Un momento de 'Styx: Blades of Greed'

Un momento de 'Styx: Blades of Greed'

Homo Ludens

'Styx: Blades of Greed', el retorno del sigilo en un videojuego con carencias pero muy disfrutable

Los franceses de Cyanide vuelven después de casi una década a su goblin socarrón para pergeñar un título con la libertad de acción por bandera.

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Durante años, el género de los juegos de sigilo se nutrió de la competencia entre Metal Gear Solid y Tom Clancy’s Splinter Cell, dos franquicias portentosas (la primera de Konami y la segunda de Ubisoft) que consiguieron en poco más de década y media producir algunos de los títulos más celebrados de la historia del medio.

Eran juegos ambiciosos, complejos y con un acabado técnico majestuoso, siempre en la vanguardia tecnológica. Pero desde que sus responsables, por razones varias, optaron por otros derroteros, es indudable que el sigilo como género ha ido languideciendo de manera inexorable, al menos en su concepción más purista.

Muchas de sus mecánicas se han ido inmiscuyendo en todo tipo de juegos de acción, pero las interpretaciones más severas son mucho más difíciles de encontrar. Quizá por esa razón, el estudio Cyanide, afincado en Nanterre y dedicado a los juegos de ciclismo para pagar las facturas, ha decidido volver a una franquicia que parecía abandonada después de dos entregas modestas. Si algo demuestra Styx: Blades of Greed es que realmente existe un espacio para los juegos de sigilo más inmisericordes.

A pesar del tiempo transcurrido, esta nueva entrega es una continuación directa de Styx: Shards of Darkness (2017) y encuentra al goblin enfrascado en su búsqueda de los fragmentos de Quartz, reliquias de enorme poder que la Inquisición utiliza para todo tipo de nefarios propósitos, desde potenciar sus máquinas y vehículos a realizar hechizos.

Styx reúne a una troupe de individuos mal avenidos en un barco volador y se infiltra en palacios, mazmorras y cámaras acorazadas para absorber el Quartz, saciando su adicción y al mismo tiempo desposeyendo a sus enemigos de los recursos de los que dependen. Sin embargo, conforme avanza en la misión, entra en contacto con el Flux, una fuerza primigenia cuyas aviesas intenciones pueden suponer una amenaza mucho mayor que la Inquisición.

Styx: Blades of Greed es un juego mucho más ambicioso que sus antecesores, algo que queda de manifiesto desde los primeros compases de la aventura. Tras un breve prólogo, el juego se abre por completo, otorgándonos acceso a sus tres principales niveles con muy pocas limitaciones: el Muro, el Amanecer Turquesa y las ruinas de Akenash, cada uno con temáticas y planteamientos muy diferentes.

El más conseguido, de largo, es el Muro, una fortaleza gigantesca que repta de manera arbitraria por una muralla de proporciones colosales. La densidad del diseño de niveles es encomiable. A pesar del tamaño, cada espacio está repleto de recovecos donde esconderse para pasar desapercibido. La libertad es casi absoluta. Cada espacio tiene múltiples rutas de entrada y salida, así como opciones para liquidar a los guardias o distraerlos.

Styx es una criatura muy endeble y casi cualquier enfrentamiento frontal con los guardias, que patrullan los pasillos y las pasarelas en grandes números, suele acabar en fracaso, por lo que es necesario sacarle el máximo partido al escenario y a su arsenal de herramientas para no ser visto.

Es el clásico juego de prueba y error. Durante las primeras horas, moriremos con asiduidad, pero gracias a que podemos guardar la partida presionando un simple botón, nunca perderemos demasiado progreso. El juego no solo permite el save-scumming, sino que lo abraza con entusiasmo para que podamos hacer todo tipo de experimentos con sus sistemas interconectados: envenenar la comida, dejar caer una lámpara de araña en el momento preciso, usar los clones como distracción o usar las ganzúas para abrir una puerta.

Una escena de 'Styx: Blades of Greed'

Una escena de 'Styx: Blades of Greed'

Por toda la elegancia del diseño de niveles, las costuras técnicas del juego son claramente visibles. Styx siempre ha sido un juego de presupuesto mediano tirando a bajo y aquí la tónica continúa. Las animaciones son muy simples, el diseño de personajes bastante feúcho y las texturas ni cargan tan rápido ni son todo lo prístinas que podría exigirse a un título actual. Pero si conseguimos ver más allá de estas carencias y faltas de pulido nos vamos a encontrar un juego muy disfrutable para los apasionados del sigilo.

La historia es bastante sencilla a pesar de sus voluminosos diálogos, pero está bien narrada y no eclipsa en ningún momento a la verdadera estrella de la función: sus magníficos entornos. En los últimos días ha trascendido que Nacon, la editora, se encuentra en serios apuros económicos y no está claro que pueda sobrevivir a la restructuración de la deuda. Si es el caso, ojalá Cyanide consiga perdurar como independiente. Los aficionados al sigilo agradecemos propuestas como esta.

Styx: Blades of Greed

Estudio: Cyanide
Editora: Nacon
Director creativo: Julien Desourteaux
País: Francia
Plataformas: PC, Xbox Series, PlayStation 5