Una escena de 'Farsa y licencia de la reina castiza'.

Una escena de 'Farsa y licencia de la reina castiza'. Javier Naval

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'Farsa y licencia de la reina castiza', una 'delicatessen' de Ana Zamora

La compañía Nao d'Amores lleva al Teatro Español este excelente texto de Valle-Inclán en el que satiriza a Isabel II y su corte.

Más información: 'Farsa y licencia de la Reina Castiza', la obra de Valle que retrata la decadencia y la corrupción de la monarquía

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No sé si el conocimiento de Ana Zamora del teatro de Valle-Inclán es cosa de familia —su abuelo era el filólogo y crítico literario Alonso Zamora Vicente— pero pocas veces se encuentra un espectáculo que logre poner en escena un texto del manco gallego de forma tan atinada en espíritu y forma y a la vez complementarlo y hacerlo crecer con aportaciones escénicas que ayudan a su comprensión y lo hacen tan gozoso. Hablo de Farsa y licencia de la reina castiza, que Zamora acaba de estrenar con su compañía Nao d’Amores en el Teatro Español de Madrid.

Valle escribió esta obra en verso, incluidas las acotaciones, y la publicó como se hacía entonces: primero en el periódico en 1920, para hacerlo después en libro en su propio sello, Opera Omnia, y más tarde en un volumen que tituló Tratado de marionetas, al que añadió dos obras más y que resume su concepción: un teatrito de guiñol para adultos donde se representa la degradada corte de Isabel II con unos personajes que son marionetas, monigotes, fantoches los llama él.

Como si fuera un Cristobita o un Mr. Punch, el autor arrea buenos zurriagazos a la monarquía borbónica de Isabel II, a la que muestra como una ridícula e inmoral reina (a la que él se opuso como convencido carlista) mientras hace caricatura de los cortesanos que la rodean y de sus mezquinos intereses.

Escribe Zamora en el programa de mano que la obra "nos presenta una serie de hechos, más o menos documentados históricamente, desde una convención escénica absolutamente guasona, constituyendo una crítica feroz del reinado de Isabel II, que se refleja en el de Alfonso XIII (coetáneo del autor), y se proyecta vivamente en nuestro presente".

Y efectivamente, la obra tiene una resonancia extraordinaria en nuestros días, cuando el gobierno de Sánchez languidece asaeteado por la corrupción. ¡Qué lección de teatro y de arte nos da Valle! ¡Qué inspirador para nuestros autores contemporáneos!

Texto extraordinario, difícil de seguir porque echa mano de un riquísimo léxico marginal del hampa de su época —el sermo vulgaris— que hoy no se usa pero que se entiende. Escritura elaboradísima, innovadora, cuyo acierto es también decantarse por la exageración y el cachondeo, por el andarse sin contemplaciones y asumir que la verdad no es neutra cuando se trata de enfrentar al espectador a la degradación de la sociedad de su tiempo. Eso es lo que él predica como esperpento.

Esta pieza tardó en escenificarse. La primera representación tuvo lugar en 1931, con Irene López de Heredia y Mariano Asquerino. Luego hubo un largo silencio hasta que, según registra el Centro de Documentación de las Artes Escénicas y de la Música, el Teatro Universitario de Murcia que dirigía César Oliva la estrenó en 1969; se sucedieron otras producciones de tono amateur y Juan Dolores Caballero, director sevillano siempre tentado por lo expresionista, la estrenó en 2004.

Zamora ha estudiado en profundidad el teatro de marionetas (recuérdese su montaje del Retablillo de don Cristóbal) y casi siempre las introduce en sus montajes de teatro clásico, realizadas por su colaborador David Faraco. Aquí logra un teatro de marionetas humanas, un oxímoron, en el que engarza el noble metal del texto de Valle con brillantes ideas en la dirección escénica y excepcionales pedruscos como son los actores que hacen de fantoches.

La concepción escenográfica, también de Faraco, parte de un elemento genial, una crinolina o miriñaque de gran diámetro cubierta con un faldón blanco de retales bordados que ocupa el espacio central y por cuyo centro emerge la reina Isabel para desprender la bandera roja de un mástil que le servirá de embozo.

Este miriñaque permite que otros personajes desaparezcan bajo él, hasta el piano en el que Isabel Zamora toca coplas y tonadillas que ilustran las transiciones de cada acto y que los actores entonan. Luego veremos también cómo este artilugio sufre varias evoluciones, hasta esa sombrilla fantástica.

Fundamental es el atrezzo de sombreros elaborados a partir de primeras páginas de periódicos satíricos de la época isabelina (Gil Blas, La gorda…). Evocan la oposición que ejercieron contra la reina, pero también los deseos de amordazarlos que expresa el primer ministro en la obra. Estos gorros, que los actores construyen y deconstruyen frente al espectador, sirven para que identifiquemos los cambiantes personajes que van interpretando.

Las acotaciones son impactos visuales y poéticos y Zamora las ha resuelto con gran sencillez: el actor que toque las recita al comienzo de cada acto. Ha reunido un elenco compacto, todos maquillados como muñecos pepones y vestidos con calzas de punto y enaguas blancas con puntillas que evocan los trajes populares de muchos lugares de nuestro país.

De esta guisa, los actores se aplican el fuerte corsé de supermarionetas libres de psicologismo y organicidad. Paula Iwasaki es la reina Isabel y le da un elegante tono de payasa y a ella se unen en el mismo tono Miguel Ángel Amor, Alejandro Pau, Aisa Pérez y Rafael Ortiz. Actúan como muñecos, dicen magníficamente el texto y se doblan y se triplican en varios roles. Siendo fieles a la palabra de Valle, todo se comprende y resulta una auténtica delicatessen.

Farsa y licencia de la reina castiza

Teatro Español, hasta el 26 de julio

Autor: Ramón del Valle-Inclán
Versión y dirección: Ana Zamora
Elenco: Miguel Ángel Amor, Paula Iwasaki , Alejandro Pau, Aisa Pérez, Rafael Ortiz , Isabel Zamora
Dirección musical: Víctor Pliego de Andrés
Escenografía y trabajo de objetos: David Faraco
Vestuario: Deborah Macías
Iluminación: Juan Gómez—Cornejo
Coreografía: Javier García Ávila
Voz y palabra: Vicente Fuentes
Producción: Teatro Español y Nao d'amores