyan) la investigación

31 marzo, 2022 01:58

La ciencia, los científicos, necesitan de apoyos. Se trata de una actividad muy exigente que requiere de una gran dedicación, así como, en su ineludible dimensión experimental, de instrumentos que pueden ser muy costosos. Se piensa habitualmente que son los Estados, los Gobiernos, los que deben suministrar los fondos pertinentes, y es cierto que estos tienen que ser sus principales proveedores ya que los frutos de la ciencia recaen en el conjunto de la sociedad, tanto en el aspecto material, con sus posibles aplicaciones, como para que hombres y mujeres puedan librarse de mitos y encarar el gran problema que es comprender la realidad física. Pero los Gobiernos tienen muchas obligaciones y es conveniente que los científicos reciban apoyos de otros ámbitos.

La generosidad de la Fundación Rockefeller alcanzó a España, en donde, además de varios programas de salud pública, financió la construcción del nuevo Instituto de Física y Química, hoy parte del CSIC, inaugurado en 1932

De empresas comprometidas con la investigación, desarrollo e innovación, pues éstas necesitan de la investigación puntera, pero también es importante que reciban ayudas no vinculadas a intereses particulares. Y en este capítulo aparecen las Fundaciones, instituciones que ofrecen apoyo económico a investigadores y centros científicos, y no sólo ellas, sino también personas o grupos que sin etiquetarse como “fundaciones” favorecen igualmente a la ciencia.

Desde la perspectiva histórica de esta colaboración con la ciencia, un magnífico ejemplo se encuentra en la creación en Alemania, a finales del siglo XIX, de un laboratorio nacional que combinaba intereses científicos y tecnológicos: el Instituto Imperial de Física y Tecnología, planteado y finalmente construido gracias a Werner Siemens, industrial, científico e inventor que había reunido su fortuna en el campo de la industria de la electricidad. En su autobiografía, Siemens explicó los motivos que le llevaron a la idea de un laboratorio nacional.

Consciente de lo que su imperio industrial debía a la ciencia, Siemens quiso devolver a su país algo de lo mucho que había recibido, y pensó en un centro que estuviese libre de algunas ataduras que condicionaban a los laboratorios universitarios –las obligaciones de la enseñanza– y que prestase especial atención a la relación de la física con la tecnología.

Para ello puso a disposición del Instituto que planeaba unos terrenos y finalmente, ante la lentitud si no renuencia del gobierno de Prusia, también la financiación. El resultado fue un magnífico centro físico-técnico en Charlotemburgo, una zona, por entonces, en las afueras de Berlín, que hizo mucho por las ciencias físicas (incluido el inicio de la física cuántica), y cuyo ejemplo fue seguido pronto en Estados Unidos e Inglaterra, aunque en estos casos con financiación estatal.

Ya en siglo XX, en 1912, un grupo de representantes de la industria química, eléctrica, del acero y armamentos, del gas y del carbón fundaron una asociación denominada “Sociedad Káiser Guillermo [Wilhelm] para el Desarrollo de las Ciencias”, que financió la construcción y mantenimiento de una pléyade de institutos a lo largo de los años, y que después de la Segunda Guerra Mundial pasó a denominarse “Sociedad Max Planck para la Promoción de la Ciencia”, hoy la joya más preciada de la ciencia alemana.

En realidad, la Sociedad Káiser Guillermo seguía parcialmente el modelo de la Carnegie Institution de Washington, fundada en 1902, que apoyaba a la investigación con dinero aportado por el industrial Andrew Carnegie. Al mismo tiempo que Carnegie, otro ultramillonario estadounidense, John Rockefeller, estableció en Nueva York un Instituto de Investigaciones Médicas, que en 1956 se convirtió en Universidad; con anterioridad, en 1913, había establecido la Fundación Rockefeller. Mientras que el centro auspiciado por Rockefeller se concentró en la biomedicina, el Carnegie proporcionó ayudas a investigadores “excepcionales” en cualquier campo.

Aunque interesada especialmente en las ciencias biomédicas, la Fundación Rockefeller también favoreció a la entonces naciente física de altas energías, con sus costosos aceleradores de partículas: entre 1935 y 1945, financió nueve proyectos de aceleradores, lo que significa uno de cada seis de los que se construyeron durante aquel período.

Los primeros para los que aportó dinero fueron para los laboratorios de Niels Bohr en Copenhague y de Frédéric Joliot-Curie en París, en los que la parte física y la biomédica estaban equilibradas, y a estos proyectos europeos le siguieron a finales de la década de 1930 cuatro en Estados Unidos, con fines predominantemente biomédicos, más uno, centrado en la física, en 1940, en Berkeley, la cuna, de la mano de Ernest Lawrence, de los primeros aceleradores de partículas, los ciclotrones.

De hecho, la generosidad de la Fundación Rockefeller alcanzó a España, en donde, además de varios programas de salud pública, financió la construcción del nuevo Instituto de Física y Química –hoy parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas con el nombre de Instituto de Química Física Rocasolano– inaugurado en 1932.

La mención de un centro científico español construido gracias a la generosidad de una Fundación extranjera me lleva a una última cuestión, la de la filantropía para con la ciencia en España, que hasta hace no demasiado ha sido escasa. Parece que los españoles con la suficiente riqueza hubieran estado más preocupados por salvar sus almas, o por el arte, que por contribuir a la ciencia, al conocimiento contrastable, de su país.

Entre las principales excepciones se encuentran la Fundación Juan March y la Fundación BBVA, aunque es justo recordar también otros esfuerzos, como los que la Fundación Ramón Areces está realizando desde hace algún tiempo con programas y becas. Creada en 1955, la Fundación Juan March llevó a cabo una labor muy importante con los programas de becas que estableció a partir de 1957. Gracias a ellos muchos universitarios –a la postre todo un Who is Who de la alta cultura y universidad en España–, de todos los campos del saber, ampliaron sus conocimientos en el extranjero o pudieron trabajar en España; también lo fue su apoyo, iniciado en 1971, a las ciencias biomédicas y a la sociología.

Hace ya bastantes años que la Fundación Juan March abandonó estos programas, entendiendo que la suya fue la tarea de contribuir a establecer tradiciones. Su liderazgo en el campo científico, aunque mantiene labores divulgativas, ha sido retomado por otras grandes fundaciones con sus diversos programas de promoción y de premios a la ciencia y a los científicos. Ojalá sus ejemplos no sean olvidados y sí imitados.

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