El premio nobel de Física Roger Penrose, el filósofo Hans Jonas y el teólogo Torres Queiruga.

El premio nobel de Física Roger Penrose, el filósofo Hans Jonas y el teólogo Torres Queiruga. Diseño: F. D. Q.

Entreclásicos

Los límites de la vida: un diálogo entre Roger Penrose, Hans Jonas y Andrés Torres Queiruga

¿Es la muerte el final absoluto o solo el umbral de otra cosa? Un recorrido por la física, la filosofía y la teología para responder a la pregunta que todos nos hacemos.

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Cioran sostiene que la conciencia es una herida en el centro del ser. Su aparición nos separó de esa falsa eternidad que viven los animales, una rutina donde no existe anticipación de la muerte.

Lo cierto es que el progreso científico y tecnológico nos ha revelado que la caducidad no afecta solo al ser humano. El destino del universo es la muerte térmica. Al cabo de miles de años, el cosmos solo será un lugar frío, oscuro, vacío y estático.

Cuando el último agujero negro se evapore, el universo se reducirá a una pavorosa geometría poblada de fotones y electrones de bajísima energía. El tiempo dejará de tener sentido, pues las temperaturas rozarán el cero absoluto y ya no se producirán eventos. Ese descanso eterno que tanto nos atemoriza no es la estación final de cada hombre, sino el desenlace común de todo lo existente.

El físico y premio Nobel Roger Penrose aventura que la muerte térmica del universo no es el fin definitivo, sino un punto de inflexión en una cosmología cíclica infinita. Matemáticamente, un universo infinitamente grande y frío es indistinguible de un punto infinitamente pequeño, caliente y denso. De ahí que pueda ser el punto de partida de un nuevo universo, un proceso que se repetiría sin descanso.

La hipótesis de Penrose solo es una teoría, pero plantea dos problemas: introduce el concepto de infinito, una noción que no puede atribuirse al mundo físico, siempre regulado por una cadena de causas y efectos, y no aporta ningún significado a un universo que se autodestruye cíclicamente, borrando todo lo anterior.

Roger Penrose en 2011.

Roger Penrose en 2011. Cirone-Musi, Festival della Scienza (CC BY-SA 2.0)

Penrose denomina “Eón” a cada ciclo y sostiene que cada universo deja huellas de su existencia en forma de círculos concéntricos de temperatura anómala en la radiación de fondo de microondas. Aunque no lo admita, Penrose no hace física, sino metafísica, pues reviste el cosmos de un atributo que solía reservarse a la divinidad y que no puede objetivarse en un laboratorio: la infinitud. Y en esa metafísica, la inteligencia solo disfruta del dudoso privilegio de desempeñar el papel de testigo y notario del devenir. Su trabajo es efímero, pues no trasciende cada Eón. Solo es un doloroso destello de clarividencia que se apaga tras un parpadeo.

Hans Jonas, filósofo y pionero de la ecología y la bioética, afirma que la mortalidad, pese a todo, no es una desgracia, sino una condición necesaria en “la constitución primaria de la vida”. No habría vida sin el contraste con la posibilidad de su extinción y sin la ruptura con lo inerte que significó el nacimiento. “La vida lleva en sí misma la muerte, su propia negación”. Vivir es moverse en ese conflicto, que nos exige encauzar nuestro existir hacia una meta, si queremos dotar de sentido nuestro paso por la Tierra.

Para Jonas, la conciencia no es una herida en el centro del ser, sino la forma en que la vida se afirma a sí misma. Al introducir el miedo a la muerte, revela el inmenso valor de la vida. Sin ese temor, el universo no saldría de su indiferencia. Saber que vamos a morir evidencia nuestra vulnerabilidad, pero también pone de manifiesto que la vida vale la pena.

La carga de la mortalidad es “pesada y razonable”. El sufrimiento que nos produce nuestra finitud es el precio que pagamos por irrumpir en la vida como seres racionales. Es un peaje necesario porque garantiza el relevo generacional. Sin nuevos nacimientos, la civilización se estancaría. A pesar de sus torpezas, la juventud es “la fuente de lo nuevo”, pues los viejos suelen limitarse a reiterar las ideas desarrolladas en sus primeros años de madurez. El ininterrumpido baile entre la vida y la muerte protege a la humanidad del anquilosamiento y abre las puertas a la creatividad, el ingenio y la espontaneidad.

¿Qué sucedería si viviéramos miles de años? Según Hans Jonas, perderíamos nuestro pasado y nuestra identidad, pues nuestro cerebro no podría almacenar el volumen de recuerdos de una trayectoria biológica tan dilatada. Solo podríamos perseverar en nuestra identidad, instalándonos en el pasado de forma permanente, pero eso nos convertiría en anacronismos incapaces de comprender los cambios inherentes al tránsito de las épocas.

Tener los días contados no debería desanimarnos, sino obligarnos a vivir cada momento como algo valioso en sí mismo. Inspirado por las especulaciones de la Cábala judía, Hans Jonas creía en un Dios que había creado el universo, pero que inmediatamente se había retirado y escondido para garantizar la autonomía de la naturaleza y la historia.

La galaxia M88 en su viaje hacia el centro del Cúmulo de Virgo, captada el 29 de mayo de 2026 por el telescopio Hubble.

La galaxia M88 en su viaje hacia el centro del Cúmulo de Virgo, captada el 29 de mayo de 2026 por el telescopio Hubble. ESA/Hubble & NASA, D. Thilker

Lejos de la omnipotencia, omnisciencia y providencia de la tradición judía ortodoxa, el Dios de Jonas carece de poder para intervenir en la marcha del mundo y contempla con dolor el sufrimiento de los inocentes. Nos necesita para proteger y salvaguardar su obra y, en ningún caso, garantiza la inmortalidad personal. La única inmortalidad a la que podemos aspirar es al recuerdo que dejarán nuestros actos más nobles en la memoria creciente de Dios, el lugar donde perdura la verdad de lo que fue.

Las especulaciones de Hans Jonas sobre la inmortalidad evocan la reflexión de André Malraux en La condición humana: “No se necesitan nueve meses, se necesitan sesenta años para hacer un hombre, cincuenta años de sacrificio, de voluntad, de... ¡tantas cosas! Y cuando ese hombre está hecho, cuando ya no queda en él nada de la infancia ni de la adolescencia, cuando verdaderamente es un hombre, no sirve nada más que para morir”. La idea de perdurar como un recuerdo en la memoria de un Dios que se vació en el cosmos para conocerse y experimentarse a sí mismo y actualizar sus infinitas posibilidades es un triste consuelo.

Pascal definió la muerte como “el horror de la naturaleza”. Sin una escatología, todo camina hacia el no-ser. La aventura de la vida no avanza hacia un final feliz, sino hacia la destrucción total. El silencio de los espacios infinitos que espantaba a Pascal es mucho menos terrorífico que el silencio absoluto de la muerte térmica. La renovación de la vida que se produce con cada nacimiento no es una espiral ascendente, sino una nota fugaz en un proceso sin propósito ni finalidad. Si solo somos polvo de estrellas, nos borraremos sin dejar rastro. La muerte de un hombre bueno, un científico, un artista o un líder moral no es la palanca que renueva el mundo, sino un hecho injusto que lo empobrece y lo mutila.

“Ante el sórdido hecho biológico de la muerte cabe la esperanza de la inmortalidad”, escribe Javier Gomá. Borges y Jonathan Swift describen la inmortalidad como una desgracia embrutecedora, pero yo creo que es la única utopía que puede salvarnos de la insignificancia y aportar justicia a un mundo saturado de agravios y dolor.

Gomá describe la mortalidad como el precio que pagamos por adquirir una identidad. Salir del gineceo, abandonar el estadio estético, madurar y asumir responsabilidades, elaborar un proyecto vital, comprometerse con el bien común, significa abandonar la seguridad de la vida preconsciente. Necesitamos salir del útero materno para ser alguien. Si no naciéramos, maduráramos y envejeciéramos, flotaríamos indefinidamente en lo indiferenciado. Pero una vez que hemos llegado a ser alguien, una vez que hemos adquirido una identidad y hemos compuesto una imagen digna de nuestro existir, merecemos perdurar y eso solo es posible si nos adentramos en el estadio teológico, que subsume la historia y el cosmos a una escatología.

Vivimos malos tiempos para la teología y la metafísica, pero lo cierto es que la perspectiva materialista no ha logrado resolver los grandes enigmas: ¿por qué hay algo en vez de nada? ¿Por qué el inicio del universo se caracterizó por un estado extraordinariamente ordenado de baja entropía, lo que permitió posteriormente la formación de estrellas, galaxias y la aparición de la vida?

Roger Penrose, que se define a sí mismo como un agnóstico y no cree en el Dios personal de las religiones tradicionales, rechaza la posibilidad de que el universo sea producto del azar. La probabilidad de que comenzara de forma puramente fortuita en un estado de baja entropía tan perfecto y ordenado es de 1 entre (\(10^{10^{123}}\)). Ese número es un “imposible práctico”. Supera ampliamente el número de protones y neutrones de todo el cosmos. Es infinitamente más probable llenar todo el universo con boletos de lotería del tamaño de un protón, escoger uno a ciegas y ganar, que tener este inicio ordenado por mera coincidencia.

¿Cómo realizó Penrose esa estimación? Calculó todos los estados posibles en los que podría haberse organizado la energía y la materia del Big Bang y comparó el volumen de las opciones caóticas –como que el universo hubiera colapsado inmediatamente en agujeros negros– con el volumen del estado altamente homogéneo y ordenado que aconteció realmente. Dado que las leyes de la física por sí solas no obligaban al universo a empezar con una entropía gravitacional nula o tan baja, Penrose concluyó que el Big Bang exigía una explicación profunda que la ciencia no había logrado descubrir y que tal vez se hallaba fuera de su alcance.

Penrose creía que las leyes matemáticas existen de forma real e independiente en un “reino abstracto” situado más allá del mundo físico. No son una creación de la mente humana, sino esa causa primera y necesaria que escapa al dominio del conocimiento empírico. ¿No es más racional postular una Inteligencia creadora que un “reino abstracto” desprovisto de conciencia y voluntad? La idea de Dios ofrece explicaciones más convincentes, pero también plantea grandes enigmas. ¿Por qué creó Dios el universo? No por necesidad, sino porque su esencia es existir y existir significa en su caso crear y compartir la vida con otros. Su acto creador no es una estrategia para conocerse a sí mismo, sino una apertura a la diversidad que implica la existencia de otros seres libres y racionales. La vida es un regalo y una oportunidad.

Pero si a Dios le mueve el amor, ¿por qué hay mal físico? El mal físico es una consecuencia de la finitud del universo, como sostiene el teólogo Torres Queiruga. Las mismas leyes físicas que permiten la vida (como la ley de la gravedad o las reacciones químicas) provocan inevitablemente colisiones, terremotos o la degeneración de las células (enfermedad y vejez). No es posible hacer un mundo material sin mal físico. Sería una imposibilidad lógica, algo tan inviable como un “círculo cuadrado”.

Torres Queiruga no cree que Dios intervenga en el mundo. Si alterara milagrosamente las leyes físicas para erradicar el dolor, destruiría la consistencia del universo. El mal físico es el reverso inevitable de una creación material y autónoma. Sin embargo, Dios no contempla el sufrimiento con indiferencia. Acompaña al ser humano en su fragilidad y le inspira la fuerza necesaria para luchar contra la adversidad mediante la ciencia o la solidaridad. ¿Cómo se relaciona Dios con el hombre en un universo de estas características? Jesús de Nazaret no es mitad hombre, mitad Dios, sino el ser humano en el que el amor salvador de Dios se trasluce de una forma perfecta, libre y absoluta. La resurrección de Jesús anticipa lo que nos espera, pero resucitar no significa volver a la vida tal como la conocemos, sino salir de la línea temporal y alcanzar la comunión perfecta con Dios. No resucita solo el alma, sino la persona como totalidad, con su identidad, sus afectos, su historia y su capacidad de amar.

El cadáver queda en la Tierra, pero la persona, que es el ser real, es asumido, transfigurado y plenificado por Dios. No podemos describir cómo es la vida eterna, pues solo disponemos de conceptos físicos, pero sí podemos aventurar que el infierno no existe, pues representaría una contradicción lógica con el amor infinito de un Dios Padre. Queiruga aventura que los que se alejan gravemente de Dios con sus actos malvados se diluyen en el no ser.

Sin embargo, el teólogo protestante Jürgen Moltmann cree en la apocatástasis o salvación universal. El fuego divino solo es una metáfora que expresa el proceso de purificación que sana y libera a las personas de la maldad. Dios no ejerce violencia. Su amor es tan persuasivo que el pecador solo puede renunciar a la esclavitud del mal. Si existiera el infierno, un lugar caracterizado por el dolor, el resentimiento y la infelicidad, Dios nunca llegaría a ser “todo en todos”, como afirma Pablo de Tarso en su Primera Epístola a los Corintios. Dicho de otro modo: el Reino de Dios nunca se haría realidad, ya que persistiría eternamente un lugar privado de esperanza.

La inmortalidad no es un hecho empírico y nunca podrá probarse, pero sí es una hipótesis razonable. Negarla significa destruir la posibilidad de un universo racional y bueno, donde la injusticia y la insignificancia no constituyan el último umbral. Quizás la muerte sí es necesaria en el marco espacio-temporal, pero no puede representar un final irreversible. Si lo fuera, Cioran tendría razón y la conciencia sería una herida en el centro del ser. Viktor Frankl, que vivió en sus carnes el horror del nazismo mientras Cioran lo celebraba, escribió: “El hombre solo puede encontrar sentido a su existencia si se trasciende a sí mismo, si se dirige hacia algo o alguien que no es él mismo... hacia Dios”. Es decir, hacia el apogeo de la vida, lo bello y lo fraterno.